El teniente general Christian Freuding será el próximo jefe de la Defensa de Alemania. Asumirá el mando supremo de la Bundeswehr en febrero de 2027, según confirmó este jueves el Ministerio de Defensa alemán.
El anuncio llega acompañado de un segundo movimiento, este de mayor alcance estratégico. El general Carsten Breuer, actual jefe de la Defensa, presidirá el Comité Militar de la OTAN, el órgano de mayor autoridad militar de la Alianza y principal cuerpo asesor de sus líderes políticos.
No es un relevo administrativo. Freuding dirigió durante años la célula de coordinación de la ayuda militar a Ucrania en el Ministerio de Defensa, la estructura que canalizó los suministros alemanes a Kiev. Desde octubre de 2025 ocupa la jefatura del Ejército de Tierra. En ese tiempo ha empujado la adopción de tecnología probada en combate real y ha puesto en marcha un regimiento de drones dentro de la Bundeswehr, una decisión que en 2024 habría sonado excéntrica y hoy se estudia copiar en otras capitales europeas.
El ministro Boris Pistorius lo presentó con una fórmula que en Berlín se lee como aval político pleno. ‘El teniente general Freuding encarna la camaradería y los valores de nuestra Bundeswehr’, afirmó. ‘Se guía por una brújula moral clara’, añadió, y remató que ha demostrado ‘que, incluso en tiempos de grandes cambios y desafíos, mantiene la cabeza fría, toma las decisiones correctas con rapidez y las pone en práctica’.
Por qué Berlín coloca al hombre de Ucrania en la cúpula militar
La trayectoria del nuevo jefe de la Defensa dibuja el perfil que Berlín quiere para su ejército: un oficial que no ha gestionado la paz, sino la guerra por delegación. Su paso por la coordinación de entregas a Kiev lo convirtió en la cara visible del giro alemán tras la invasión rusa de 2022 —desde los primeros cascos y mantas hasta los sistemas de defensa aérea IRIS-T, los obuses autopropulsados PzH 2000 y los carros Leopard 2—, y esa experiencia es exactamente la que ahora se replica dentro de la propia estructura militar alemana.
El contexto material es el rearme más ambicioso desde 1955, el año en que nació la Bundeswehr. El fondo especial de 100.000 millones de euros aprobado en 2022 se ha quedado corto, y Berlín avanza en paralelo en la compra de 35 cazas F-35A para sustituir a sus Tornado, en la instalación del sistema antimisiles Arrow-3 de fabricación israelí y en una revisión del modelo de reclutamiento que Pistorius quiere dejar cerrada antes del final de la legislatura. Un ejército que compra deprisa necesita, además de dinero, una cadena de mando que no frene. Ese es el encargo.
Alemania ha dejado de discutir si debía rearmarse y discute ahora a quién confía las llaves de la nueva maquinaria.
Conviene precisar qué significa ‘mando supremo’ en el caso alemán. El jefe de la Defensa —el Generalinspekteur— es el militar de mayor rango y el principal asesor castrense del Gobierno, pero en tiempo de paz la autoridad de mando recae en el ministro de Defensa; solo en caso de conflicto pasa al canciller. No es, por tanto, un jefe de Estado Mayor al uso. Es el hombre que fija doctrina, prioridades industriales y planes de operaciones, y quien se sienta enfrente de los aliados a defenderlos.
Breuer en el Comité Militar: Berlín se sienta donde se prepara el artículo 5
El destino de Breuer pesa más que el de Freuding. El Comité Militar reúne a los jefes de Defensa de los treinta y dos aliados o a sus representantes permanentes en Bruselas, y su presidencia —elegida por los propios jefes de Defensa, con un mandato de tres años— es la pieza que traduce la política del Consejo del Atlántico Norte en planeamiento militar. Por ahí pasan los objetivos de capacidad, los planes de defensa regionales, y las recomendaciones que llegan a la mesa del Secretario General.
Que un general alemán ocupe esa silla en pleno debate sobre el reparto de cargas tiene lectura inmediata. Washington exige a Europa compromisos del 5% del PIB en defensa —3,5% de gasto militar puro y 1,5% en infraestructura y movilidad— acordados en La Haya en 2025. Berlín, que durante tres décadas fue el socio que tiraba a la baja, se ha convertido en el que más gasta de Europa y ahora aspira a decidir cómo se gasta. La presidencia del Comité Militar no da votos, pero ordena la agenda. Y ordenar la agenda es, en la OTAN, la forma más eficaz de mandar.
El calendario no es neutral. La Alianza entra en el ciclo de planeamiento que debe aterrizar los objetivos de la cumbre de La Haya, con la vista puesta en el horizonte de 2035 y en una disuasión convencional que ya no descansa solo en el paraguas nuclear estadounidense. El relevo en la cúpula militar alemana se produce, además, en un momento de duda abierta sobre el compromiso de la administración Trump con el flanco este. Un presidente del Comité Militar con acento alemán será, en ese tablero, una pieza más política de lo que sugiere el reglamento.
Equilibrio de Poder
La secuencia completa tiene tres lecturas. La primera es europea: Alemania culmina un proceso de conversión de peso económico en peso militar que empezó en 2022 y que hasta ahora se medía en euros. Con Freuding en la cúpula de la Bundeswehr y Breuer en Bruselas, Berlín pasa a medirse en doctrina y en mando. La segunda es transatlántica: la administración Trump ha hecho de la carga europea su principal argumento, y el nombramiento de un alemán en el Comité Militar le permite señalar que el mensaje ha funcionado, al tiempo que mantiene la presión sobre el 5%. La tercera es rusa: el Kremlin leerá el movimiento como confirmación de que la Bundeswehr deja de ser un ejército de paz territorial para convertirse en una fuerza con doctrina de empleo, drones propios y cadena de mando curtida en Ucrania.
Para España, el efecto es indirecto pero real. El rearme alemán reordena la industria europea de defensa, y programas como el FCAS —el sistema de combate aéreo de próxima generación que Madrid comparte con París y Berlín— dependen del pulso político que marque la capital alemana. Una Alemania que decide deprisa y compra fuera cuando su industria no llega deja a los socios pequeños en posición de seguidores. A eso se suma el reparto de mandos: la presidencia del Comité Militar es un puesto de visibilidad que España no ha ocupado nunca, y cada relevo consolidado en Berlín estrecha el margen para reclamarlo.
El flanco sur añade una arista propia. Con Estados Unidos reorientando recursos hacia el Indo-Pacífico y Alemania absorbiendo la conversación sobre el este de Europa, el Sahel y la fachada atlántica de Marruecos pierden centralidad en las prioridades aliadas. España necesita que su frontera sur siga en la doctrina de la OTAN, no solo en los papeles de la UE. Los activos que sostienen esa presencia —Rota con sus destructores AEGIS, Morón con su capacidad de proyección— son la moneda con la que Madrid negocia atención en Bruselas.
El precedente más útil no es 2022, sino 1990. La reunificación alemana despertó en París y en Londres el mismo temor que hoy despierta el rearme: una Alemania que crece en capacidad sin contrapesos institucionales. Entonces se resolvió con anclajes —el euro, la ampliación de la OTAN, la integración europea—. Ahora los anclajes son más frágiles: Washington es un socio volátil, París afronta problemas de gobierno propios y Bruselas legisla más despacio de lo que Berlín decide.
Queda una incógnita que el comunicado no resuelve. El relevo de Freuding se formaliza en febrero de 2027, pero el traslado de Breuer a Bruselas tiene fecha sin anunciar y depende del calendario interno de la Alianza. Entre una cosa y otra media un año en el que Freuding mandará sobre un ejército en expansión y Breuer aún responderá ante el Ministerio alemán. La próxima prueba de fuego llegará con la revisión de los objetivos de capacidad aliados y con el primer gran ejercicio de la Bundeswehr bajo nueva dirección: ahí se verá si Berlín ha comprado, además de material, doctrina.

