La Alianza Atlántica necesita un respiro. Esa es la tesis central del artículo que James Stavridis, antiguo Comandante Supremo Aliado de la OTAN, ha publicado este viernes en Bloomberg. Tras la convulsa cumbre de la organización en Turquía, el almirante retirado sugiere que los miembros europeos den a Donald Trump un ‘tiempo muerto’ durante el resto de su mandato: reducir al mínimo indispensable las cumbres y el trabajo diario conjunto para evitar nuevas fricciones que puedan romper el pacto de forma definitiva.
¿Un ‘tiempo muerto’ en la OTAN?
Stavridis no esconde la gravedad del diagnóstico. «Los fundamentos entre Washington y el resto de la alianza son malos y es poco probable que mejoren en un futuro próximo», escribe. A su juicio, la OTAN probablemente no está viviendo sus últimos días, pero la relación se ha deteriorado hasta un punto en que cada encuentro de alto nivel se convierte en un campo de minas. El presidente estadounidense volvió a recriminar a los aliados su reticencia a participar en el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán, reiteró su deseo de anexionarse Groenlandia —miembro del Reino de Dinamarca— y menospreció a los países de la OTAN porque «nunca están ahí para nosotros».
Al mismo tiempo, Trump suavizó el tono al cierre del evento, hablando de «amor en esa sala» y elogiando al secretario general, Mark Rutte, como «unificador». Para James Stavridis, antiguo jefe del Mando Aliado de Transformación y del Mando Europeo de Estados Unidos, esa dualidad es precisamente el problema: la imprevisibilidad hace imposible gestionar la alianza con normalidad.
Su propuesta, por tanto, es de corte radicalmente pragmático. «A veces, cuando un matrimonio atraviesa una relación tumultuosa, la respuesta no es una ruptura total. En lugar de eso, tomarse un ‘tiempo muerto’ puede ofrecer un respiro ante el intercambio constante de reproches», ilustra. La Alianza, según Stavridis, debería cancelar toda cumbre durante los próximos dos años y suspender de forma «fácil» el trabajo diario de los comités. Se trata de congelar las estructuras que más desgaste generan en el vínculo transatlántico mientras se pone en marcha un plan de autonomía europea.
La propuesta de un ‘tiempo muerto’ no es una rendición: es una estrategia de supervivencia para una alianza de 77 años que se enfrenta a su crisis más profunda desde la fundación.
Autonomía industrial, misión en el Golfo y un nuevo canal para Ucrania
El tiempo ganado debe emplearse, subraya el almirante, en dos tareas: seguir elevando el gasto militar —la exigencia de Trump del 5% del PIB sigue sobre la mesa— y «desarrollar una base industrial de defensa creíble» en Europa. El objetivo, en palabras de Stavridis, es «crear un equilibrio militar entre las dos orillas del Atlántico». Eso implica que los Veintisiete deben ser capaces de producir la mayor parte del hardware que necesitan sin depender de las cadenas de suministro estadounidenses.
Además, Stavridis propone un gesto hacia Washington que no requiere unanimidad: una misión europea en el Golfo Pérsico para tareas de desminado y escolta de tráfico mercante, liderada por países voluntarios, sin involucrar a la OTAN como bloque. Una fórmula similar se aplicaría al apoyo a Ucrania: canalizar todos los esfuerzos a través de canales exclusivamente europeos, fuera del paraguas aliado, para evitar el cortocircuito permanente con la Casa Blanca.
La lógica es clara: preservar el núcleo de la defensa colectiva —el Artículo 5— manteniendo a Trump lo más lejos posible de la mesa de decisiones cotidianas. De lo contrario, cada desaire público alimenta un discurso doméstico en Estados Unidos favorable al abandono total del compromiso de seguridad con Europa.
Equilibrio de Poder
El dilema que plantea Stavridis es tan incómodo como realista. Washington ha pasado en pocos años de considerar a Europa un aliado indispensable a tratarla como un competidor en materia de carga financiera. La administración Trump ha dejado claro que el paraguas de seguridad norteamericano no es gratuito y que la prioridad estratégica está en el Indo-Pacífico. El Kremlin, mientras tanto, observa cada grieta atlántica como una ventana de oportunidad: cualquier pausa en la actividad combinada de la OTAN es leída en Moscú como un debilitamiento de la disuasión, sobre todo en el flanco este. Bruselas, por su parte, carece aún de las capacidades militares y de mando para actuar de forma autónoma sin el músculo estadounidense.
Para España, el impacto de un posible «tiempo muerto» sería doble. Por un lado, la frontera sur —Marruecos, el Sáhara Occidental y el Sahel— quedaría más expuesta. Nuestro país depende en gran medida de los activos de inteligencia y de la capacidad de proyección que proporciona la OTAN para monitorizar amenazas yihadistas y flujos migratorios. Por otro, la apuesta por una industria de defensa europea más autónoma beneficia a empresas como Navantia, Indra o Escribano, que podrían capturar nuevos contratos si Bruselas acelera los programas conjuntos. Sin embargo, el salto del 2% al 5% del PIB en gasto militar —el objetivo que Trump impone— supondría para España destinar unos 70.000 millones de euros anuales, una cifra incompatible con las actuales prioridades de gasto social.
Hay un precedente histórico que ayuda a poner la propuesta en perspectiva: en 1966, el general De Gaulle retiró a Francia de la estructura militar integrada de la OTAN y expulsó las tropas aliadas y el cuartel general del territorio francés. La Alianza no se rompió; se adaptó. Algo similar ocurrió con la crisis de los misiles de 1962 o con la división por la guerra de Irak en 2003. La OTAN es resiliente, pero esta crisis es distinta porque el desafío no procede de un adversario externo, sino de la propia Casa Blanca. Aun así, Stavridis prefiere una hibernación controlada a una ruptura traumática.
La lectura estratégica a medio plazo es obligada: si Europa no logra construir en cinco años una disuasión propia creíble, la erosión definitiva del vínculo atlántico será cuestión de tiempo. El riesgo inmediato es que Rusia ponga a prueba la credibilidad del Artículo 5 en algún flanco —un incidente en los Países Bálticos, una provocación naval en el Ártico— justo cuando el comandante en jefe estadounidense esté negociando con Moscú por otros intereses. La próxima ventana crítica será la Cumbre de la OTAN de 2028, si es que llega a celebrarse.

