EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Un dron ruso impactó el viernes en un bloque de viviendas de Galați (Rumanía) y dejó dos heridos. Moscú utiliza suplantación de GPS (spoofing) para desviar drones ucranianos hacia territorio aliado.
- ¿Quién está detrás? Rusia, desde instalaciones de guerra electrónica en Kaliningrado, con al menos 36 transmisores activos que emiten señales falsas de satélite.
- ¿Qué impacto tiene? La OTAN evalúa activar el Artículo 4 por primera vez desde la invasión de Ucrania, mientras los países bálticos refuerzan su defensa aérea y Ucrania desarrolla drones resistentes a interferencias.
El viernes 29 de mayo, un dron ruso impactó contra un bloque de apartamentos en Galați (Rumanía) y dejó dos civiles heridos. Es la primera vez —con alta probabilidad— que se registran bajas en territorio de la OTAN desde que Rusia lanzó la invasión a gran escala de Ucrania en 2022. Mientras los cazas F-16 rumanos despegaban para intentar interceptarlo, el presidente Nicușor Dan confirmaba el ataque y Bruselas empezaba a medir la posibilidad de una acción sin precedentes: activar el Artículo 4 de la Alianza.
Pero el incidente de Galați no es un fallo aislado, sino la última derivada de una campaña mucho más amplia y calculada. Según una información publicada por Defense News, Rusia está utilizando desde hace meses la suplantación de señales GPS desde el exclave de Kaliningrado para desviar deliberadamente drones ucranianos hacia espacio aéreo de la OTAN. El objetivo: llevar la amenaza al territorio aliado, sembrar la confusión y erosionar la cohesión política de los estados del flanco oriental.
Cómo opera el spoofing ruso y qué drones están más expuestos
La guerra electrónica rusa ha dado un salto cualitativo. A principios de 2025, Lituania apenas contabilizaba tres transmisores de suplantación en Kaliningrado; esta semana la cifra había ascendido a 36 estaciones activas. La potencia de emisión es suficiente para alcanzar los 450 kilómetros, una cobertura que abarca todo el litoral báltico y engulle a los drones de largo alcance ucranianos que vuelan hacia los terminales petroleros del golfo de Finlandia —Ust-Luga y Primorsk—, cerca de San Petersburgo.
El mecanismo es simple y elegante desde el punto de vista técnico. Thomas Withington, especialista en guerra electrónica del Royal United Services Institute (RUSI), explicaba a PBS que el spoofing no satura el receptor con ruido, como el jamming clásico, sino que le inyecta una señal falsa más potente que la auténtica. El dron acepta las coordenadas falsas como genuinas y desvía su trayectoria: lo que debía ser un ataque contra una refinería rusa acaba convirtiéndose en una incursión en Letonia, Estonia o, como se comprobó el 19 de mayo, en un derribo por parte de un F-16 rumano de la OTAN sobre Estonia —el primer caso de un caza aliado abatiendo un dron de origen ucraniano.
Los drones más vulnerables son los modelos de largo alcance que recorren la costa báltica. “Son empujados hacia el espacio aéreo aliado como resultado de los sistemas de guerra electrónica rusos”, admitió el ministro de Exteriores ucraniano, Andrii Sybiha, este mes. Y añadió: “Nuestras propias investigaciones probaron que se trataba de un desvío deliberado por parte de Rusia”. La red de interferencia, según investigadores de la Universidad Marítima de Gdynia y la Universidad de Colorado, se concentra en dos puntos costeros de Kaliningrado —cerca de Okunevo y la base naval de Baltiysk—, ambos junto a unidades conocidas de guerra electrónica rusas. Darius Kuliešius, jefe adjunto del regulador de comunicaciones lituano, fue contundente ante Reuters: “Ahora han montado la infraestructura y la interferencia se ha vuelto sistémica y permanente”.
El impacto en Rumanía y la respuesta de la OTAN
El ataque del viernes en Galați cambió la ecuación. Las autoridades rumanas ya habían modificado su legislación en 2024 para permitir a sus fuerzas armadas derribar drones intrusos como último recurso, pero en este caso los pilotos no pudieron actuar sin poner en peligro a la población civil. Eso no ha frenado la reacción política. El ministro de Exteriores rumano declaró que el suceso podría justificar consultas de emergencia bajo el Artículo 4 del Tratado de Washington, el instrumento que se activa cuando un socio considera amenazada su seguridad. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, habló con el presidente Dan y reiteró que la Alianza está lista para defender “cada centímetro” del territorio aliado.
Sin embargo, nadie ha invocado el Artículo 5, el compromiso de defensa colectiva. La prudencia es comprensible: la mayoría de los drones que han cruzado espacio aéreo de la Alianza en los últimos meses no eran rusos, sino ucranianos desviados. Eso difumina la línea entre un ataque directo y una agresión híbrida mediante guerra electrónica. Y plantea una pregunta incómoda: ¿cómo responde la OTAN cuando es Kiev quien, involuntariamente, viola el espacio aéreo aliado?
La red de interferencia rusa se ha vuelto sistémica y permanente: 36 transmisores de suplantación de GPS desde Kaliningrado, capaces de alcanzar 450 kilómetros.
El flanco oriental ya había sufrido incidentes anteriores. El 7 de mayo, un dron impactó en un depósito de combustible letón y explotó. El 20 de mayo, la capital lituana, Vilna, tuvo que vaciar su parlamento y cerrar su aeropuerto por una alerta similar. Y mientras Moscú niega cualquier manipulación, su narrativa apunta a que los países bálticos están facilitando ataques ucranianos, un relato que cobra fuerza entre sectores políticos favorables al Kremlin.
La respuesta técnica tampoco se hace esperar. Ucrania ha presentado un nuevo dron, el Sichen, diseñado para volar bajo condiciones activas de guerra electrónica. Incorpora antenas de patrón de recepción controlada que filtran señales falsas, cámaras ópticas y sistemas inerciales de respaldo. Además, Kiev y Vilna acordaron esta misma semana fabricar drones conjuntamente y desplegar especialistas ucranianos en Lituania. El ministro de Defensa, Mykhailo Fedorov, reconocía otro vector de vulnerabilidad: “Los drones de fibra óptica nos han demostrado que los aparatos insensibles a la guerra electrónica son una amenaza seria para la logística y el personal”, y anunció el desarrollo de estaciones terrenas comunes para operarlos a gran escala.
Equilibrio de Poder
La lectura estratégica es otra. Rusia ha inaugurado un campo de batalla gris donde la ambigüedad sustituye al misil. Con el spoofing, Moscú logra tres efectos simultáneos: castiga al territorio aliado sin lanzar un solo proyectil desde su propio arsenal, siembra dudas sobre la responsabilidad de Kiev y tensa los mecanismos de decisión de la OTAN. Desde el Kremlin, la maniobra encaja en una doctrina de desgaste que llevamos viendo desde la cumbre de Vilna en 2023: interferencia electromagnética, ciberataques contra infraestructuras críticas y ahora una suerte de minado aéreo con drones ucranianos como arma involuntaria.
Para la Alianza, la situación fuerza a revisar las reglas de enfrentamiento (rules of engagement) de la misión de policía aérea báltica. Hasta ahora, disparar contra un dron intruso depende de la decisión de cada Estado miembro, no del mando integrado en Uedem (Alemania). El caso rumano demuestra que ni siquiera una legislación pensada para el derribo es suficiente cuando el blanco está sobre una ciudad. Bruselas tendrá que decidir si dota a la OTAN de capacidad de respuesta autónoma para neutralizar estas amenazas, un salto doctrinal que algunos aliados podrían interpretar como una escalada.
El coste para España no es directo en el campo de batalla, pero sí en el tablero estratégico. Nuestros Eurofighter han rotado por las misiones bálticas de policía aérea en varias ocasiones, y la base de Rota sigue siendo un nodo logístico fundamental para el despliegue antimisiles estadounidense en Europa. Cualquier deterioro de la seguridad en el flanco oriental empuja a Washington a redoblar sus exigencias de gasto en defensa, un carrusel que el Gobierno de Sánchez conoce bien: ya en las últimas cumbres, Trump ha vuelto a poner sobre la mesa el 5 % del PIB, una cifra que para España supondría triplicar el presupuesto actual. Además, el Magreb y el Sahel no se vacían de riesgos mientras la atención se centra en Kaliningrado; la inestabilidad en el sur sigue siendo la amenaza más tangible para nuestro perímetro inmediato.
El precedente histórico más cercano quizá sea el derribo del Su-24 ruso por parte de Turquía en 2015: un aparato violó brevemente el espacio aéreo aliado y fue abatido, desatando una crisis diplomática con Moscú. La diferencia ahora es que el arma es un dron desviado, no pilotado, lo que diluye la responsabilidad y dificulta una respuesta contundente. El peligro no está en un intercambio nuclear, sino en el error de cálculo: que un dron ucraniano, manipulado por Rusia, acabe matando a civiles en un país aliado y el Kremlin pueda alegar que la culpa es de Kiev.
La próxima reunión del Consejo del Atlántico Norte, previsiblemente en las próximas semanas, será el termómetro. Si se activa el Artículo 4, la Alianza entrará en un terreno desconocido desde 2022. Si no, habrá que aceptar que la guerra híbrida rusa ya se libra sobre ciudades de la OTAN sin que exista todavía una doctrina común para contrarrestarla. Dos décadas después de la ampliación al este, el eje Kaliningrado-Báltico se consolida como el nuevo frente silencioso de una guerra que Moscú se empeña en no declarar. Y en ese tablero, la pregunta no es si volverá a haber drones desviados, sino cuándo el próximo causará víctimas que la Alianza no pueda ignorar.

