El truco de Martín Berasategui para elegir los mejores calabacines

El chef vasco con tres estrellas Michelin resume en una sola pista cómo distinguir un calabacín jugoso de uno esponjoso. Un gesto de mano en el mercado y dos comprobaciones extra evitan llegar a casa con verdura que arruinará la cena.

Vuelves del mercado, abres la bolsa y te encuentras un calabacín que pesa como una pluma, con la piel algo arrugada y la pulpa esponjosa. Lo cocinas y, en lugar del bocado tierno y jugoso que esperabas, sale una crema aguada o unas rodajas correosas. Nos ha pasado a todos, y la verdura tiene fama de fácil precisamente por eso: cuesta detectar cuándo viene floja.

El chef vasco Martín Berasategui, con sus tres estrellas Michelin a cuestas, lo resuelve con una pista de mercado tan sencilla que cabe en una frase. La cuento abajo, junto a un par de matices que evitan disgustos cuando llegas a casa.

El secreto del éxito

  • Pesado para su tamaño: coge dos calabacines del mismo largo y quédate con el que pese más. Esa densidad indica pulpa firme, agua bien estructurada y semillas pequeñas.
  • Piel tersa y brillante: debe ceder ligeramente al presionar con la yema, sin hundirse. Si la piel está mate o arrugada, ha perdido agua en cámara y su sabor será plano.
  • Tamaño medio, nunca gigante: entre 18 y 22 cm es el rango ideal. Los muy grandes acumulan semillas duras, fibras y un amargor que arruina cualquier salteado.

Por qué el peso lo cambia todo

El calabacín es agua en un 94%, pero no toda el agua se comporta igual. Cuando la pieza está recién recolectada, esa humedad permanece atrapada en una pulpa compacta de células jóvenes. Resultado: textura firme, sabor concentrado y una densidad que se nota en la mano.

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En cuanto la verdura lleva días en cámara o ha sufrido cambios bruscos de temperatura, las paredes celulares se rompen y el agua empieza a migrar. La pieza pierde peso, la piel se afloja y la pulpa se vuelve esponjosa. De ahí el truco de Berasategui: comparar dos calabacines de tamaño parecido y quedarse con el que pese más es la forma más rápida de saber cuál se cortó hace menos tiempo.

Yo añadiría un segundo gesto que aprendí a base de equivocarme: mira el extremo del rabillo. Si está verde, jugoso y resinoso, la pieza es fresca. Si lo ves seco, marrón o retraído hacia dentro, lleva tiempo fuera de la huerta por mucho que la piel parezca decente.

Errores frecuentes al comprarlos

El primer error es dejarse seducir por los calabacines enormes que a veces aparecen en los mercados de pueblo. Impresionan, sí, pero su pulpa ya ha desarrollado semillas grandes y fibras leñosas. Un calabacín de 600 gramos no rinde el doble que uno de 300: rinde menos, porque buena parte hay que descartarla.

El segundo es fiarse solo del color. Un verde intenso y uniforme está bien, pero un calabacín puede tener color perfecto y estar deshidratado por dentro. Por eso la prueba del peso, la presión con el dedo y el rabillo son tres filtros que conviene aplicar siempre, juntos.

El tercero, menos obvio, es lavarlos en cuanto llegas a casa. La humedad acelera su deterioro en la nevera. Mejor guardarlos secos, en el cajón de las verduras, envueltos en un paño de algodón. Aguantan así una semana larga sin perder textura.

Cómo aprovecharlos al máximo en la cocina

Una vez has elegido bien, no necesita gran cosa. A mí me gusta cortarlos en rodajas de medio centímetro, salarlas y dejarlas escurrir quince minutos en un colador antes de pasarlas por la sartén. Así sueltan parte del agua que les queda y se doran en lugar de cocerse. Sartén bien caliente, un hilo de aceite de oliva, y vuelta y vuelta hasta marcar bien las dos caras.

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Para crema, el truco es no pasarse con el agua de cocción. Un calabacín fresco apenas necesita líquido extra: rehoga en mantequilla con cebolleta, añade un cazo pequeño de caldo y deja que se haga en su propio jugo. La textura final es sedosa sin necesidad de nata.

Variaciones y maridaje

Si tienes airfryer, los calabacines en bastones funcionan muy bien a 200 ºC durante 12 minutos, agitando la cesta a mitad. Quedan crujientes por fuera y cremosos por dentro, con muchísimo menos aceite que fritos en sartén.

Para versión vegana de una crema clásica, sustituye la mantequilla por aceite de oliva virgen extra y la nata por leche de almendra sin azucarar. El resultado es más ligero, casi floral, y permite que el sabor del calabacín fresco se mantenga en primer plano sin grasas que lo tapen.

En conservación, los calabacines crudos aguantan hasta ocho días en la nevera si los guardas secos y enteros. Una vez cortados, mejor consumirlos en 48 horas. Y si te has pasado comprando, salteados y congelados en porciones pequeñas son la base perfecta para futuros risottos o tortillas.

Para maridar un plato sencillo de calabacín a la plancha con un buen aceite, un blanco joven de uva godello o un albariño con algo de crianza sobre lías funcionan de maravilla: tienen acidez para limpiar y cuerpo suficiente para no quedarse cortos frente al amargor verde de la verdura.