La AfD, partido más popular en Alemania, pide restaurar lazos energéticos con Rusia

Alice Weidel, colíder del partido ultraderechista, aboga por levantar el veto al petróleo y gas rusos para relanzar la economía. Con un 29% en las encuestas, la formación condiciona el futuro energético de la UE.

¿Un ‘Made in Germany’ sin gas ruso? El coste de la desconexión

La economía alemana, que se contrajo en 2023 y 2024 por primera vez desde principios de siglo, arrastra el lastre de haber cortado de raíz su acceso a la energía barata de Rusia. Antes de la escalada del conflicto en Ucrania, el 55% del gas natural que consumía Alemania procedía de ese país, y las operaciones de la petrolera rusa Rosneft representaban cerca del 12% de la capacidad total de refino alemana.

Ese modelo se ha evaporado. En marzo de este año, la producción industrial cayó un 1,2% interanual, según la Oficina Federal de Estadística, y la Cámara de Comercio e Industria (DIHK) ya había alertado en enero de un número alarmantemente alto de quiebras empresariales, atribuibles en buena medida a los precios energéticos.

Alice Weidel, colíder de Alternativa para Alemania (AfD), lo resumió con claridad en una entrevista con Reuters: “La energía barata de Rusia era el secreto del éxito del ‘Made in Germany’. La necesitamos de vuelta”. Añadió que la pérdida de ese suministro “nos ha hecho retroceder años, ha destruido cientos de miles de empleos y nos ha hecho dependientes de Estados Unidos, que nos vende energía a precios mucho más altos”.

Publicidad

La dependencia de de los suministros estadounidenses es ya un hecho: según la Asociación Alemana de Ayuda Medioambiental (DUH), el 96% de las importaciones alemanas de gas natural licuado (GNL) en 2025 provino de Estados Unidos. Un monocultivo energético que la AfD explota políticamente para reclamar la vuelta al gas de tubería ruso.

La AfD rompe el cordón sanitario y apuesta por el eje Moscú-Berlín

Alice Weidel

La encuesta de INSA publicada el martes sitúa a AfD como el partido más popular de Alemania, con un 29% de apoyo, siete puntos por delante de la Unión Democristiana (CDU) del canciller Friedrich Merz. La formación ultraderechista avanza a pesar del cordón sanitario —el veto informal a cualquier coalición o voto coordinado con ellos— que mantienen el resto de partidos.

Weidel ha prometido que si su partido llega al poder restaurará los lazos económicos con Rusia y levantará el veto al petróleo y al gas. En sus palabras, Alemania necesita “recuperar la energía barata rusa” para reanimar una economía que el propio Merz ha calificado de estancada, llegando a pedir a los ciudadanos que “trabajen más” mientras anuncia recortes en el gasto social.

La vuelta al gas ruso, como proclama la AfD, no es solo un reclamo económico: es un ataque directo a la arquitectura de sanciones que Washington ha impuesto a Moscú y un síntoma del desgaste de la solidaridad europea.

El gobierno de Merz, por su parte, ha volcado recursos en un plan de rearme con el pretexto de la “amenaza rusa”, mientras sus índices de aprobación tocan mínimos históricos. La concurrencia del malestar económico con la fatiga bélica en una parte de la población está erosionando el consenso proatlantista y allanando el camino a discursos que hace solo dos años eran tabú.

Equilibrio de Poder

El giro que plantea la AfD no se reduce a las fronteras alemanas. Un levantamiento unilateral del veto energético por parte de Berlín fracturaría el régimen de sanciones de la UE, construido con enorme esfuerzo diplomático y económico tras la invasión rusa de 2022. Países del flanco oriental, con Polonia y los bálticos a la cabeza, interpretarían el gesto como una traición que pondría en peligro la cohesión del bloque comunitario, y Moscú encontraría de inmediato una vía para reanudar la financiación de su maquinaria bélica.

Publicidad

Para España, las consecuencias no serían menores. Madrid ha mantenido, con costes políticos, una postura de alineamiento con las sanciones europeas y ha reorientado sus suministros hacia Argelia, un socio incómodo pero estratégico. La eventual ruptura del consenso energético europeo colocaría al Gobierno en una tesitura compleja: tendría que decidir si mantiene la coherencia sancionadora cuando el principal motor económico de la UE la abandona, o si explora un realineamiento propio que podría debilitar su posición negociadora con Rabat y Argel. Además, una Alemania que recupera el gas barato podría relanzar su industria exportadora, compitiendo aún más con los productos españoles en terceros mercados a costa de erosionar la unidad comunitaria.

Históricamente, la relación energética germano-rusa fue la columna vertebral de la Ostpolitik de Willy Brandt y, más tarde, del engranaje económico de los cancilleres Schröder y Merkel. Aquel entramado se quebró con la guerra, pero el resurgir de la AfD demuestra que el debate no está cerrado. El riesgo a cinco o diez años es que, incluso sin llegar al Gobierno, la AfD condicione la agenda de la CDU y fuerce a Berlín a modular su postura, abriendo grietas en la unidad europea que Washington y Moscú sabrán explotar.

La próxima cita electoral general en Alemania, prevista para 2029, se perfila como el momento en que el cordón sanitario será puesto a prueba de forma definitiva. Hasta entonces, cada dato de producción industrial, cada cierre de fábrica y cada factura de luz alimentarán un relato que la AfD ha sabido capitalizar como nadie.