El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, activó en febrero Arctic Sentry, un plan de maniobras y despliegues para reforzar la presencia aliada en el Ártico y disuadir a Moscú. La iniciativa surgió como respuesta directa a la exigencia del presidente Donald Trump de que Europa asuma la seguridad del flanco norte, mientras él amenazaba con retirar tropas y con comprar Groenlandia.
El gesto que calmó a la Casa Blanca
Durante las maniobras ‘Cold Response’ en Noruega, unos 30.000 efectivos de Reino Unido y Noruega simularon un contraataque contra un «enemigo del este», el eufemismo aliado para Rusia. El ejercicio, en un bosque de abedules nevado, fue la cara visible del Arctic Sentry.
Rutte lo presentó en febrero como una manera de demostrar a Washington que Europa y Canadá pueden defender la frontera norte sin depender exclusivamente del paraguas estadounidense. La presión de Trump, que llegó a reclamar Groenlandia y a amenazar con abandonar la OTAN, aceleró el movimiento. En junio, una declaración conjunta de los aliados árticos reafirmó el compromiso de Estados Unidos, pero la Casa Blanca y el Pentágono no han detallado si los medios destinados al Ártico se verán afectados por la revisión general de tropas en Europa.
El vicealmirante británico James Morley, número dos del Mando Conjunto de Norfolk —cuartel general que dirige Arctic Sentry—, aseguró a Reuters en la base aérea de Bardufoss que el programa permite a más soldados de la OTAN aprender a operar en condiciones polares extremas, donde la temperatura con factor de viento puede caer hasta -45 °C.
El Reino Unido duplicará hasta 2.000 el número de infantes de marina destacados permanentemente en Noruega. En junio, la OTAN activó una nueva unidad de 600 soldados con sede en Laponia (Suecia y Finlandia). Sin embargo, la exsubsecretaria adjunta de Defensa estadounidense Iris Ferguson advirtió a Reuters que «cuando tienes una guerra caliente ardiendo en el Este, es difícil dirigir inversiones a una región que no parece caliente».
La dependencia de los aliados en satélites y submarinos capaces de operar a -45 °C contrasta con la flota de 42 rompehielos que Moscú ha desplegado en la región.
La brecha rusa: 42 rompehielos y el arsenal nuclear de Kola
Rusia ha marcado distancias en el Ártico. Dispone de 42 rompehielos —algunos de propulsión nuclear— frente a los dos operativos de Estados Unidos. Moscú ha reabierto docenas de bases de la era soviética y modernizado la mayor flota de rompehielos del mundo, aprovechando las nuevas rutas que abre el deshielo.
El principal desafío para la OTAN es la península de Kola, vecina a Finlandia y Noruega. Allí se concentran dos tercios de la capacidad rusa de segundo golpe nuclear, incluidos los seis submarinos nucleares de la Flota del Norte, de un total de doce que posee el país. Desde Kola, Rusia puede lanzar misiles hipersónicos hacia Estados Unidos o enviar sus submarinos al corredor Bear Gap-Barents-GIUK hacia la costa este americana, pasando entre Groenlandia, Islandia y Reino Unido.
Noruega comparte con Washington la inteligencia que recoge sobre las instalaciones de Kola, pero la OTAN necesita mejorar su capacidad de vigilancia, reconocimiento y detección submarina. El calentamiento del Atlántico Norte está alterando la salinidad y las corrientes, reduciendo el alcance al que se puede rastrear un submarino, según un estudio del NATO Defence College de 2025. «Si perdemos el control de los submarinos, tenemos un problema», declaró el ministro de Defensa noruego, Tore Sandvik.
Un buque espía ruso fue avistado en junio monitorizando las maniobras de la OTAN entre Islandia y Groenlandia, lo que subraya que Moscú también vigila de cerca los movimientos aliados en sus aguas estratégicas.

Equilibrio de Poder
La apuesta por el Ártico obliga a los aliados a inversiones de cientos de miles de millones de dólares en satélites de comunicaciones de alta latitud, drones de gran autonomía resistentes al frío extremo, vigilancia submarina y nuevos radares terrestres. Según la estrategia de la OTAN para el Ártico, el reto es colosal cuando varios gobiernos ya han comprometido el 5 % del PIB en defensa para 2035.
Canadá, sacudida por las amenazas de Trump de convertirla en un estado más, presentó en marzo un plan de defensa ártica de 35.000 millones de dólares canadienses (25.700 millones de dólares) para construir aeródromos militares. Finlandia y EE. UU. construirán juntos hasta seis rompehielos, el primero previsto para 2027. Noruega compra fragatas y submarinos, y los países nórdicos han fusionado sus fuerzas aéreas para crear una flota equiparable a la británica.
El problema para España y el flanco sur es que este esfuerzo compite por recursos con otras prioridades. Si los aliados vuelcan sus presupuestos en el Ártico, el Mediterráneo —donde España defiende la frontera marítima con Marruecos y vigila el Sahel— podría quedar en un segundo plano. La presión migratoria y la creciente presencia rusa en Libia exigen, sin embargo, una atención militar sostenida. Además, las bases de Rota y Morón, claves para el Mando África de EE. UU., podrían ver alterado su rol si la estrategia estadounidense gira definitivamente hacia el norte.
Para España, que aún aspira a alcanzar el 2 % del PIB en defensa en 2029, la exigencia aliada de llegar al 5 % es inasumible sin recortes sociales. En la cumbre de Ankara de julio se medirá si la promesa europea de defender el Ártico convence a Trump o si, por el contrario, la brecha de capacidades —42 rompehielos rusos frente a la dependencia europea de satélites y submarinos— le da a la Casa Blanca el argumento para replegarse aún más.
La lectura estratégica es clara: el Ártico ya no es la frontera congelada que la OTAN pudo ignorar durante ocho décadas. Pero responder a esa realidad sin desatender el resto de los flancos exigirá un equilibrio de poder que, por ahora, ningún presupuesto nacional ha resuelto.
