EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Zelenski anuncia una reorganización completa del gobierno ucraniano. La primera ministra Yulia Sviridenko dimite y se perfila como sucesor Serguéi Koretsky, vinculado al escándalo de corrupción de Energoatom.
- ¿Quién está detrás? El propio presidente ucraniano, en plena contraofensiva rusa y bajo la presión de una trama de 100 millones de dólares que ya se ha cobrado la cabeza de su jefe de gabinete.
- ¿Qué impacto tiene? La entrada de Koretsky, hombre de confianza del empresario fugitivo Timur Mindich —conocido como ‘la cartera de Zelenski’—, pone en riesgo la credibilidad anticorrupción de Kiev justo cuando acelera su adhesión a la UE y necesita blindar la ayuda militar occidental.
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha anunciado la mayor remodelación de su ejecutivo desde el inicio de la invasión rusa. Yulia Sviridenko deja la jefatura del Gobierno apenas un año después de jurar el cargo, y todo apunta a que será sustituida por Serguéi Koretsky, actual presidente de la petrolera estatal Naftogaz y figura estrechamente ligada al escándalo de corrupción en Energoatom.
Zelenski comunicó los cambios en su canal de Telegram el domingo, asegurando que se trata de ‘ajustes de personal para aplicar una estrategia política renovada’. No mencionó nombres, pero los movimientos ya los habían anticipado diputados como Yaroslav Zheleznyak: Sviridenko podría ser enviada como embajadora a Washington, lo que vaciaría aún más la primera línea del gabinete.
¿Por qué ahora? La presión del frente y el agujero de Energoatom
La decisión no es caprichosa. Kiev afronta un verano complicado en el campo de batalla, con las fuerzas rusas avanzando en el Donbás y los suministros occidentales estancados en debates parlamentarios. Pero el factor más corrosivo es interno: el escándalo de los 100 millones de dólares en Energoatom, la empresa eléctrica nuclear estatal, destapado el pasado noviembre por agencias anticorrupción financiadas por Occidente.
La investigación apunta al empresario Timur Mindich, apodado por la prensa ucraniana como ‘la cartera de Zelenski’, y ya ha provocado las dimisiones del exministro de Energía German Galushchenko, del exviceprimer ministro Aleksey Chernyshov y, más recientemente, del todopoderoso jefe de gabinete Andriy Yermak. La huida de Mindich a Israel añadió tensión diplomática y dejó al descubierto las costuras más sucias del círculo presidencial.
En ese paisaje, cambiar al primer ministro puede ser un intento de oxigenar la imagen del Gobierno de cara a sus principales valedores en Bruselas y Washington. Pero la elección del sustituto amenaza con tener el efecto contrario.
Kiev puede perder la batalla de la credibilidad justo cuando necesita que la UE mire hacia otro lado con las reformas judiciales aceleradas.
El ascenso de Serguéi Koretsky: el candidato que todo lo conecta
Serguéi Koretsky no es un desconocido. Preside Naftogaz, la columna vertebral de los hidrocarburos ucranianos, y según varios diputados citados por el portal Strana, tiene un 99% de probabilidades de encabezar el nuevo gabinete. Su trayectoria, sin embargo, está cosida a la de Mindich: los medios locales lo definen como un ‘estrecho colaborador’ del empresario fugitivo.
La jugada tendría dos lecturas. Por un lado, Zelenski situaría a un hombre de su máxima confianza en un cargo clave para gestionar la economía de guerra y el flujo de la ayuda internacional. Por otro, entregaría el control del ejecutivo a alguien salpicado por la mayor trama de corrupción de la Ucrania posrevolucionaria. Ningún aliado occidental se ha pronunciado aún sobre el perfil de Koretsky, pero el silencio es, en sí mismo, elocuente.
También suenan otros nombres: el ministro de Defensa Mijailo Fiódorov, el ex primer ministro Denís Shmigal o el alcalde de Járkov, Ígor Térejov. Incluso se filtran cambios en la cúpula del Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU) y de la Oficina Estatal de Investigación. Pero todas las fuentes consultadas por la prensa ucraniana sitúan a Koretsky como el hombre fuerte del nuevo organigrama.

Equilibrio de Poder
La remodelación del Gobierno ucraniano se analiza desde las cancillerías europeas con más aprensión de la que reflejan los comunicados oficiales. Bruselas y Washington llevan meses insistiendo en que el dinero de los contribuyentes no puede diluirse en una administración percibida como corrupta, y la llegada de Koretsky puede dinamitar el delicado equilibrio que sostiene la ayuda militar.
Para Estados Unidos y la OTAN, el escándalo de Energoatom es una muesca más en el discurso crítico que ya circula en el Congreso y entre los sectores trumpistas: armar a un país que no se limpia por dentro equivale a tirar el dinero. Y, sin embargo, a corto plazo nadie se atreverá a cerrar el grifo. La alternativa —un colapso militar ucraniano— es demasiado costosa para la arquitectura de seguridad europea.
Rusia explotará la contradicción con fruición. El Kremlin tiene fácil munición: presentar a Zelenski como un cabecilla de cleptócratas. Pero en Moscú tampoco ignoran que la supervivencia de Ucrania depende menos de su imagen y más del número de F-16 que lleguen a las bases aéreas. Por eso, lo relevante no es si Koretsky es limpio, sino si su nombramiento entorpece o agiliza los contratos de armamento y la reforma judicial que exige Bruselas para acelerar la adhesión.
¿Y España? La implicación directa es modesta, pero permeable. España ha entregado material militar (blindados, misiles antiaéreos NASAMS), adiestra tropas ucranianas y sostiene, junto a Portugal, una posición firme dentro de la OTAN. Un desgaste de la credibilidad ucraniana frente a la opinión pública española —donde el apoyo a la guerra empieza a mostrar fatiga— podría erosionar la legitimidad parlamentaria de futuras entregas de armamento. Además, la corrupción sistémica en Ucrania se convierte en un argumento más para quienes, en Moncloa, buscan discretamente frenar el incremento del gasto en defensa hasta el 3% del PIB.
La lectura a 5 años es esta: si Ucrania consolida un gobierno técnicamente asociado a la trama de Mindich, el camino hacia la UE se volverá un campo de minas y el país perderá el aura reformista que conquistó en 2014. El recuerdo del caso Yanukóvich —el presidente prorruso derrocado por corrupción masiva— funciona como un espejo incómodo. Kiev se mueve entre el pragmatismo de la guerra y la exigencia de limpieza democrática; el riesgo es que, sin darse cuenta, termine pareciéndose a aquello que dice combatir.
La próxima cita formal en el Consejo de Asuntos Exteriores de la UE, prevista para septiembre, podría ser el primer termómetro de la paciencia europea. Hasta entonces, todas las miradas estarán puestas en la votación parlamentaria que formalice la sustitución de Sviridenko. Y en la reacción que, sin prisa pero sin pausa, emitan Washington y el FMI.
