El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no ha programado una reunión bilateral oficial con el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, en la cumbre del G7 que arranca este lunes en Evian-les-Bains, Francia. Fuentes de la administración estadounidense confirmaron a Bloomberg que el líder ucraniano solo participará en una sesión de trabajo conjunta con los demás jefes de Estado y de Gobierno, sin el cara a cara que Kiev buscaba para sellar los acuerdos de recuperación económica y ‘garantías de seguridad’.
La decisión tiene lugar después de que ambos mandatarios mantuvieran varios encuentros —formales e informales— desde el regreso de Trump a la Casa Blanca en enero de 2025. Ninguno ha logrado desbloquear las posturas divergentes sobre cómo poner fin al conflicto. Ahora, mientras el presidente estadounidense reserva huecos bilaterales para los líderes de Francia, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Egipto e India, la ausencia de Zelenski en la lista oficial subraya un reequilibrio de prioridades.
El desplante estratégico: a quién ve y a quién no ve Trump en Francia
La agenda revelada por los funcionarios es una radiografía del nuevo orden transaccional que Trump aplica. Junto a Emmanuel Macron, anfitrión de la cita, el presidente estadounidense dedicará reuniones privadas al emir de Catar, al presidente emiratí, al mandatario egipcio y al primer ministro indio. Todos comparten un denominador común: son actores clave en el tablero energético y comercial o piezas de la estrategia de contención de China en el Indo-Pacífico. Ucrania, en cambio, queda relegada a un formato multila teral y a la posibilidad —no confirmada— de un breve encuentro informal en los pasillos.
Zelenski, por su parte, ha tratado de utilizar cada cita para anclar compromisos sobre la reconstrucción posconflicto y las famosas “garantías de seguridad”. Pero la Casa Blanca ha ido rebajando expectativas. Una fuente citada por la prensa estadounidense reconoció esta misma semana que un encuentro “en los márgenes” de la cumbre aún era posible, aunque sin carácter oficial. La lectura que hacemos desde esta redacción es clara: Zelenski ya no es un interlocutor preferente para Trump, sino un actor al que se le exigen concesiones antes de sentarse a la mesa.
De socio a mediador: la nueva doctrina Trump para Ucrania

Para entender la envergadura del desplante hay que remontarse al Oval Office de febrero de 2025, cuando Trump y Zelenski protagonizaron un careo televisado que derivó en una agria discusión. El ucraniano reprochó la tibieza de Washington y su enfoque neutral sobre el conflicto; Trump, visiblemente molesto, dejó entrever que consideraría la paz como una imposición más que como una negociación entre iguales. Desde entonces, la relación aparentó recomponerse, pero los hechos de Evian-les-Bains desmienten esa foto fija.
Tras varios contactos posteriores, ninguno fructificó en un acuerdo tangible. Mientras, Putin se mostraba dispuesto a un alto el fuego si Ucrania retiraba sus tropas del Donbás y renunciaba a la adhesión a la OTAN, además de iniciar un proceso de “desmilitarización y desnazificación”. Estas condiciones, avanzadas en el Foro Económico de San Petersburgo a principios de mes, son, a ojos del Kremlin, las mismas que acordaron Trump y Putin en Alaska el año pasado. La negativa de Kiev a aceptar esos términos está bloqueando la solución que Trump ansía para presentar como un éxito en su mandato.
La cumbre de Evian revela una jerarquía diplomática clara: los intereses energéticos y el nuevo orden multipolar ganan peso frente a la defensa incondicional de Ucrania.
El presidente de Estados Unidos ha dejado de ser el valedor automático de Zelenski para convertirse en un mediador que aprieta las tuercas a la parte más débil. La ausencia de reunión bilateral no es un olvido protocolario: es una señal inequívoca de que Washington está dispuesto a sacrificar los intereses estratégicos de Ucrania si con ello logra un cierre rápido del frente oriental y puede reorientar recursos hacia el Indo-Pacífico.
Para Zelenski, la encrucijada es dolorosa. O acepta un acuerdo que implicaría pérdidas territoriales y una neutralidad forzosa, o se arriesga a un progresivo desenganche estadounidense que lo dejaría dependiendo de una Europa dividida y con capacidad militar insuficiente para sostener el esfuerzo bélico a largo plazo. La disyuntiva se hace más acuciante cuando se observa que los países con los que sí se reúne Trump comparten un patrón: son útiles para la revolución energética y para contrarrestar la influencia china. Ucrania, hoy, no encaja en ese diseño.
Equilibrio de Poder
El vacío que deja Trump en la relación bilateral con Zelenski repercute de inmediato en el eje Washington-Bruselas-Moscú. El Kremlin interpreta el gesto como una validación de su hoja de ruta: si la Casa Blanca deja de arropar a Kiev, la presión sobre la UE para que asuma en solitario el coste económico y militar de la guerra se multiplicará. De hecho, ya se perciben movimientos en ese sentido dentro de los estados mayores europeos, donde crece la convicción de que el paraguas de seguridad estadounidense se ha vuelto un bien escaso y condicionado.
Para España, esta dinámica tiene aristas sensibles. Por un lado, el posible desenganche de Washington obligaría a acelerar el aumento del gasto en defensa —la cifra del 5% del PIB que Trump ha puesto sobre la mesa ya resuena en Moncloa— y a estrechar lazos con los socios europeos para garantizar la disuasión en el flanco este. Por otro, una distracción de la atención estadounidense sobre Ucrania podría tener efectos colaterales en la frontera sur: el debilitamiento del flanco oriental daría a Rusia más margen para proyectar influencia en el Magreb y el Sahel a través de Wagner y otras compañías militares privadas, justo en un momento en que la estabilidad de Marruecos y Argelia es crítica para los intereses españoles.
El precedente histórico más cercano es la retirada unilateral de Trump de Siria en 2019, que dejó a los aliados kurdos a merced de Turquía y alteró profundamente la credibilidad de Washington como socio fiable. El coste de la imprevisibilidad estadounidense se paga en vidas y en una pérdida de influencia estructural que otros actores —Rusia y China en primer lugar— están dispuestos a capitalizar. En el caso ucraniano, el riesgo se amplifica porque lo que está en juego es la arquitectura de seguridad europea nacida tras la Guerra Fría.
A medio plazo, cabe esperar que la UE intente compensar el vacío con una política exterior y de defensa más cohesionada, pero las divisiones internas —con un eje Visegrado muy beligerante y un sur más cauteloso— dificultan cualquier consenso rápido. La próxima cumbre de la OTAN, prevista para el otoño en La Haya, se perfila como el siguiente hito en el que medir hasta qué punto el enfriamiento entre Trump y Zelenski se convierte en ruptura definitiva o en una simple presión táctica.
