La lluvia de piedras y flechas caía sobre las cabezas de los españoles que corrían por la calzada de Tacuba. Era la medianoche del 30 de junio de 1520, y Hernán Cortés, a caballo, gritaba órdenes que nadie escuchaba. El puente de madera que acababan de tender sobre el primer corte se desfondó bajo el peso del oro, de los caballos y de los cuerpos. La Noche Triste comenzaba con un estruendo de arcabuces mojados.
Capítulo I: La noche que se tragó el oro
El plan de huida había sido un desastre desde el principio. Cortés sabía que la muerte de Moctezuma, apedreado por su propia gente días atrás, había dejado a los españoles sin rehén y con la ciudad entera en armas. Reunió a sus capitanes —Alvarado, Sandoval, Olid— en el palacio de Axayácatl y trazó una salida sigilosa rumbo a Tlacopan. Se repartieron los tesoros del quinto real y el resto del botín, pero la codicia fue más rápida que la prudencia. Los soldados cargaron lingotes y joyas, y cuando la marcha se torció en una desbandada, muchos se ahogaron en los canales por no soltar el peso.
Según consignó Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, aquella noche murieron más de ochocientos españoles y varios miles de aliados tlaxcaltecas. El propio Cortés perdió los dedos a un sablazo en la refriega y llegó a la otra orilla de la laguna con la armadura abollada y el rostro cubierto de lágrimas. «Aún hoy me duelo», escribiría años después, «por los muchos que allí quedaron».
Capítulo II: La quema de las naves
Para entender esa noche hay que retroceder catorce meses, hasta abril de 1519. Hernán Cortés había llegado a la costa de lo que hoy es Veracruz con once naves, quinientos ocho hombres, dieciséis caballos y treinta y dos ballestas. No era el primer español que pisaba el continente, pero sí el que entendió antes que nadie que la conquista no se ganaría solo con la espada, sino con las alianzas. Y así, en un acto de audacia que aún hoy se estudia en las academias militares, ordenó barrenar y quemar las naves para que nadie pudiera pensar en la retirada.
Esa maniobra, ejecutada en el arenal de Chalchihuecan, fue más un gesto teatral que un incendio real: la mayoría de los cascos se inutilizaron con barrenos, no con fuego, pero el mensaje llegó igual. «Atrás queda el mar —pareció decir Cortés—; delante, el imperio». La decisión le valió la enemistad de los partidarios del gobernador Diego Velázquez, que lo veían como un rebelde, y, al mismo tiempo, el respeto de los veteranos de las campañas de Italia.

Capítulo III: La alianza que dio la victoria
Mientras marchaba hacia el interior, la expedición se topó con los tlaxcaltecas, el pueblo que llevaba décadas resistiendo el dominio mexica. Cortés, asesorado por doña Marina —la Malinche, su intérprete y consejera—, aprovechó el odio acumulado. Sabía que los tlaxcaltecas podían ser el mazo con el que romper la hegemonía de Tenochtitlan. Tras duros combates iniciales, los tlaxcaltecas se convirtieron en sus aliados más fieles, y sin ellos la caída del imperio habría sido imposible.
La Malinche, una mujer de origen nahua vendida como esclava a los mayas y luego entregada a los españoles, se convirtió en la voz de Cortés ante Moctezuma. Su capacidad para traducir no solo las palabras, sino también los códigos políticos de Mesoamérica, fue el arma secreta de la conquista. «Sin ella —escribió el historiador Hugh Thomas en La conquista de México—, Cortés no habría pasado de ser un aventurero más».
Capítulo IV: La ciudad de las maravillas
Cuando el 8 de noviembre de 1519 los españoles llegaron por fin a Tenochtitlan, quedaron atónitos. La ciudad, edificada sobre una laguna, con sus calzadas rectas, sus canales, sus jardines flotantes y su gran mercado de Tlatelolco, superaba en tamaño y esplendor a cualquier urbe europea de la época. Bernal Díaz recordaría: «Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblaciones, y aquella calzada tan derecha y por nivel cómo iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el Amadís».
Moctezuma recibió a Cortés con regalos y honores, pero la tensión crecía por momentos. El emperador, que creía ver en el español la encarnación de Quetzalcóatl o al menos un enviado del dios, trató de contemporizar; Cortés, mientras tanto, tomó al huey tlatoani como rehén. Durante semanas, la ciudad estuvo en un precario equilibrio, hasta que la matanza del Templo Mayor, ordenada por Pedro de Alvarado durante la fiesta del Tóxcatl, hizo estallar la furia contenida.
Capítulo V: El sitio y la caída del sol
Después de la Noche Triste, Cortés se refugió en Tlaxcala y preparó la contraofensiva. Mandó construir trece bergantines con los que dominar la laguna y cortó los acueductos que abastecían la ciudad. El asedio comenzó en mayo de 1521 y se prolongó durante noventa y tres días de hambre, viruela y combates calle por calle. El capitan general —un cargo que Cortés se había otorgado a sí mismo— dirigió las operaciones con la misma crueldad que exhibió en Cholula meses atrás.
El 13 de agosto de 1521, Cuauhtémoc, sobrino de Moctezuma y último tlatoani mexica, fue capturado a bordo de una canoa en el lago. La caída de Tenochtitlan selló el fin de un mundo y el comienzo de otro. Los conquistadores demolieron los templos y levantaron sobre sus ruinas la capital de la Nueva España. Hernán Cortés, el extremeño de Medellín que había zarpado sin permiso del gobernador de Cuba, se convirtió en el hombre más poderoso del nuevo imperio, aunque nunca logró el título de virrey que ambicionaba. En 1547, murió en Castilleja de la Cuesta, amargado por los pleitos y los olvidos de la corte. Con él se extinguía una forma de hacer las cosas que ya no pertenecía al mundo administrado de Felipe II.
«¿No sabe vuestra merced que nuestra vida es una milicia, y que andamos como los hombres de la mar, a quien el viento lleva de una parte a otra?». — Hernán Cortés, carta al licenciado Núñez, 1540.
El legado de Cortés sigue siendo tan controvertido como las aguas del lago que cubre la actual Ciudad de México. En los archivos del Archivo General de Indias, en Sevilla, reposan las cartas de relación que el conquistador envió a Carlos V, en las que dibujó su propia versión de los hechos. Esas hojas amarillentas son el único testimonio de un capitán que forjó un imperio con la pluma tanto como con la espada. Y, como suele ocurrir en las grandes historias, la verdad que contienen es solo una parte de lo ocurrido.
