Carlos I de España: el lema «Plus Ultra» y el imperio sin fronteras

El joven monarca que heredó un imperio en dos continentes adoptó un emblema desafiante: «Plus Ultra». Con él rompió la barrera simbólica del mundo conocido y abrió el camino a un dominio sin fronteras. Las columnas de Hércules se convirtieron en el símbolo de una monarquía univer

En el salón de las cortes, el rumor de los procuradores se apagó cuando el rey, un adolescente flamenco de mandíbula prognática y acento extranjero, desplegó el nuevo escudo. Las dos columnas, con la cinta ondeante que decía «Plus Ultra», rompían con el viejo «Non plus ultra» que los clásicos habían pintado sobre el estrecho de Gibraltar. Era 1518, y Carlos de Gante, aquel muchacho criado entre las brumas de Flandes, acababa de inscribir en el blasón de su monarquía un desafío: más allá.

Capítulo I: Las columnas que temblaban

La divisa no fue un capricho de cancillería. Los hombres del siglo XVI conocían bien la leyenda de Hércules, que separó los dos continentes y alzó las columnas que marcaban el fin del mundo conocido —el non terrae plus ultra que avisaba a los navegantes de que detrás solo había monstruos y abismos—. Carlos I, heredero de Castilla, Aragón, Borgoña y los Países Bajos, y muy pronto del Sacro Imperio, necesitaba un gesto que hablase más que mil tratados. El humanista milanés Luigi Marliano, según algunos estudios, susurró la idea al consejero del rey, Mercurino Gattinara, y ambos la convirtieron en un programa político.

El joven monarca, que a los dieciséis años era ya duque de Borgoña y rey de España, mandó esculpir las columnas en piedra, pintarlas en estandartes y estamparlas en monedas. El escudo de armas de la nueva dinastía incorporó las dos pilastras con el lema, y la propaganda imperial lo llevó hasta los confines del orbe. La biografía de Carlos I recoge que el símbolo acompañó sus campañas, sus intrigas y sus derrotas, recordando siempre que su ambición no conocía límites.

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Capítulo II: La divisa que desafió al mundo conocido

«Plus Ultra» era la respuesta del Renacimiento a una Edad Media que había encerrado el Mediterráneo en un corral. Con ese estandarte, los barcos de la corona cruzaron el Atlántico y pusieron proa hacia las Indias Occidentales, mientras Magallanes y Elcano, bajo el mismo emblema, completaban la primera vuelta al planeta. Para un rey que gobernaba territorios donde nunca se ponía el sol, la frase no era un alarde: era la descripción exacta de su patrimonio.

Carlos V

Pero el lema también ocultaba las costuras del coloso. Para sostener aquel imperio sin fronteras, Carlos I necesitaba un caudal imposible de reunir: guerras en Italia, lucha contra el turco en el Mediterráneo, rebeliones en Castilla contenidas a sangre y fuego, y la interminable borrasca de la Reforma luterana que partió la cristiandad. Las mismas columnas que ondeaban en las naos de Indias presidían las tensas reuniones del Consejo de Hacienda en las que el rey hipotecaba futuros cargamentos de plata para pagar los intereses de los banqueros alemanes.

Capítulo III: El imperio que nunca dormía

Carlos I, ya emperador Carlos V desde 1519, fue, sin quererlo, la bisagra entre el pasado feudal y el estado moderno. Su corte itinerante, que iba de Bruselas a Toledo y de Toledo a Ratisbona, arrastraba consigo el peso de un continente. En 1521, en la Dieta de Worms, el joven emperador tuvo que encararse con Lutero mientras las noticias de la conquista de México le llegaban con meses de retraso. Plus Ultra se había convertido en un inperio de papel mojado y sangre seca, donde las órdenes tardaban un año en alcanzar a los virreyes y las revoluciones estallaban antes de que la tinta de las reales cédulas estuviera seca.

Aquel rey de mandíbula de Habsburgo y devoción tardía —rezaba de rodillas durante horas, pero también autorizaba el saqueo de Roma en 1527— supo que su gran construcción era un rompecabezas imposible. En 1555, con el cuerpo agotado por la gota y el ánimo minado por la muerte de su esposa Isabel de Portugal, Carlos tomó una decisión que espantó a sus contemporáneos: abdicar.

Capítulo IV: La abdicación: el peso de una corona

La escena, en el palacio de Coudenberg de Bruselas, está contada una y mil veces. El 25 de octubre de 1555, ante los Estados Generales de los Países Bajos, el hombre que había regido los destinos de medio mundo se levantó con dificultad, apoyado en un bastón, y declaró con voz quebrada que entregaba sus territorios a su hijo Felipe. El discurso, del que se conservan extractos, mencionaba las cuarenta expediciones militares, los diez viajes a Alemania, las cuatro guerras contra Francia y la fatiga que le impedía gobernar.

Carlos V

Felipe II heredó la corona de España y las columnas de Hércules, pero el emperador retuvo un retiro en el monasterio de Yuste. La maquinaria del Plus Ultra quedó en manos de un rey burócrata que no volvió a salir de la península, mientras el viejo Carlos, semejante a un ermitaño de luto, rezaba y desmontaba relojes en su aposento. Las columnas ya no se movían; el imperio sin fronteras empezaba a medirse en legajos y cartas.

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Capítulo V: Yuste, el último silencio

El 21 de septiembre de 1558, en aquel rincón de Extremadura, Carlos I murió a los cincuenta y ocho años. Las fuentes coetáneas cuentan que en sus últimos días se hizo leer la Imitación de Cristo y que pidió que se cantaran misas por su alma. Las mismas columnas que habían ondeado en la proa de los galeones y en las banderas de los tercios se transformaron en un emblema de paz, pero también en un recordatorio de la gran paradoja: el hombre que desafió al mundo acabó sus días encerrado en una celda de veinte metros cuadrados.

Carlos V

Hoy, el escudo con las columnas y el «Plus Ultra» adorna la bandera de España y sigue siendo objeto de estudio. En los archivos de Simancas, los memoriales del reinado muestran que cada moneda con el lema era una promesa que se pagaba con sudor indígena y con infantería en Flandes. «Un imperio que vivía de espaldas a la geografía», escribiría siglos después el historiador Manuel Fernández Álvarez, «pero que por un instante creyó que no tenía límites». La divisa de Carlos I es hoy un eco de aquella desmesura y, a la vez, la prueba de que los emblemas pueden sobrevivir al colapso de quienes los crearon.