EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Un dron con guía por fibra óptica perforó el salón de máquinas de la unidad 6 de la central nuclear de Zaporiyia, según Rosatom. No se registraron víctimas ni daños críticos; la radiación se mantiene normal.
- ¿Quién está detrás? Rusia acusa a Ucrania de un ataque deliberado. Ucrania lo niega y alega que carece de drones con esa capacidad de penetración y alcance.
- ¿Qué impacto tiene? El OIEA mostró ‘grave preocupación’ y pidió acceso inmediato. El ex presidente Medvedev advirtió de un ‘nuevo Chernóbil’ y amenazó con represalias simétricas contra centrales ucranianas y de países OTAN.
Un dron ucraniano guiado por fibra óptica perforó este sábado el salón de máquinas de la unidad 6 de la central nuclear de Zaporiyia, la más grande de Europa, según denunció la corporación estatal rusa Rosatom. El impacto, que abrió un boquete en la sala de turbinas, marca un salto cualitativo en los ataques sobre la instalación: nunca antes se había golpeado directamente el equipo principal de una planta nuclear en servicio.
El director general de Rosatom, Aleksey Likhachev, calificó el incidente como el primer ataque deliberado contra los sistemas clave de una central. Si se me permite decirlo así, podríamos «felicitar» a toda la comunidad internacional: este es el primer ataque deliberado contra el equipo principal de una central nuclear, con una explosión que penetró la estructura y dañó el salón de máquinas’, afirmó. Likhachev insistió en que la munición, guiada por su operador hasta el impacto, descarta cualquier teoría de alcance accidental.
Ucrania rechazó de plano la acusación. Portavoces militares aseguraron que las Fuerzas Armadas ucranianas no disponen de drones con guía por fibra óptica de suficiente alcance ni con cargas explosivas capaces de traspasar un muro de hormigón hasta el corazón de la unidad. Sin embargo, la central se levanta en la orilla izquierda del río Dniéper, con territorio bajo control ucraniano justo al otro lado. La distancia —apenas un par de kilómetros— no haría inviable un ataque con sistemas comerciales modificados.
El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) reaccionó con rapidez. Su director general, Rafael Grossi, expresó ‘grave preocupación’ por el incidente y calificó cualquier ataque a instalaciones nucleares como ‘jugar con fuego’. El organismo pidió acceso ‘para examinar el edificio de la turbina afectado de primera mano’. La nota no atribuyó la autoría, pero subrayó que los ataques a la central de Zaporiyia se han intensificado en las últimas semanas, con impactos recurrentes en el perímetro y contra su personal.
El ex presidente ruso y vicepresidente del Consejo de Seguridad, Dmitry Medvedev, elevó el tono de la amenaza. Advirtió de que la destrucción de una unidad de la central provocaría un ‘nuevo Chernóbil’ y que un incidente de esa magnitud ‘no es mejor que el uso de armamento nuclear táctico’. A renglón seguido, sugirió que Moscú podría responder con ataques ‘simétricos’ contra centrales nucleares en Ucrania e incluso en ‘naciones de la OTAN implicadas en el conflicto’.
La naturaleza del ataque —un dron guiado por fibra óptica, sin posibilidad de desvío accidental— convierte la negación ucraniana en un terreno resbaladizo para la verificación independiente.
Equilibrio de Poder
El ataque a la unidad 6 de Zaporiyia no es un episodio más de la guerra de desgaste sobre la planta. Hasta ahora, los impactos habían afectado líneas eléctricas, almacenes de combustible gastado o edificios auxiliares, frecuentemente con el intercambio de acusaciones entre Moscú y Kiev sin que ninguna parte pudiera demostrar autoría. Esta vez, el blanco es el corazón industrial de la central: un misil o dron que abre un boquete en la sala de turbinas explica, por sí solo, una voluntad de causar daño funcional, aunque no se haya traducido en fuga radiactiva. La lectura estratégica es incómoda para todos.
Para Rusia, el episodio legitima su narrativa de que Ucrania ha cruzado todas las líneas rojas y de que Occidente ignora deliberadamente los riesgos. La amenaza de Medvedev —un eco de las doctrinas de escalada controlada del Kremlin— introduce la posibilidad de que Moscú responda con daños simétricos sobre la infraestructura nuclear ucraniana, una hipótesis que, de materializarse, elevaría el conflicto a una dimensión de crisis nuclear civil sin precedentes desde Chernóbil. Para Ucrania, la negación es obligada, pero la proximidad geográfica y la proliferación de drones de fibra óptica (como los que ya operan en el frente) dejan margen para la duda. La pérdida de credibilidad en este punto erosionaría la capacidad de Kiev para mantener el apoyo internacional en materia de seguridad nuclear.
Para Europa y España, el impacto directo es limitado en lo inmediato, pero el efecto sistémico es profundo. Cualquier incidente radiológico en Zaporiyia —aún sin fusión del núcleo— desencadenaría protocolos de evacuación y medición que afectarían a países vecinos y dispararían la prima de riesgo energético en todo el continente. España, sin centrales en zona de conflicto, vería sin embargo un efecto indirecto en los mercados eléctricos y en la presión para acelerar la autonomía energética. Además, la base de Rota y el compromiso de la OTAN con el flanco sur quedan expuestos a la amenaza de represalias ‘simétricas’, un concepto que Medvedev extendió explícitamente a naciones de la Alianza. La ambigüedad calculada del Kremlin mantiene abierta la incógnita de hasta dónde está dispuesto a llegar si los ataques a Zaporiyia se repiten.
La crisis coloca al OIEA en una posición límite. Grossi ha reiterado su petición de acceso, pero la planta está bajo control ruso y la cooperación con Rosatom es tensa. El precedente de la misión de inspección de 2022, criticada por su falta de contundencia, añade presión para que el organismo no tarde en enviar un equipo. El próximo informe del OIEA al Consejo de Seguridad de la ONU, previsto para las próximas semanas, será el escenario donde se medirá la capacidad real del sistema multilateral para imponer un mínimo de control sobre una instalación nuclear en zona de guerra.
La pieza no cierra. La respuesta rusa, la posible réplica ucraniana y la presión diplomática internacional definirán si el incidente de la unidad 6 queda como un aviso o como el primer capítulo de una nueva y más peligrosa fase en la militarización del riesgo nuclear.

