Blas de Lezo: el ‘Mediohombre’ que humilló a la flota británica

Con una sola pierna, un solo brazo y un solo ojo, el Teniente General Blas de Lezo defendió Cartagena de Indias en 1741 frente a una flota británica que triplicaba en número a sus escasas fuerzas. La derrota de Edward Vernon se grabó en los archivos como una de las mayores humill

El 13 de marzo de 1741, antes de que el sol calentara con saña el Caribe, los centinelas del castillo de San Felipe de Barajas vieron cómo el horizonte se llenaba de velas. Eran tantos los navíos que la línea que partía el mar parecía un bosque blanco avanzando. La flota más numerosa que había cruzado el Atlántico se aproximaba a Cartagena de Indias dispuesta a dar la estocada final al imperio español de ultramar. Al frente, el vicealmirante Edward Vernon lucía su reputación de invencible y llevaba en sus camarotes las medallas que había hecho acuñar por adelantado: en ellas, la figura de un español arrodillado y la leyenda «The Spanish Pride Pulled Down by Admiral Vernon».

Los hombres a las murallas, apenas un puñado frente a aquel despliegue, apretaban los trabucos y miraban al único oficial que no temblaba. El teniente general Blas de Lezo veía acercarse las 186 velas con la misma serenidad con que había perdido una pierna, un ojo y un brazo en treinta años de guerra. La pólvora aún no olía a pólvora; olía a marisma, a sudor y a pescado seco. Pero en los fuertes de Bocachica y en el castillo de San Felipe todo estaba listo.

Capítulo I: La sombra sobre el mar

La expedición de Vernon era parte de la Guerra del Asiento, un conflicto que enfrentaba a España y Gran Bretaña por el control comercial del Caribe. Vernon, un veterano que había tomado Portobelo en 1739 sin apenas bajas, confiaba en repetir la hazaña. Había reunido casi doscientos buques —entre navíos de línea, fragatas, bombardas y transportes— y embarcado cerca de 27.000 hombres, de los cuales más de 10.000 eran soldados de infantería. Cartagena, la llave del virreinato de Nueva Granada, era un anzuelo demasiado goloso. “Esta carta la escribo con la seguridad de que pronto podré despacharla desde dentro de la plaza”, anotó Vernon en su diario de a bordo mientras las anclas de su capitana, el Boyne, mordían el fango frente a la isla de Tierrabomba.

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La guarnición española, en cambio, era poco más que un tercio de la fuerza enemiga: unos 3.000 hombres, entre soldados regulares, milicias locales y presidiarios liberados. En la rada aguardaban seis navíos de línea, maltrechos y con dotaciones diezmadas, bajo el mando directo de Lezo. Al gobernador militar, el virrey Sebastián de Eslava, le tentaba la prudencia de abandonar la ciudad, pero Lezo lo frenó con un mensaje seco: prefería morir antes que rendir la plaza.

Capítulo II: El hombre mutilado que no se rendía

defensa de Cartagena de Indias

Blas de Lezo y Olavarrieta había nacido en Pasajes, un pueblo de la costa guipuzcoana, el 3 de febrero de 1689. A los quince años ya era guardiamarina y en la batalla de Vélez-Málaga (1704) una bala de cañón le destrozó la pierna izquierda. La amputación, sin anestesia, le costó la extremidad pero no el temple. Tres años después, en el asedio de Tolón, una esquirla le saltó el ojo izquierdo y no se retiró hasta que el fuego cesó. En 1714, defendiendo Barcelona frente a las tropas borbónicas, un disparo de mosquete le astilló el brazo derecho. Otra amputación. Llevaba cuatro lustros luchando y ya solo tenía un brazo, una pierna y un ojo. Le llamaban “Patapalo” y “Mediohombre”.

Nada en aquellas cicatrices le había enseñado a rendirse. En Cartagena ordenó reparar las baterías de Bocachica, reforzar la estacada bajo el castillo de San Luis y levantar un parapeto improvisado en las alturas de San Felipe. A sus hombres les repetía que el honor no se negocia. “Vuesa Merced me podría haber ahorrado esta intimación, pues soy español y sé a lo que me obliga mi honor”, escribió en una carta a Vernon cuando el inglés le exigió la rendición. El original, con su letra firme a pesar de haberla trazado con el brazo sano, se conserva en el Archivo General de Indias.

«Vuesa Merced me podría haber ahorrado esta intimación, pues soy español y sé a lo que me obliga mi honor»

Capítulo III: Las defensas imposibles

defensa de Cartagena de Indias

La defensa de Cartagena descansaba sobre un laberinto de canales y manglares que estrangulaba el acceso a la bahía interior. Quien quisiera tomar la ciudad debía forzar primero la bocana de Bocachica, un paso de apenas doscientos metros defendido por el fuerte de San Luis. Lezo había hecho hincar en el fondo del canal cascos de barco y cadenas para cerrar el paso. Tras ese umbral, el castillo de San Felipe de Barajas coronaba un cerro de piedra caliza, con vistas a la ciudad y a la bahía. El ingeniero Juan Bautista Mac Evan había añadido minas subterráneas y otros refuerzos en los años previos.

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El 13 de marzo, la artillería británica rompió el silencio. Durante semanas, los cañones de a 32 libras de la escuadra bombardearon las posiciones españolas con una lluvia de hierro que hacía temblar los muros. Los defensores respondían con piezas de a 24, menos potentes pero bien asentadas. El calor, la humedad y los mosquitos se convirtieron en aliados invisibles; los soldados ingleses caían por docenas víctimas de la fiebre amarilla y la disentería incluso antes de llegar a los parapetos. Mientras, Lezo recorría los andenes cojeando, animando a los artilleros, corrigiendo la puntería con su único ojo.

Capítulo IV: El combate y la humillación británica

defensa de Cartagena de Indias

El 5 de abril, tras varios intentos fallidos, Vernon logró silenciar el castillo de San Luis y desembarcar a sus tropas. Wentworth, al mando de la infantería, empujó a los españoles hacia el cerro de San Felipe, convencido de que aquella posición caería al primer asalto. Lezo había apostado allí a 600 hombres de los regimientos de Aragón y Lisboa, reforzados con milicianos negros y mulatos armados con lanzas. Cuando los casacas rojas treparon la empinada pendiente el 20 de abril, se encontraron con una descarga cerrada que les abrió en canal las primeras filas. Las minas subterráneas estallaron bajo sus pies y los defensores aparecieron por todos los flancos. La retirada se convirtió en carnicería.

Casi 1.500 británicos quedaron tendidos en las laderas. Vernon, enfurecido, intentó un último bombardeo y un desembarco a la desesperada, pero la temporada de lluvias empezó a pudrir los pertrechos y la moral. El 13 de mayo, tras perder más de 8.000 hombres entre muertos, heridos y enfermos, la escuadra levó anclas y se alejó entre el fango. Las mismas medallas que Vernon había repartido antes de la batalla se convirtieron en el mayor ridículo de la Royal Navy.

Capítulo V: La muerte del almirante y la leyenda

Blas de Lezo apenas sobrevivió cuatro meses a aquella victoria. Las heridas le supuraban y una fiebre altísima —probablemente tétanos o una infección no tratable con los medios de la época— lo consumió en Cartagena de Indias el 7 de septiembre de 1741. El marino que no se había rendido ante la flota más poderosa de su tiempo sucumbió en una pequeña habitación con los huesos tan agujereados como su cuerpo. Su muerte coincidió con una disputa amarga con el virrey Eslava, quien había intentado minimizar su papel en la defensa. Las cartas del archivo muestran a un Lezo orgulloso y exhausto, reclamando a Madrid el reconocimiento que nunca llegó en vida.

Hoy día, la figura del “Mediohombre” ha crecido hasta convertirse en símbolo de la resistencia española en América. Cada 20 de noviembre, una ofrenda floral recuerda su gesta en el mismo cerro de San Felipe; en la Armada, los aspirantes estudian la batalla de Cartagena como ejemplo de cómo la estrategia y el valor pueden voltear las probabilidades más adversas. El Archivo General de Indias guarda su correspondencia, y en Pasajes una estatua de bronce mira hacia el mar. Sus medallas, a diferencia de las que Vernon mandó fundir con prisa, no existen: las suyas son las cicatrices de un hombre que, sin pierna, sin brazo y sin ojo, humilló para siempre a la flota británica.