La administración Trump ha decidido introducir una pieza insólita en el complejo tablero de la guerra de Ucrania: el patriarca griego ortodoxo de Jerusalén, Teófilo III. Según fuentes conocedoras del encuentro celebrado el pasado jueves en la Casa Blanca, el presidente estadounidense ha dado su visto bueno para que el líder religioso actúe como mediador entre Moscú y Kiev con el objetivo de explorar un alto el fuego. Una maniobra que, más allá de su improbable eficacia inmediata, revela un giro doctrinal en la diplomacia de Washington: la apuesta por actores no estatales de perfil religioso para desatascar conflictos donde los canales tradicionales están bloqueados.
El movimiento coloca a Teófilo III en el centro de una negociación de altísimo voltaje. El patriarca, cabeza visible de la Iglesia Ortodoxa de Jerusalén desde 2005, es percibido como una figura de confianza tanto en Moscú como en Kiev gracias a su autoridad moral en el mundo ortodoxo y a su historial de intermediación humanitaria. De hecho, ya participó en gestiones discretas entre Rusia e Israel para la liberación de la ciudadana israelí Naama Issachar de una prisión rusa en 2020. Ahora se espera que se reúna con el presidente Vladímir Putin a finales de este mes, según las mismas fuentes.
La clave del encaje de Teófilo III en este rompecabezas reside, precisamente, en lo que no es. “No es una figura política, viene de una posición de confianza religiosa y moral”, subrayan fuentes cercanas al patriarca. En un conflicto donde las diplomacias occidentales y rusas llevan meses sin avances sustanciales, la irrupción de un mediador que habla el lenguaje de la fe y no el de los comunicados oficiales podría abrir resquicios imprevistos. Eso es, al menos, lo que espera la Casa Blanca.
Un patriarca en el tablero de guerra
La elección de Teófilo III no es casual. El patriarcado greco-ortodoxo de Jerusalén mantiene un delicado equilibrio entre las distintas jurisdicciones ortodoxas del mundo —la rusa, la griega, la ucraniana— y goza de un reconocimiento tácito como actor discreto pero eficaz en Oriente Próximo. Durante la conversación en la Casa Blanca, el patriarca también abordó la situación de las comunidades cristianas en la región y la necesidad de proteger la libertad de culto y el acceso a los lugares sagrados. Trump, en un guiño a su base evangélica y a su promesa de defender a los cristianos en todo el mundo, habría mostrado comprensión y reiterado su compromiso.
El encuentro terminó con un gesto cargado de simbolismo: Teófilo III condecoró a Trump con la Gran Cruz de la Orden de Portadores de la Santa Cruz del Santo Sepulcro, una de las más altas distinciones del patriarcado. La imagen del presidente recibiendo la condecoración de manos del líder religioso aporta una capa adicional a la narrativa de Trump como defensor de la cristiandad —una línea discursiva que ya explotó en su primer mandato— y legitima simbólicamente su apuesta por esta vía de mediación.
En paralelo, la iniciativa persigue un objetivo estratégico más amplio: mostrar avances en al menos uno de los grandes conflictos globales. Fuentes cercanas al patriarca consideran que Trump necesita urgentemente un éxito diplomático que pueda presentar ante su electorado y ante la comunidad internacional. Cualquier movimiento en el frente ucraniano, por modesto que sea, podría alterar las prioridades estratégicas de Washington en otros teatros, desde el Indo-Pacífico hasta la frontera sur de la OTAN.
Trump coloca un mediador religioso en Ucrania porque los canales políticos están agotados y necesita un triunfo diplomático, aunque sea simbólico.
La apuesta de Trump: un interlocutor no político
La decisión de impulsar a Teófilo III encaja en el manual transaccional que caracteriza a la administración Trump. Si los actores políticos tradicionales —la OTAN, la UE, la OSCE— no logran avances, se recurre a una figura externa que opera con otros códigos. No es la primera vez que Washington explora la mediación religiosa, pero sí es inédito que lo haga en un conflicto de alta intensidad como el de Ucrania, donde la dimensión religiosa ha sido instrumentalizada por el Kremlin para justificar la invasión.
El patriarca de Moscú, Kirill, ha bendecido repetidamente la “operación militar especial” rusa, vinculando la guerra a una supuesta defensa de los valores tradicionales frente a Occidente. En ese contexto, Teófilo III podría representar una voz ortodoxa alternativa que, sin romper con Moscú, introduzca un discurso de paz. No obstante, su margen de maniobra es estrechísimo: el Kremlin no ha dado muestras de aceptar mediaciones que no partan de sus propias condiciones.
Paralelamente, la iniciativa introduce un factor de fricción con los aliados europeos. Bruselas y la mayoría de las cancillerías occidentales han apostado por aislar diplomáticamente a Rusia hasta que acepte una retirada incondicional. La decisión de Washington de abrir un canal paralelo con un actor no estatal podría interpretarse como una fisura en el frente común y generar recelos en Kiev, que teme ser forzada a concesiones territoriales bajo presión estadounidense.
Equilibrio de Poder
El movimiento de Trump altera sutilmente el equilibrio de poder en la gestión del conflicto ucraniano. Por un lado, refuerza la imagen de Washington como actor imprevisible que no se ciñe a los marcos multilaterales. Por otro, debilita la posición de Bruselas, que ve cómo se abre un carril diplomático sin su participación. Para Moscú, la jugada puede ser una oportunidad: un mediador religioso permite explorar vías de acuerdo sin que el Kremlin ceda ante la presión occidental, preservando la narrativa de que Rusia negocia desde una posición de fuerza.
Para España, el impacto es indirecto pero relevante. La política exterior de Moncloa ha apostado por mantener la unidad europea en la condena a Rusia y en el apoyo militar a Ucrania, aunque con un perfil bajo y sin protagonismo diplomático. La aparición de un interlocutor religioso en el tablero podría abrir debates internos en la UE sobre la conveniencia de sumarse o desmarcarse de la iniciativa estadounidense. Madrid, que aspira a fortalecer su papel en el Mediterráneo y en las relaciones con el mundo árabe, podría ver con interés la participación de un patriarca con sede en Jerusalén, pero deberá sopesar los riesgos de fragmentar la respuesta europea.
En una lectura a medio plazo, la apuesta por la diplomacia religiosa podría extenderse a otros conflictos, especialmente en Oriente Próximo y el Sahel, donde España tiene intereses estratégicos. El precedente histórico es ambiguo: la mediación de la Santa Sede ha tenido éxitos puntuales pero limitados, y los actores religiosos no han logrado torcer el brazo a potencias nucleares decididas a imponer sus términos por la fuerza. Lo que observamos es un intento de la administración Trump de diversificar sus herramientas de influencia en un mundo donde las alianzas clásicas se resquebrajan. La reunión prevista entre Teófilo III y Putin a finales de este mes será el primer test de fuego para este nuevo capítulo de la diplomacia de la fe.
