El presidente ruso Vladímir Putin telefoneó este lunes a Donald Trump para felicitarle por su 80 cumpleaños y, en una conversación «amistosa y sincera» de 55 minutos, ambos líderes abordaron el acuerdo nuclear con Irán, la guerra en Ucrania y el futuro de las relaciones bilaterales, según ha informado el Kremlin. La llamada, la primera entre ambos desde la investidura de Trump en enero de 2025, llega en un momento de máxima tensión en Europa del Este y cuando el acuerdo con Teherán parece inminente.
55 minutos de humor, geopolítica y una mano tendida
La conversación, detallada por el asesor presidencial Yuri Ushakov, fue «informal y no exenta de humor». Putin destacó la «capacidad de lucha» de Trump para superar obstáculos, y el presidente estadounidense, que cumplió 80 años el 14 de junio, bromeó sobre su edad. «No le hace ninguna ilusión el número 80», confesó Ushakov, revelando que el cumpleañero se siente lleno de energía. El presidente ruso también hizo llegar saludos a Melania Trump, elogiando su labor en la reunificación de niños rusos y ucranianos con sus familias, un gesto con carga simbólica.
Pero la llamada trascendió las felicitaciones. Ambos dedicaron la mayor parte del tiempo a dos asuntos espinosos: el acuerdo con Irán y el conflicto ucraniano. Trump aseguró que un memorando de entendimiento con Teherán está «cerca» y que podría anunciarse hoy mismo. Agradeció a Rusia su «participación y, en particular, sus propuestas orientadas a buscar soluciones constructivas». Moscú, por boca de Putin, mostró satisfacción por la capacidad de Washington para frenar un conflicto que, en palabras del portavoz, «podría haber convertido en un polvorín toda la región e incluso extenderse más allá». El dato es relevante: es la primera vez que el Kremlin bendice públicamente unas negociaciones lideradas por Estados Unidos en Oriente Medio.
En el capítulo ucraniano, las posturas se mantuvieron distantes. Trump subrayó la importancia de un cese de hostilidades y se mostró dispuesto a influir tanto sobre sus socios europeos como sobre Kiev durante la próxima cumbre del G7 en Évian-les-Bains. Sin embargo, Putin fue categórico: «Ningún intento del régimen de Kiev de atacar infraestructura civil rusa puede alterar la situación en el campo de batalla, que es crítica para Ucrania». El líder ruso aprovechó para recordar a Zelenski el Holocausto, en lugar de rendir honores a «criminales nazis», una referencia velada a las recientes condecoraciones en Kiev a figuras vinculadas a la Segunda Guerra Mundial.
La réplica de Trump fue sorprendente: evocó la alianza entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial, y dijo que «esa alianza simplemente no debe olvidarse». Un guiño a la historia compartida que, según fuentes consultadas por Moncloa.com, podría allanar el terreno para un reinicio de las relaciones bilaterales si se logra un alto el fuego en Ucrania. Putin, por su parte, extendió una invitación envenenada: «Si Zelenski quiere reunirse, puede venir a Moscú».
Según el Kremlin, los enviados especiales de Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner —profundamente involucrados en el expediente iraní—, viajarán de nuevo a Moscú «en un futuro próximo». El formato de contacto directo refuerza la idea de un canal bilateral que, en la práctica, esquiva a las capitales europeas.
La conversación no fue una mera cortesía: mostró que Moscú vuelve a ser un interlocutor indispensable para dos de los tableros más calientes del mundo.
El factor Irán: por qué este acuerdo reordena Oriente Medio

Aunque el memorando con Irán aún no se ha hecho público, fuentes diplomáticas apuntan a que incluye compromisos verificables de Teherán sobre su programa nuclear a cambio de un alivio significativo de las sanciones. Rusia, junto a mediadores paquistaníes cataríes y qataríes, ha ejercido de mediador, logrando desatascar puntos que llevaban meses bloqueados. Trump, que convirtió la salida del acuerdo nuclear de 2015 en una bandera de su primer mandato, está ahora a un paso de cerrar un pacto que le otorgaría un triunfo diplomático en plena carrera hacia las elecciones de 2028.
La participación rusa no es altruista: Moscú busca recuperar influencia en la región y asegurarse un papel en la futura arquitectura de seguridad de Oriente Medio. Además, un Irán estable reduce el riesgo de un conflicto que podría disparar el precio del crudo, algo que beneficiaría indirectamente a la economía rusa, dependiente de los hidrocarburos. Sin embargo, la exclusión de la Unión Europea de estas conversaciones es un síntoma inquietante: el eje Washington-Moscú se consolida mientras Bruselas observa desde la barrera.
Equilibrio de Poder
La llamada entre Putin y Trump confirma un cambio tectónico en la geopolítica global. Para Estados Unidos, el acercamiento a Rusia tiene un doble propósito: resolver el conflicto iraní sin disparar un solo misil y, al mismo tiempo, abrir una vía de diálogo sobre Ucrania que permita a Washington presentar una hoja de ruta hacia la paz sin ceder en sus exigencias de que Europa asuma el coste de su propia defensa. El hecho de que Trump mencione su capacidad para «influir en los socios europeos» durante el G7 sugiere que la presión sobre Berlín, París y Madrid para aumentar el gasto militar no desaparecerá, incluso si se alcanza un alto el fuego.
Para la Unión Europea, el escenario es incómodo. La diplomacia del triángulo Washington-Moscú-Teherán la coloca en una posición de espectador, precisamente cuando más necesita reivindicar su autonomía estratégica. Además, un posible levantamiento de sanciones a Irán podría reabrir los mercados energéticos, beneficiando a países como España, que importa una parte significativa de su gas natural licuado. Sin embargo, ese alivio energético llegaría acompañado de un riesgo: la distensión entre Washington y Moscú podría debilitar la cohesión de la OTAN justo en un momento en que la Alianza Atlántica se encuentra dividida sobre el nivel de gasto y la respuesta a largo plazo frente a Rusia.
Para España, la ecuación es especialmente delicada. Por un lado, el fin de las hostilidades en Ucrania reduciría la presión migratoria procedente del flanco este y podría estabilizar los precios de la energía. Por otro, una Rusia fortalecida y un Estados Unidos menos comprometido con la seguridad europea obligarían a Moncloa a reconsiderar su posición en el Sahel y en el Magreb. Marruecos, que observa con atención cualquier reequilibrio de poder en el Mediterráneo, podría interpretar una menor presencia de la OTAN como una ventana de oportunidad para sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla. Además, el eventual incremento del gasto en defensa hasta el 5% del PIB —que Trump sigue defendiendo— pondría a prueba la ya frágil coalición de gobierno.
El precedente histórico no invita al optimismo: en la cumbre de Helsinki de 2018, Trump y Putin esbozaron una distensión que se diluyó en meses por las presiones del Congreso estadounidense y las acusaciones de injerencia rusa. Esta vez, el contexto es diferente: el acuerdo con Irán ofrece un activo tangible que podría blindar el entendimiento frente a las críticas internas en Washington. No obstante, la guerra en Ucrania sigue siendo un obstáculo insalvable mientras Moscú insista en que los avances militares dictarán el resultado.
La próxima cumbre del G7 en Évian-les-Bains, los días 25 y 26 de junio, será el termómetro. Allí se verá si Trump es capaz de traducir su «influencia» en un compromiso europeo por una paz que, por ahora, solo existe en las felicitaciones de cumpleaños.
