China ha lanzado este sábado una advertencia sin precedentes a la Unión Europea: si Bruselas introduce nuevos instrumentos comerciales discriminatorios, adoptará ‘contramedidas decididas y medidas eficaces’. La amenaza, difundida por el Ministerio de Comercio chino, responde al debate interno que la Comisión Europea mantuvo el viernes sobre cómo frenar la sobrecapacidad industrial china que está asfixiando a sectores clave como el automóvil, el acero, o los paneles solares en Europa.
Un déficit comercial insostenible y una industria europea en la cuerda floja
El detonante es un desequilibrio que ya no admite parches. Según los datos que maneja la Comisión, el déficit de bienes de la UE con China alcanzó los 360.000 millones de euros en 2025, frente a los 312.000 millones de 2024, y se ha disparado aún más en el primer trimestre de este año. La presidenta Ursula von der Leyen reunió a sus 26 comisarios en un debate de orientación para explorar todas las herramientas disponibles, desde aranceles hasta nuevos instrumentos de defensa comercial. El comunicado oficial fue tajante: “El estado actual de la relación comercial y de inversión no es sostenible”. (Más sobre las relaciones comerciales UE-China).
Esa frase resume meses de presión creciente. Las importaciones chinas en sectores manufactureros –vehículos eléctricos, acero, textiles– han hundido los precios y acelerado el cierre de fábricas europeas. Francia lleva tiempo reclamando una respuesta contundente, pero el verdadero punto de inflexión ha llegado desde Berlín.
El giro de Berlín: Alemania se suma al club proteccionista
Alemania ha sido históricamente el guardián del libre comercio en la UE por su dependencia de las exportaciones y su temor a represalias chinas. Sin embargo, el viernes, Berlín dio un giro de 180 grados. El comisario europeo de Estrategia Industrial, el francés Stéphane Séjourné, confirmó a POLITICO que Alemania está ahora más dispuesta a actuar: “Creo que todavía hay camino para un diálogo constructivo con China, pero no podemos dejar que Europa sea víctima de una estrategia depredadora que está destruyendo nuestra industria. Se necesitan nuevas herramientas, nuevas medidas, nueva voluntad política”.
La declaración de Séjourné no es una opinión personal: refleja el cambio de postura que se cocía en los pasillos del Berlaymont y que ha acelerado la reunión del viernes. Francia y otros Estados miembros llevaban meses empujando hacia una línea más dura; ahora cuentan con el aval tácito de la locomotora germana.

China no ha tardado en replicar. El Ministerio de Comercio chino también dejó claro que los canales de comunicación siguen abiertos y que ambas partes están explorando la creación de un mecanismo de consulta sobre comercio e inversión. La amenaza de represalias, sin embargo, no deja lugar a dudas: si la UE se mueve, Pekín responderá.
El veto alemán al proteccionismo industrial se ha evaporado en apenas 48 horas. Berlín ha cruzado una línea que durante una década defendió como intocable.
El Eje del Poder Europeo
Desde Moncloa.com observamos un nuevo reparto de cartas que va más allá de un simple rifirrafe comercial. Francia, Italia y España forman el núcleo duro que lleva tiempo pidiendo blindar la industria europea frente a la sobrecapacidad china. Alemania, hasta hoy, era el factor de bloqueo. Su giro altera la geometría del Consejo Europeo y deja a los países frugales del norte en una posición incómoda: su resistencia a cualquier medida que pueda encarecer las importaciones choca ahora con el argumento de la supervivencia fabril.
¿Qué significa esto para España? El sector del automóvil es la punta de lanza de la industria española. La patronal ANFAC estima que da empleo directo a cerca de 300.000 personas y representa más del 8 % del PIB industrial. Fábricas como las de Martorell (SEAT) o Vigo (Stellantis) dependen de una cadena de suministro europea que se ve directamente amenazada por los precios artificialmente bajos de los vehículos eléctricos chinos. El Gobierno de Pedro Sánchez ha respaldado en Bruselas la imposición de aranceles provisionales a esos coches y ahora gana un aliado inesperado: el respaldo alemán refuerza la posición negociadora de España.
Sin embargo, la amenaza de represalias chinas abre un flanco delicado. China es el principal destino extracomunitario de buena parte de las exportaciones agroalimentarias españolas, en especial el porcino y el vino, con miles de millones en juego. Un conflicto comercial abierto podría dañar a un sector que ya sufrió las consecuencias de la guerra arancelaria con Estados Unidos en 2018. El precedente de los paneles solares en 2013 –cuando Bruselas impuso derechos antidumping a China y Pekín respondió con medidas sobre el vino europeo– sigue fresco en la memoria de los agricultores españoles.
La Comisión Europea tiene ahora que hilar fino. Por un lado, debe evitar que la UE se convierta en víctima de una estrategia industrial depredadora. Por otro, no puede provocar una guerra comercial en toda regla que rompa las cadenas de suministro y golpee a los consumidores. La clave estará en los instrumentos que se diseñen: aranceles selectivos, mecanismos de ajuste en frontera o nuevas reglas sobre subvenciones extranjeras. El debate está servido y el tiempo apremia. Lo que antes era un tabú alemán es hoy una opción real sobre la mesa del Berlaymont.

