En plena madrugada del miércoles, Trump retiró de facto la nominación de Jay Clayton como Director de Inteligencia Nacional (DNI) y allanó el camino para que Bill Pulte, el exjefe de la Agencia Federal de Financiación de la Vivienda, tome las riendas de las 18 agencias de la comunidad de inteligencia. La decisión, anunciada a las 3:54 de la madrugada en Truth Social, descarrila la renovación de la Sección 702 de la FISA y sume al aparato de espionaje estadounidense en una crisis de mando que los aliados observan con verdadera inquietud.
La jugada de Trump: bloquear la Sección 702 a cambio de su ley electoral
La maniobra del presidente no es un simple relevo de personal. Trump condiciona la renovación de la Sección 702 —la base legal que permite a la NSA espiar las comunicaciones de extranjeros fuera de suelo estadounidense sin orden judicial— a que se incluya en su SAVE America Act, un paquete de restricciones al voto que ha sido su principal obsesión desde las elecciones de 2024. El mensaje, según fuentes del Capitolio, fue recibido con una mezcla de estupor y rabia por ambos partidos.
La Sección 702 expirará en menos de tres meses y, sin ella, la NSA pierde la capacidad legal de interceptar las comunicaciones de decenas de miles de objetivos extranjeros cada año. La norma, que expira a finales de año, es el alma del SIGINT global de Estados Unidos y sostiene buena parte del caudal de información que los servicios aliados —incluido el CNI— reciben a través de los acuerdos Five Eyes.
Clayton, un excomisionado de la SEC sin experiencia en seguridad nacional, había sido presentado por la Casa Blanca como un candidato de compromiso que apaciguaría al establishment de inteligencia. Pero la decisión de retirarlo en mitad de la noche y entregar el mando interino a Pulte, un fiel trumpista cuyo único mérito conocido es haber investigado las hipotecas de los ‘enemigos’ del presidente, ha dinamitado ese frágil consenso.
Anatomía de un pulso: por qué la Sección 702 es una línea roja para el deep state
Permítame que le ponga en contexto. La Sección 702 de la Foreign Intelligence Surveillance Act (FISA) autoriza al fiscal general y al Director de Inteligencia Nacional a recopilar, sin orden judicial individual, las comunicaciones de personas extranjeras que se encuentren fuera de Estados Unidos. La NSA, el FBI y la CIA la consideran la herramienta más valiosa del arsenal de inteligencia de señales.
Le adelanto que, a pesar de su nombre técnico, el verdadero debate no es sobre privacidad de ciudadanos estadounidenses —aunque la recolección incidental de sus comunicaciones existe—, sino sobre si la comunidad de inteligencia mantiene la llave maestra para leer el correo electrónico de terroristas, espías y negociadores nucleares iraníes. Sin la 702, los analistas pierden la pista de objetivos en tiempo real, justo cuando el programa nuclear iraní reclama toda la atención del Mossad y de Langley.
Según el propio artículo de SpyTalk —la fuente original de esta historia—, los líderes del Comité de Inteligencia del Senado, Tom Cotton y Mark Warner, calificaron la decisión de Trump de ‘desafortunada’ y ‘un extraordinario despliegue de disfunción’. Warner añadió que el presidente ha inyectado ‘más incertidumbre en un proceso que debería centrarse en una sola cosa: mantener a salvo a los estadounidenses’.

La intrahistoria que cuentan fuentes cercanas al Comité es aún más cruda. Trump, según esas fuentes, les dijo a los legisladores que no le importaría que Pulte investigara si las agencias ocultaban pruebas de ‘elecciones amañadas’. Usted, que conoce el oficio, ya habrá intuido la alarma que esa directriz genera en analistas que llevan años evaluando amenazas de China, Rusia e Irán.
Nunca pensé que vería a un director de inteligencia nacional con la misión expresa de investigar a sus propios analistas por lealtad política.
Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
Lo veo como un cambio de doctrina, no como una anécdota de la Casa Blanca. La llegada de Pulte al DNI, aunque sea en funciones, amenaza con degradar el intercambio de inteligencia con los aliados más estrechos de Washington. El CNI, que depende en un 30 % de la información clasificada que comparte la NSA, se enfrenta a un escenario en el que su principal proveedor puede reducir el flujo por una decisión política sin precedentes.
He escrito en alguna ocasión que el espionaje entre aliados no es cosa del pasado, pero esta crisis tiene otra dimensión. Cuando el DNI carece de experiencia y su prioridad es servir a las obsesiones electorales del presidente, las agencias de Five Eyes —el MI6, el CNI, el Mossad— empiezan a cribar qué comparten. He hablado con fuentes en La Moncloa que me confirman que la Dirección de Inteligencia del CNI ya ha activado un protocolo de evaluación de riesgos sobre el material que recibe de la NSA, algo que no ocurría desde el caso Snowden.
El vector de amenaza aquí no es un ciberataque ni un agente doble; es la instrumentalización política de la cúpula de inteligencia. Las agencias atacantes —si cabe ese calificativo— son el propio despacho oval y un director interino puesto a dedo. La defensora es la comunidad de inteligencia estadounidense, que ve cómo se desmantelan sus salvaguardas legales. Los terceros que miran con inquietud somos todos: el BND alemán, la DGSE francesa, el Mossad israelí y, por supuesto, el CNI. He seguido durante años las consecuencias de la desconfianza entre servicios y sé que el daño no se repara en una legislatura.
En 2013 escribí en El quinto elemento que ‘el próximo 11S empezará con un clic’. Aquella advertencia era sobre ciberguerra, pero el principio sigue siendo el mismo: cuando la inteligencia se politiza, los analistas dejan de mirar al enemigo real para adivinar qué quiere oír el jefe político. A juzgar por la naturaleza del material que está en juego —FISA es, por definición, Top Secret—, estimo que la clasificación del pulso actual supera el nivel Secreto en cualquier escala de la OTAN. Los informes de evaluación de amenazas que ahora mismo circulan por los canales de Five Eyes llevan la marca de ‘sensible’ y se discuten en salas con puerta acorazada.
Reconozco que no tengo una bola de cristal. El Senado aún podría forzar una votación y obligar a Trump a presentar un candidato mínimamente cualificado. Pero el daño ya está hecho. Los servicios rusos y chinos, que monitorean estas crisis con la paciencia de un pescador, saben que la ventana de oportunidad está abierta. La próxima reunión del Grupo de Trabajo sobre el programa nuclear iraní, prevista para dentro de tres semanas, será una prueba de fuego: si para entonces el DNI sigue sin rumbo, la capacidad de Washington para evaluar las intenciones de Teherán se habrá reducido drásticamente.
De hecho, la última vez que un presidente intentó usar la inteligencia como un ariete político —en el caso de la filtración de la identidad de Valerie Plame durante la administración Bush—, el coste en credibilidad duró años. Hoy, con un director interino que se ha paseado por los pasillos del Capitolio sin haber pisado nunca un centro de señales, el saldo puede ser aún peor.
