Turquía ha encargado 100 drones navales de un solo uso, diseñados para ataques en enjambre contra buques y objetivos costeros. El movimiento, confirmado durante la SAHA Expo 2026 por fuentes de la industria, consolida la apuesta de Ankara por sistemas autónomos asimétricos y proyecta su creciente autonomía industrial en defensa. Los tres contratistas —Aselsan, STM y Havelsan— ya han presentado sus respectivas plataformas, Tufan y Yaktu, y se preparan para iniciar la producción a corto plazo.
La decisión fue adoptada en febrero de 2026 por el Comité Ejecutivo de la Industria de Defensa, el máximo órgano de contratación turco. Las 100 unidades se distribuirán entre los tres consorcios: Aselsan con Ares Shipyard, STM con Yonca y Havelsan con Sefine. Los dos primeros ya exhibieron sus vehículos en la feria de Estambul, mientras que Havelsan aún no ha revelado el nombre de su plataforma.
El Tufan de Aselsan es un vehículo de superficie no tripulado (USV) de 8 metros de eslora y 1,8 metros de manga, equipado con una carga explosiva equivalente a una bomba Mk 82. Su casco de baja firma radar y sus comunicaciones por línea de visión y satélite lo integran plenamente en operaciones en red. Está diseñado para misiones de ataque de precisión contra buques e instalaciones costeras.
Por su parte, el Yaktu de STM es más compacto, con 5,8 metros de eslora y un desplazamiento de 1,7 toneladas. Comparte la misma arquitectura de enjambre, lo que permite que múltiples unidades cooperen, compartan datos en tiempo real y asignen tareas de forma autónoma. Ambos sistemas operan como munición merodeadora, sin posibilidad de retorno, reduciendo drásticamente los costes y la complejidad logística.
La doctrina operativa contempla enjambres de cuatro drones, lo que explica la cifra total: aunque la autorización inicial menciona 104 unidades (40+32+32), la suma exacta se ajustará para cuadrar con los módulos de cuatro. La Secretaría de Industrias de Defensa (SSB) supervisa el programa y espera que las primeras entregas estén listas en el plazo de un año y medio.
Turquía se suma así a un reducido grupo de países que industrializan drones navales de ataque desechables, una categoría que la guerra en Ucrania ha catapultado al primer plano estratégico. La experiencia ucraniana con los USV MAGURA V5, capaces de dañar fragatas rusas en el mar Negro, ha confirmado que los enjambres de bajo coste pueden alterar la balanza naval.
El enjambre de drones navales desechables es el equivalente marítimo de los Shahed iraníes: barato, abundante y capaz de saturar defensas.
El contexto: Ankara y la doctrina de negación de acceso marítimo
La apuesta por los USV kamikaze no es casual. En el Mediterráneo Oriental, los yacimientos de gas y las disputas territoriales con Grecia y Chipre han llevado a Turquía a reforzar su capacidad de denegación de área. Un enjambre de decenas de drones navales, coordinados y difíciles de interceptar, ofrece una ventaja asimétrica frente a armadas convencionales mucho más costosas.
Ankara ya había dado pasos en esa dirección con el desarrollo de los drones aéreos Bayraktar TB2 y Akıncı, que han demostrado su eficacia en Libia, Siria y Ucrania. Ahora traslada esa filosofía al dominio marítimo, con el objetivo de asegurar sus intereses y proyectar poder en lo que considera su lago interior.
Además, el programa se nutre de una base industrial casi autónoma, lo que reduce la dependencia de componentes extranjeros y blinda a Turquía ante eventuales sanciones o vetos de exportación. Empresas como Aselsan, STM y Havelsan ya exportan sistemas a múltiples países, y estos nuevos USV podrían encontrar clientes en Oriente Medio, Asia y, potencialmente, en el norte de África.

Equilibrio de Poder
El anuncio turco reconfigura el tablero naval en el flanco sur de la OTAN. Para la administración Trump, empeñada en que los aliados aumenten su gasto en defensa y asuman mayores responsabilidades, esta iniciativa puede verse como un ejemplo de autonomía europea, aunque Ankara mantenga un pie en el campo ruso con la compra de los S-400. La Casa Blanca probablemente observará con atención si los enjambres son interoperables con los estándares de la Alianza o si complican la coordinación.
Desde Bruselas, la Comisión Europea y los Estados miembros ribereños —especialmente Grecia— perciben el movimiento como una amenaza directa a la seguridad marítima. La capacidad de un enjambre de drones kamikaze para bloquear un puerto o atacar un buque en aguas disputadas eleva la tensión en un Mediterráneo ya cargado de crisis. La OTAN, por su parte, deberá decidir si integra o ignora este nuevo activo en sus planeamientos.
Para España, el impacto es doble. Por un lado, la fachada mediterránea y el estrecho de Gibraltar son corredores críticos donde la proliferación de esta tecnología —ya sea en manos de actores no estatales o de países vecinos— podría desestabilizar el tráfico marítimo. Marruecos, que ha mostrado interés en los drones turcos y mantiene disputas sobre Ceuta y Melilla, es un candidato potencial a adquirir sistemas similares. Por otro, la Armada española, que confía en fragatas F-100 y futuras F-110, carece actualmente de una capacidad específica para contrarrestar enjambres de superficie desechables. El Ministerio de Defensa debería acelerar los programas de de defensa (USV) propios, como el Vehículo de Superficie No Tripulado del programa RAPAZ, y dotar a los buques de sistemas de defensa puntual frente a amenazas asimétricas.
La experiencia de Ucrania, donde drones marítimos de apenas 5 metros de eslora han puesto en jaque a la Flota del Mar Negro, sirve de precedente. Turquía está industrializando esa lección con estándares OTAN, lo que a medio plazo podría convertir al enjambre naval en una herramienta de disuasión —y de ataque— de uso común. El riesgo de una carrera armamentística en el Mediterráneo es real.
El próximo gran hito será la cumbre de la OTAN de 2027, donde la doctrina aliada deberá incorporar —o lamentar— la nueva realidad del enjambre. Mientras tanto, el Mediterráneo se convierte en un laboratorio de la guerra naval del siglo XXI.

