Alemania fabricará misiles ATACMS por primera vez fuera de EE.UU. en joint venture con Lockheed y Rheinmetall

El acuerdo, alcanzado en el foro industrial de la OTAN en Ankara, contempla una producción de hasta 800 unidades al año a partir de 2027. La transferencia de tecnología sensible está aún pendiente de la aprobación de Washington.

Unterlüß como nuevo polo de producción para un misil que Europa necesita con urgencia

El memorando firmado en el Foro de la Industria de Defensa de la OTAN en Ankara no es un brindis al sol. Lockheed Martin y Rheinmetall llevan más de un año tejiendo esta alianza, que comenzó con un acuerdo en 2024, se amplió en abril de 2025 y el pasado agosto ya se concretaba sobre ATACMS y Hellfire. La selección de Unterlüß, una planta de 125 años de historia que emplea a 4.000 personas y que acaba de inaugurar una fábrica de munición de artillería, es la culminación de esa hoja de ruta. «La producción a pleno rendimiento arrancará en 2027», adelantó Armin Papperger, CEO de Rheinmetall, en mayo. La cifra de la que hablan ambas compañías oscila entre 600 y 800 misiles ATACMS al año, volumen suficiente para cubrir las necesidades combinadas de los ejércitos europeos y de Ucrania, que ha quemado inventarios del sistema en cantidades industriales.

La transferencia de tecnología que pone a prueba el control de Washington

El punto más delicado de la operación no es de ingeniería, sino político. ATACMS es un misil balístico táctico diseñado para alcanzar objetivos a 300 kilómetros con una precisión letal. Su producción fuera de Estados Unidos exige que el gobierno estadounidense autorice la transferencia de tecnología sensible. Sin ese visto bueno, el acuerdo de Ankara se queda en papel mojado. Lockheed Martin ha sido explícita: mantendrá la línea de Camden (Arkansas) operativa hasta que la producción europea sea una realidad. La decisión, por tanto, está en manos de la administración Trump, que ha mostrado una línea bifronte con los aliados: exige más gasto en defensa —el famoso 5% del PIB—, pero al mismo tiempo pone trabas a la autonomía industrial europea cuando ésta puede erosionar el control que ejerce desde el Pentágono.

Europa llevaba años quejándose de la dependencia, pero el grifo de Camden se cerró antes de que el Viejo Continente tuviera su propio caudal.

El reemplazo natural del ATACMS en el arsenal estadounidense es el Precision Strike Missile (PrSM), que entrará en servicio en los próximos años. Para Estados Unidos, la externalización de la producción del modelo antiguo libera capacidad industrial para el nuevo programa y mantiene la influencia sobre los aliados a través del control de la tecnología. Para Europa, es un doble salto mortal: conseguir autonomía sin romper el paraguas industrial americano.

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La estimación de demanda no es caprichosa. Ucrania ha consumido cientos de misiles tácticos desde 2023 y los arsenales europeos están bajo mínimos. No hay fabricante local capaz de producir un misil balístico de precisión en grandes series, y la dependencia de la cadena de suministro estadounidense ha quedado en evidencia en los momentos más críticos. El acuerdo de Unterlüß, de fraguar, cambiaría esa ecuación para siempre.

Equilibrio de Poder

La operación industrial de Unterlüß tiene consecuencias que van mucho más allá de una simple joint venture. Europa gana un centro de producción de misiles que la acerca al objetivo de soberanía en munición guiada, pero sin cortar el cordón umbilical con Estados Unidos. Washington mantiene el control tecnológico y, en última instancia, la capacidad de veto sobre cualquier exportación a terceros países. Es un modelo híbrido que Bruselas aplaude en público pero que alimenta frustraciones entre los partidarios de una base industrial europea genuinamente autónoma.

Para España, el impacto es indirecto pero relevante. El Ejército de Tierra no opera ATACMS —su misil táctico es el israelí LORA integrado en los lanzadores PULS—, pero la concentración de producción en Alemania reduce los cuellos de botella que puedan afectar a futuros programas conjuntos. La industria española de defensa, con empresas como Expal o Instalaza, aspira a participar en cadenas de suministro de misiles guiados, y el centro de Unterlüß podría convertirse en un polo tractor de pedidos y transferencias de conocimiento que, de forma selectiva, lleguen a otros socios europeos. Tampoco es desdeñable la señal política que envía Alemania: si Berlín, tradicionalmente reacia a grandes inversiones militares, se convierte en fabricante de misiles balísticos, la presión sobre los demás socios de la OTAN —incluida España— para aumentar su gasto en capacidades industriales de ataque de largo alcance se intensifica.

A medio plazo, el desenlace de este memorando dependerá de tres factores. Primero, la luz verde de Washington, que puede demorarse o condicionarse a nuevas contrapartidas. Segundo, la capacidad de Rheinmetall para integrar la cadena de suministro de un misil complejo sin depender excesivamente de componentes americanos embargables. Tercero, la evolución de la guerra en Ucrania, que dictará la urgencia y el apetito político. Si la línea de producción alemana arranca en 2027 como está previsto, el Viejo Continente habrá dado un paso de gigante en su autonomía estratégica sin quemar los puentes con Washington. Si el proyecto se atasca, la lección será otra, y probablemente más dolorosa.

Lo que está claro es que la geopolítica de los misiles ha cambiado de sitio. De la planta de Camden a la de Unterlüß. Del control unilateral de Estados Unidos a una corresponsabilidad forzosa. Y del debate doctrinal a la cadena de montaje.