El suelo electoral del PSOE: la pregunta que nadie en Ferraz quiere responder y que nadie fuera de Ferraz sabe explicar

Hay una cifra que lleva casi un año quieta en todos los sondeos españoles y que debería provocar más reflexión de la que provoca. El PSOE de Pedro Sánchez marca entre el 25% y el 26,5% de intención de voto en prácticamente todas las encuestas publicadas desde el verano de 2025. Antes de ese verano estaba en el 27-28%. El derrumbe, según los propios sociólogos electorales, se produjo en julio de 2025 y desde entonces la línea apenas se mueve. El PSOE lleva un año acampado en ese rango con la solidez de quien no baja más pero tampoco sube.

Lo llamativo no es el número en sí. Lo llamativo es lo que ha pasado mientras ese número se quedaba quieto. José Luis Ábalos, exministro y secretario de organización del partido, ingresó en prisión en noviembre de 2025. El caso Koldo —comisiones ilegales en contratos de mascarillas durante la pandemia con epicentro en el PSOE— lleva en los juzgados desde antes. Las investigaciones vinculadas al entorno de Sánchez acumulan frentes. El 51,8% de los españoles cree que las revelaciones del caso Zapatero acabarán arrastrando al presidente ante la Justicia. Y esa sospecha la comparte el 12,5% de los propios votantes del PSOE.

Con todo eso encima: 25,6%. Un millón y medio de votos menos que en el 23J. Y aquí la curva se estabiliza.

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Eso es el suelo electoral. Y entender por qué existe es entender algo fundamental sobre la democracia española.

El número real y su historia

El suelo del PSOE tiene una arqueología que conviene conocer. En 2015 —el peor resultado electoral del partido en la era democrática— los socialistas se quedaron en el 22% de los votos y 90 diputados, con un Pedro Sánchez que todavía era el líder más cuestionado de su historia y con Ciudadanos amenazando por el centro. Eso es el mínimo histórico verificado: 22%. Cinco millones y medio de votos en una España de 35 millones de electores.

Pero ese mínimo duró poco. En 2019, el PSOE volvía al 28% bajo el mismo Pedro Sánchez, ahora con el viento a favor. El rebote desde el suelo fue de seis puntos en cuatro años. La elasticidad funciona en los dos sentidos, pero el rebote siempre se produce. En cuatro décadas de democracia, el PSOE nunca se ha quedado por debajo del 22% durante dos elecciones consecutivas.

Para contextualizar: el partido gobernó Andalucía durante cuarenta años ininterrumpidos. Cuarenta. Sobrevivió a los GAL —el escándalo de los grupos parapoliciales que asesinaron a sospechosos de ETA en los años 80, con implicación demostrada de altos cargos del Gobierno González—. Sobrevivió a Filesa —la financiación ilegal del partido en los años 90—. Sobrevivió a los ERE de Andalucía —680 millones de euros de fondos de formación desviados en el mayor fraude de la historia de una administración autonómica española, con condenas de cárcel para exconsejeros—. Y en las encuestas de julio de 2026, con José Luis Ábalos preso y el caso Koldo en instrucción, sigue en el 25-26%.

El suelo no es un accidente. Es una estructura.

La sociología del votante que no se mueve

Permíteme un ejercicio de honestidad intelectual que en el debate político español suele evitarse porque resulta incómodo para todos los bandos. El votante fiel del PSOE en 2026 no es un ignorante que no ha visto las noticias. Es alguien que las ha visto, las ha procesado y ha llegado a la conclusión de que eso no cambia su voto. Entender por qué llega a esa conclusión es más importante que descalificarlo.

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Hay al menos cinco capas en esa psicología electoral, y son más complejas de lo que el análisis político habitual reconoce.

La primera es la identidad de clase, debilitada pero no muerta. Durante décadas, votar PSOE no fue una decisión electoral. Fue una declaración de origen. El hijo del minero asturiano, del jornalero extremeño, del obrero de la SEAT, identificaba el socialismo con su mundo, su sindicato y la memoria de quiénes habían estado de su lado cuando España era otra cosa. Ese vínculo se ha erosionado con el tiempo —el PSOE lleva décadas siendo un partido de clase media urbana profesionalizada, no de clase trabajadora manual—, pero su huella identitaria persiste en capas generacionales que todavía asocian el voto socialista con la defensa de sus intereses aunque el partido haya cambiado de base social.

La segunda es el voto de empleados públicos. Tres millones y medio de funcionarios conforman uno de los colectivos electorales más fieles al PSOE. La percepción —no siempre verificable en los datos, pero poderosa como motivación— es que los gobiernos de izquierda son más favorables a la administración pública en términos de empleo, salario y condiciones. Un funcionario con estabilidad de empleo garantizada por estatuto tiene pocos incentivos para cambiar a un partido que históricamente ha promovido la reducción del sector público. No es corrupción electoral. Es interés percibido.

La tercera capa —y quizás la más poderosa— es el voto negativo. Muchos votantes del PSOE no votan por el PSOE. Votan contra el PP o contra Vox. «Para que no gobiernen ellos» es la motivación declarada de un porcentaje muy significativo del electorado de izquierda en España. En este esquema, la corrupción del PSOE no es suficiente argumento para abstenerse o votar a otra opción, porque la abstención se percibe como beneficiar al adversario. El voto negativo es estructuralmente resistente a los escándalos del propio partido porque la ecuación no es «¿es el PSOE bueno?» sino «¿es el PSOE menos malo que la alternativa?».

La cuarta es el ecosistema mediático. Una parte significativa del votante progresista español habita un espacio informativo donde los escándalos del PSOE tienen mucha menos visibilidad que los de la derecha. La Ser, La Sexta, El País, Público, infoLibre: no son medios corruptos en el sentido penal, pero tienen una línea editorial que pondera de forma distinta los escándalos según el color del implicado. Cuando el votante del PSOE accede principalmente a estas fuentes, la percepción del nivel de corrupción del propio partido es sustancialmente inferior a la que tiene quien consume medios de orientación opuesta. No es falsedad. Es selección de énfasis. Pero el efecto sobre la conciencia del votante es real.

Y la quinta capa es exactamente la que el usuario de este artículo señala con la metáfora del fútbol: el voto como identidad tribal, no como decisión racional. «Mis padres votaron siempre al PSOE. Yo voto al PSOE. Mis hijos votan al PSOE.» Esta fidelidad no necesita argumento porque no es un argumento. Es pertenencia.

La comparación que incomoda: lo que ha pasado en otros países

Decir que el PSOE tiene un suelo estructural invulnerable es inexacto. La historia contemporánea tiene ejemplos de partidos con suelos similares que acabaron derrumbándose cuando se superaron ciertos umbrales.

El caso más estudiado es el PASOK griego. El Partido Socialista griego —el equivalente heleno del PSOE— llegó a gobernar con el 44% de los votos. En 2012, con la crisis del euro y los rescates encima de la mesa, se hundió al 12%. Tan espectacular fue el colapso que los politólogos anglosajones acuñaron el término «pasokification» para describir la desaparición de un partido socialdemócrata hegemónico cuando sus votantes pierden la fe en él como instrumento de sus intereses.

Francia siguió un camino parecido. El Parti Socialiste, que gobernó con Hollande en 2012, cayó al 6% en las presidenciales de 2017 cuando Macron absorbió su espacio electoral con un proyecto nuevo. El PS francés no desapareció, pero tardó casi una década en recuperar relevancia.

En Reino Unido, el Partido Conservador —que no es de izquierdas pero tiene la misma posición hegemónica histórica en su espacio— pasó del 43% en 2019 al 23% en 2024 tras cuatro años de escándalos, cambios de líder y gestión percibida como caótica. Un desplome de veinte puntos en un partido centenario. Eso muestra que el suelo puede romperse, pero requiere una acumulación de fracasos que en el caso conservador británico fue extraordinaria.

España no ha visto todavía su momento de pasokification socialista. El 22% de 2015 fue el mínimo, y rebotó. La pregunta es si existe algún escenario en el que el suelo se rompa de verdad.

¿Qué hace falta para que el suelo se quiebre?

Para que el suelo del PSOE cayera de forma estructural —por debajo del 18-20% y sin rebote posterior— tendrían que confluir varias condiciones que hoy no se dan simultáneamente.

La primera es una alternativa de izquierda creíble. El colapso del PASOK griego benefició a Syriza. El colapso del PS francés benefició a Macron, que capturó el centro-izquierda. En España, Sumar y Podemos no representan una alternativa creíble de gobierno que pueda absorber el votante desencantado del PSOE. Están fragmentados, son percibidos como menos moderados y no tienen la estructura territorial para reemplazar al partido histórico. Mientras esa alternativa no exista, el votante de izquierda sin apego identitario al PSOE se enfrenta a una elección entre votar socialista o no votar. Y una parte significativa elige lo primero.

La segunda condición es una corrupción que afecte directamente a la vida cotidiana del votante. Los ERE de Andalucía son el ejemplo más impresionante de resiliencia del suelo: 680 millones desviados, condenas de cárcel para exconsejeros, y el PSOE gobernó Andalucía durante siete años más después de que el escándalo fuera conocido. Cuando la corrupción no produce un daño perceptible y directo en la vida del votante medio —cuando es «dinero de todos» sin cara ni nombre—, el coste electoral es menor de lo que debería ser en una democracia madura.

La tercera condición es el tiempo. Los procesos electorales que reconfiguran el espacio político de forma estructural no ocurren en un ciclo. Ocurren en dos o tres. La erosión del suelo del PSOE desde el 31% de 2023 al 25% actual es el primer paso de un proceso que podría continuar. O podría revertirse si el PP o Vox comenten el error que los devuelva al votante de izquierda moderado. En la política española, el voto negativo puede funcionar en ambas direcciones.

El problema de fondo: una democracia madura no debería tener suelos

Aquí está la tesis que más me interesa de todo este análisis y que habitualmente se omite en el debate político porque resulta incómoda para todos los partidos.

En una democracia sana —en el sentido de una democracia donde los ciudadanos votan mayoritariamente en función de la evaluación racional de la gestión de quienes les gobiernan—, el suelo electoral de cualquier partido después de un nivel significativo de corrupción demostrada debería tender hacia cero. No porque haya que votar a la derecha. Sino porque debería haber una alternativa de izquierda no corrupta a la que votar, y el votante debería tener la disposición psicológica de premiar la gestión honesta aunque eso suponga cambiar la etiqueta.

El suelo del PSOE al 25% en 2026, después de Ábalos en prisión, después de los ERE, después del caso Koldo, no es una señal de que el PSOE es bueno. Es una señal de que el votante de izquierda español no tiene alternativa creíble y de que el votante tribal no está dispuesto a buscarla. Y ambas cosas son problemas de la democracia española, no del PSOE.

La Guerra Civil como argumento para votar socialista lleva décadas sin tener sentido demográfico: los españoles que tienen memoria directa de aquello son ya muy pocos. El «somos obreros» que cohesionó la izquierda durante la Transición tampoco tiene la misma carga en un país donde la clase trabajadora industrial ha sido reemplazada por una economía de servicios fragmentada. Los argumentos identitarios históricos se han desgastado, pero el comportamiento electoral que generaban persiste.

Lo que se mantiene, en ausencia de los argumentos originales, es el hábito. Y el hábito, a diferencia de la convicción, no resiste indefinidamente la presión de los hechos. El 21,9% de votantes del PSOE que declara indecisión en las últimas encuestas es el número más revelador de todos los que hemos citado. No son los que ya se han ido. Son los que todavía no saben si irse. Son el margen entre el suelo actual y el suelo real.

La democracia española no ha visto todavía su momento de pasokification. Pero la historia dice que esos momentos no se anuncian con antelación. Ocurren cuando el votante que llevaba años dudando decide finalmente que el partido que conoce ya no merece el beneficio de la duda que le ha dado durante toda su vida.

Ese momento puede no llegar nunca. O puede llegar en la próxima convocatoria electoral. El 25% que hoy parece el suelo puede ser el punto de partida de una caída mayor, o puede ser el trampolín de un rebote. La diferencia la determinará, como siempre, lo que haga el PP tanto como lo que haga el PSOE.

En democracia, el suelo de un partido lo define la calidad de sus alternativas tanto como la calidad de sus propias decisiones. Y esa es, quizás, la reflexión más incómoda de todas: que si el PSOE tiene un suelo estructural al 25% con todo lo que tiene encima, la pregunta que habría que hacerse no es solo qué hace mal el PSOE. Es qué hace tan poco bien el resto.