Lituania ha dado un paso que hace apenas un lustro hubiera sonado a ficción atómica. Los principales partidos políticos del país báltico han alcanzado un acuerdo para eliminar la prohibición constitucional que durante más de tres décadas impedía el estacionamiento de armas nucleares y la presencia de bases militares extranjeras en su territorio. El presidente Gitanas Nauseda lo ha justificado con una frase que resume el nuevo tiempo estratégico: “La situación geopolítica está empeorando”.
La medida, que aún debe superar dos votaciones parlamentarias con mayoría de dos tercios, desmonta un tabú constitucional heredado de la ruptura con la Unión Soviética en 1991. Aquella cláusula fue concebida como un seguro de desnuclearización en un país que entonces buscaba su lugar entre Rusia y Occidente. Hoy, con las divisiones acorazadas rusas desplegadas en Ucrania y un exclave militarizado en Kaliningrado a escasos kilómetros, la prioridad es otra.
El acuerdo entre partidos, anunciado este jueves tras una reunión de los líderes parlamentarios con Nauseda, permite al Gobierno impulsar una reforma legal de gran calado. El presidente del Parlamento, Juozas Olekas, calcula que las enmiendas podrían estar aprobadas antes de que termine 2026. De salir adelante, Lituania se sumaría a la senda que abrió Finlandia hace cuatro meses, cuando Helsinki anunció la derogación de una prohibición similar heredada de la Guerra Fría.
“Existe un consenso amplio en que esa restricción ya no se corresponde con la situación geopolítica actual, en la que las armas nucleares de los Aliados son un elemento esencial de la disuasión”, explica Linas Kojala, director del Centro de Estudios Geopolíticos y de Seguridad de Vilna. A su juicio, la prohibición lituana era probablemente la más estricta entre todos los aliados de la OTAN y fue promulgada antes incluso de que el país ingresara en la Alianza.
El presidente Nauseda se ha apresurado a aclarar que no existen planes inmediatos para almacenar cabezas nucleares en territorio lituano. Sin embargo, subrayó que eliminar el artículo constitucional permitirá al país “actuar” si las condiciones de seguridad se deterioran aún más. Lituania, añadió, seguirá siendo parte del Tratado de No Proliferación Nuclear.
La retirada de la prohibición constitucional no despliega ojivas, pero crea el espacio legal para que la OTAN pueda hacerlo si la seguridad del Báltico así lo exige.
El efecto Finlandia y la nueva arquitectura del flanco este
La decisión lituana no es un hecho aislado. Finlandia, que comparte más de 1.300 kilómetros de frontera con Rusia, anunció en marzo su intención de derogar una prohibición nuclear que databa de 1947. Aquel movimiento llegó apenas un año después de que Helsinki abandonara décadas de neutralidad para ingresar en la OTAN. Ahora, con Lituania siguiendo sus pasos, el arco que va del Ártico al Báltico se está convirtiendo en un laboratorio de disuasión extendida.
Vilna ya ha triplicado su gasto en defensa desde la invasión rusa de Ucrania en 2022 y está construyendo la infraestructura para acoger de forma permanente la brigada alemana que se desplegará en 2027. El objetivo es disuadir cualquier tentación rusa de abrir un frente en los países bálticos, una hipótesis que los servicios de inteligencia occidentales no descartan si Moscú consolida sus ganancias en el Donbás.
Equilibrio de Poder
El fin de la prohibición constitucional lituana tensa el hilo de la disuasión nuclear en Europa sin mover un solo misil. Para Washington y la OTAN, se trata de una señal política que ensancha el paraguas de protección sobre los aliados orientales. Para el Kremlin, será un argumento más para denunciar la expansión ofensiva de la Alianza, aunque los analistas militares rusos saben que Vilna no albergará cabezas nucleares en el corto plazo.
En el tablero español, el movimiento lituano sitúa al Gobierno ante una contradicción evidente. Moncloa ha defendido históricamente el desarme nuclear y rechaza la participación en el esquema de nuclear sharing de la OTAN —a diferencia de Alemania, Italia, Bélgica o Países Bajos—, pero al mismo tiempo se apoya en la disuasión que ese mismo paraguas proporciona a las bases de Rota y Morón. La ausencia de armamento nuclear en territorio español no evita que sea clave en la logística de apoyo a las fuerzas de disuasión.
La lectura a diez años dibuja una OTAN donde la compartimentación nuclear se vuelve difusa. Si Finlandia y Lituania eliminan sus vetos, otros socios del flanco este podrían seguir la misma senda en la próxima década. No se trata de un despliegue inminente, sino de una arquitectura jurídica preparada para un escenario en el que la extended deterrence estadounidense necesite apoyos más visibles en el terreno. Una hipótesis que, por ahora, solo existe en los cajones de los planificadores.
El próximo hito será la primera votación parlamentaria en Vilna. Si las enmiendas superan el trámite antes de fin de año, el mensaje al Kremlin será inequívoco: la línea roja del Báltico se ha pintado con un barniz atómico que nadie quiere ver en primera línea, pero que ya todos contemplan en los mapas de escenarios.

