Mark Carney, primer ministro de Canadá, ha lanzado una declaración que sacude las cumbres internacionales: el G7 ya no gobierna el mundo. La afirmación, realizada en un encuentro en el Trinity College de Dublín antes de la cumbre del grupo en Évian (Francia), señala que la presencia de países como India demuestra el reconocimiento tácito de que las viejas potencias necesitan perspectivas más amplias. La noticia, recogida por RT, marca un giro en la retórica occidental sobre el orden multilateral.
La advertencia de Carney: el G7 ya no gobierna el mundo
Carney fue directo: ‘es un reconocimiento de que el G7, si alguna vez dirigió el mundo, ya no lo hace ni pretende hacerlo’. La frase, pronunciada horas antes del inicio de la cumbre en Évian, apunta a la transformación del equilibrio de poder global. El grupo —Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón, Reino Unido, Estados Unidos y la UE— ha ido incorporando como socios a Brasil, Egipto, Kenia, Emiratos Árabes Unidos e India, país que este año ostenta la presidencia de los BRICS. Para el mandatario canadiense, esta ampliación no es cosmética: ‘aportan una perspectiva más amplia y un elemento de solución a los debates sobre los grandes desafíos’.
La lectura de Carney no es aislada. En el Foro Económico de Davos de enero, ya había instado a las ‘potencias medias a trabajar juntas en respuesta a las crecientes tensiones geopolíticas’. Ahora, desde la antesala del G7, eleva el tono: la gobernanza mundial debe incluir a quienes han aumentado su peso económico y militar, como India.
El tablero reconfigurado: emergentes, el BRICS y la paz con Irán
La cumbre de Évian llega en un momento de distensión inesperada. Hace apenas unos días, Washington y Teherán cerraron un acuerdo de paz que pondrá fin a meses de hostilidades que paralizaron el tráfico en el estrecho de Ormuz. El pacto, que se firmará formalmente este viernes еs un elemento central en la agenda de la reunión. La presencia de los países del Golfo como socios del G7 refuerza la necesidad de estabilidad en una de las rutas energéticas más críticas del planeta.
El presidente estadounidense, Donald Trump, aprovechará la cita para reunirse con el primer ministro indio, Narendra Modi. Las relaciones bilaterales atraviesan un momento tenso: los aranceles comerciales y la muerte de marineros indios durante la operación de bloqueo a Irán, ejecutada por fuerzas navales de Estados Unidos, han dejado heridas abiertas. La conversación entre ambos líderes será, sin duda, uno de los focos de la cumbre.
El G7 admite implícitamente que el club de los ricos ya no puede fijar las reglas del mundo.
Mientras tanto, India maneja con habilidad su doble pertenencia: preside los BRICS, el grupo que compite con el eje atlantista, y a la vez se sienta como socio clave en la reunión del G7. Es la constatación práctica de lo que Carney verbalizó: las economías emergentes ya no están en la sala de espera.
El movimiento también coincide con los llamamientos de Modi y del primer ministro eslovaco, Robert Fico, para reformar instituciones multilaterales como el Consejo de Seguridad de la ONU. La estructura surgida tras la Segunda Guerra Mundial refleja un mundo que ya no existe, y potencias como India exigen un asiento permanente. Carney lo sabe y lo dice en voz alta.
Equilibrio de Poder
La declaración del primer ministro canadiense no es una boutade. Es el síntoma de un reordenamiento profundo que España debe leer con lupa. Washington, bajo la administración Trump, mantiene una relación transaccional con sus aliados: exige más gasto en defensa a la OTAN mientras negocia con Moscú, presiona a Pekín y, al mismo tiempo, abre canales con Nueva Delhi. La cumbre de Évian muestra que la Casa Blanca necesita a India para contener a China en el Indo-Pacífico, aunque eso implique ceder espacio a una potencia que también compra armamento ruso y se sienta en los BRICS.
Para Europa, y en particular para España, el declive del monopolio del G7 obliga a repensar alianzas. Bruselas observa con inquietud cómo la agenda global se escribe cada vez más en foros híbridos donde las democracias liberales conviven con regímenes autoritarios. La frontera sur española —el Magreb y el Sahel— es un tablero en el que potencias como China y Rusia ya juegan sus cartas. Si el G7 ya no lidera, a Madrid le urge una diplomacia más autónoma que combine la lealtad atlántica con la capacidad de hablar con todos.
El precedente histórico más cercano es la cumbre del G20 de 2009: entonces, la crisis financiera obligó a ampliar el club. Hoy, la guerra en Ucrania, la distensión con Irán y la rivalidad con China aceleran un proceso similar. La diferencia es que ahora ya no se trata solo de economía, sino de supervivencia estratégica.
La gran incógnita es si este multipolarismo será cooperativo o conflictivo. Carney apuesta por lo primero, pero el ruido de sables en el Indo-Pacífico y la tensión comercial con Washington recuerdan que la historia no siempre avanza en línea recta. Obsservamos por tanto un dato crucial: la próxima cumbre de los BRICS, bajo presidencia india, será la oportunidad para medir si las palabras de Évian se traducen en reglas de juego estables. Hasta entonces, el G7 ha dejado de fingir que gobierna el mundo.

