El 1 de noviembre de 1700, en el Alcázar de Madrid, el rey Carlos II agonizaba entre sábanas de hilo y un enjambre de médicos, confesores y embajadores que acechaban la puerta del dormitorio. Fuera, la capital aguardaba la noticia que llevaba tres décadas de agonía política: quién heredaría la corona de la Monarquía Hispánica, un imperio que abarcaba desde Nápoles hasta las Filipinas. El rey, de 38 años, llevaba toda su vida preparando aquel momento sin saberlo. Había nacido un 6 de noviembre de 1661, hijo de Felipe IV y Mariana de Austria, con un prognatismo mandibular tan severo que apenas podía masticar. Hoy, cuatro siglos después, los archivos guardan el testamento que lo convertiría en el último Habsburgo español y en la pieza que encendió la guerra de Sucesión.


