EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Los países del flanco este de la OTAN aceleran su rearme con inversiones récord en sistemas antimisiles, artillería y blindados, mientras Donald Trump insiste en un gasto mínimo del 5% del PIB en defensa.
- ¿Quién está detrás? Polonia, Estonia, Letonia, Lituania y Rumanía son los principales impulsores, con el respaldo de la Casa Blanca y bajo la amenaza de una Rusia que mantiene sus capacidades ofensivas intactas.
- ¿Qué impacto tiene? La brecha con Europa Occidental se ensancha: Alemania, Francia y España no alcanzan el 2% del PIB en defensa, y las carencias en municiones, transporte estratégico y defensa antimisiles lastran a todo el continente.
La fractura militar que atraviesa la OTAN ya no es un debate teórico. Durante los últimos doce meses, el flanco oriental ha elevado su presupuesto de defensa a niveles que recuerdan a la Guerra Fría, mientras que las grandes potencias de Europa Occidental siguen financiando sus ejércitos como si la amenaza rusa fuese un eco lejano. La presión de Donald Trump para que los aliados europeos aporten el 5 % de su PIB a la defensa colectiva ha puesto en evidencia una realidad incómoda: el viejo continente se ha desarmado durante tres décadas y ahora la factura se concentra en la primera línea.
La presión de Trump y la amenaza rusa como motores del rearme oriental
Polonia ha destinado este año más del 4 % de su producto interior bruto a defensa, duplicando el umbral del 2 % que la OTAN fijó en Gales. Los contratos firmados con Washington y Seúl —250 tanques Abrams, 500 lanzacohetes HIMARS, 96 helicópteros Apache y tres escuadrones de F-35— convierten a Varsovia en la primera potencia terrestre de la Unión Europea. En los países bálticos, el gasto ya supera el 3 % del PIB, y Estonia, Letonia y Lituania han blindado sus fronteras con sistemas de artillería de largo alcance y defensas antiaéreas de última generación.
La administración Trump no se ha limitado a pedir más inversión. Ha vinculado la seguridad del flanco sur de Europa —y en particular el tránsito por el estrecho de Gibraltar— al cumplimiento de los compromisos de gasto. La Casa Blanca considera que la OTAN debe dejar de ser una alianza de «gorrones» y que los europeos financien su propia protección. La respuesta de Moscú ha sido inmediata: el Kremlin interpreta cualquier debilidad occidental como una ventana de oportunidad y mantiene ensayos nucleares tácticos en su enclave de Kaliningrado.
Europa Occidental: déficit de capacidades y dependencia estratégica
La otra cara de la moneda está al oeste de la línea Oder-Neisse. Alemania apenas alcanza el 1,6 % del PIB en defensa, y su programa de modernización sigue encallado en debates parlamentarios sobre el «freno de deuda». Francia supera el listón simbólico del 2 %, pero sus fuerzas armadas arrastran carencias graves en munición de artillería y en capacidad de proyección expedicionaria. España se queda en el 1,3 %, la proporción más baja de la Alianza, con una flota de blindados Leopard envejecida y una fuerza aérea que todavía depende de los F-18 heredados de los años noventa.
Los expertos coinciden en que el verdadero problema no es el gasto nominal sino el perfil del gasto. Mientras los socios del este concentran sus inversiones en capacidades de combate de alta intensidad —defensa antimisiles, artillería de precisión, guerra electrónica—, Europa Occidental sigue dedicando una parte desproporcionada a personal y a operaciones de mantenimiento de la paz. El resultado es un continente partido en dos: una primera línea preparada para un conflicto de alta intensidad y una retaguardia que apenas puede sostener una operación de disuasión creíble.

La OTAN no puede seguir siendo una alianza donde unos socios se arman para la guerra mientras otros mantienen ejércitos de paz.
El flanco oriental ya no espera a Berlín o París. Los bálticos han creado una zona de defensa integrada que conecta radares, misiles y centros de mando, y han solicitado a la OTAN el despliegue permanente de brigadas acorazadas en su territorio. Mientras tanto, los cuarteles generales de la Alianza en Bruselas siguen sin aprobar los presupuestos necesarios para el transporte estratégico, sin el cual las tropas occidentales no podrían llegar a tiempo a una crisis en el Báltico.
Equilibrio de Poder
La fractura entre el este y el oeste de la OTAN no es un fenómeno pasajero. Responde a una dinámica geopolítica que se ha agravado desde la anexión de Crimea en 2014, y que Trump ha acelerado al convertir la defensa europea en una moneda de cambio. Para Washington, la prioridad sigue siendo el Indo-Pacífico; el flanco oriental europeo importa siempre que los europeos paguen la mayor parte de la factura. Rusia, mientras tanto, explota cada división: su doctrina de «guerra híbrida» se alimenta de la percepción de que la OTAN no es capaz de coordinar una respuesta militar contundente.
Para España, la brecha tiene consecuencias directas que van más allá de la presión diplomática. La dependencia energética del Magreb, la inestabilidad en el Sahel y la creciente presencia de actores externos en el Mediterráneo convierten a la fachada sur de la OTAN en un flanco vulnerable. Si los aliados occidentales no refuerzan la vigilancia marítima y la proyección aérea en la zona, la disuasión frente a Marruecos —en plena tensión por el Sáhara— o frente a la inestabilidad en Argelia se desvanecerá. Al mismo tiempo, el presupuesto de defensa español está cautivo de las limitaciones fiscales que impone Bruselas, y una subida al 2 % del PIB, mucho menos al 5 %, pondría en jaque otras partidas sociales.
La lectura a medio plazo que hacemos en Moncloa.com es que nos encontramos ante un cambio de doctrina silencioso pero imparable. El centro de gravedad militar de la OTAN se desplaza hacia el este, y la Alianza tardará años en cerrar la brecha de capacidades que Europa Occidental ha dejado crecer. La próxima cumbre de la OTAN, prevista para finales de 2026 en Madrid, será el termómetro real de hasta dónde están dispuestos a llegar los socios europeos. Si para entonces Alemania y España no han presentado hojas de ruta creíbles de inversión, la OTAN habrá entrado en una era en la que los socios del este asumirán la defensa del continente casi en solitario.
