EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? El presidente croata, Zoran Milanovic, ha calificado de ‘irresponsables’ las declaraciones del ministro de Exteriores lituano, que instó a penetrar en Kaliningrado.
- ¿Quién está detrás? Croacia, un miembro de la OTAN, se distancia del discurso agresivo de los bálticos mientras Lituania defiende una postura más asertiva frente a Rusia.
- ¿Qué impacto tiene? La grieta interna debilita la cohesión aliada en un momento de alta tensión con Moscú, que ha advertido de una respuesta contundente.
Croacia ha abierto una brecha en el frente atlántico. El presidente Zoran Milanovic calificó este jueves de ‘irresponsables’ las amenazas lituanas de atacar el enclave ruso de Kaliningrado, rompiendo el consenso de la OTAN en plena escalada verbal con Moscú. Sus palabras, pronunciadas durante la ceremonia del aniversario del Ejército croata, suponen un correctivo directo a la línea dura de los países bálticos y ponen a prueba el principio de solidaridad de la Alianza.
La polémica saltó la semana pasada, cuando el ministro lituano de Exteriores, Kestutis Budrys, afirmó que la OTAN debía ‘mostrar a los rusos que somos capaces de penetrar la pequeña fortaleza que han construido en Kaliningrado’ y que, si fuera necesario, podría ‘arrasar sus defensas aéreas y bases de misiles’. Milanovic replicó sin ambages: ‘Igualmente irresponsables, mirando ahora a nuestro propio campo, son las llamadas y apelaciones que oigo semana tras semana de altos funcionarios de ciertos Estados bálticos para atacar la región de Kaliningrado… Cosas así no deberían decirse’.
El presidente croata no se limitó a censurar el lenguaje. Fue más allá al vincular la ayuda mutua del artículo 5 con la responsabilidad de quien la solicita: ‘La disposición a acudir en ayuda vital de alguien presupone también responsabilidad por la otra parte’, advirtió. Una lectura que erosiona la interpretación más automática de la defensa colectiva y que, en la práctica, condiciona el apoyo de Zagreb a una eventual escalada en el Báltico.
Budrys rectificó parcialmente el tono —atribuyó sus palabras a ‘un público menos familiarizado con asuntos militares’— pero no la sustancia. El presidente lituano, Gitanas Nauseda, admitió que la entrevista ‘no fue la declaración más acertada’ y la primera ministra, Inga Ruginiene, pidió moderación. La respuesta del Kremlin fue fulminante: el portavoz Dmitri Peskov tachó los comentarios de ‘rayanos en la locura’ y el presidente Vladímir Putin advirtió el jueves que Rusia posee ‘todos los medios para arrasar a quien intente hacerlo’.
Kaliningrado, la antigua Koenigsberg prusiana cedida a la URSS tras 1945, es hoy un enclave ruso incrustado entre Polonia y Lituania, con acceso directo al mar Báltico. Alberga sistemas S-400, misiles Iskander con capacidad nuclear y, según fuentes de inteligencia occidentales, un despliegue reforzado desde 2022. La región se ha convertido en uno de los puntos más calientes de la disuasión mutua, con ejercicios navales y aéreos constantes y un riesgo de incidente que pocos se atreven a minimizar.
La crisis checa-lituana añade presión al flanco este en un momento en que la administración Trump exige a los europeos un gasto militar del 5% del PIB, y mientras Bruselas debate nuevos mecanismos de financiación de la defensa. Para los bálticos, Kaliningrado es una amenaza existencial que justifica una postura ofensiva; para Zagreb, el riesgo de escalada no compensa el rédito estratégico. Las diferencias no son nuevas —Polonia y los países bálticos han chocado con Alemania o España en el pasado— pero pocas veces un líder de un Estado miembro había sido tan explícito en público.
La OTAN asiste hoy a una fisura que Moscú explotará con la misma paciencia con que Occidente ha usado las suyas: alimentando la discordia desde dentro.
Equilibrio de Poder
Lo que emerge de este rifirrafe es una Alianza menos cohesionada de lo que su discurso oficial reconoce. En el eje Washington-Moscú-Bruselas, la Casa Blanca de Trump ve con buenos ojos que los europeos asuman más riesgos —incluida la escalada verbal— mientras el Kremlin convierte cada declaración occidental en un casus belli retórico. La UE, por su parte, no tiene una voz única: la Comisión evita el choque con Lituania y recuerda la importancia de la solidaridad, pero el eco croata resuena en otras capitales que preferirían evitar la confrontación directa. La pregunta que queda en el aire es si la disuasión funciona mejor con amenazas explícitas o con una ambigüedad estratégica que no dé excusas al adversario.
Para España, el choque tiene una lectura doble. De un lado, Madrid mantiene un perfil bajo en el Báltico y su prioridad de seguridad está en el Magreb y el Sahel; una crisis en Kaliningrado quedaría lejos de sus intereses vitales inmediatos. Pero, de otro lado, si la OTAN se resquebraja por discrepancias internas sobre cuándo y cómo aplicar el artículo 5, la credibilidad del paraguas que protege a España —y que justifica las bases de Rota y Morón— se debilita. El Gobierno de Sánchez, que ya lidia con la presión para elevar el gasto militar, tendrá que medir sus palabras con cuidado para no avivar la coalición anti-atlantista de la que forma parte.
El riesgo inmediato es que Moscú lea la división como una ventana de oportunidad. Si la respuesta de la OTAN ante un incidente en el Báltico no es unánime, el cálculo de Putin se inclinará hacia una provocación controlada que ponga a prueba la resiliencia del bloque. La cumbre de la OTAN prevista para finales de junio en La Haya se perfila como el escenario donde estas tensiones saldrán a la luz. Hasta entonces, cada declaración será munición. Y Croacia acaba de disparar una.

