EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Donald Trump ha afirmado que no descarta una invasión terrestre en Irán y que, a partir de la próxima semana, bombardeará centrales eléctricas y puentes si Teherán no negocia un acuerdo.
- ¿Quién está detrás? La Administración Trump, que mantiene una campaña militar conjunta con Israel desde el 28 de febrero.
- ¿Qué impacto tiene? La isla de Kharg, clave para el 90% del crudo exportable iraní, se perfila como objetivo de una operación terrestre con fuerzas aliadas. La destrucción de infraestructura civil eleva el conflicto a un nuevo nivel de escalada.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha elevado este martes la amenaza sobre Irán al no descartar una invasión terrestre y adelantar que la próxima semana empezarán los bombardeos sobre centrales eléctricas y puentes, en una entrevista concedida a Fox News. La declaración, recogida por la agencia rusa RT, marca un nuevo umbral en la ofensiva militar que Washington e Israel mantienen desde finales de febrero.
La afirmación más contundente es la posibilidad de una campaña por tierra. Aunque Trump ha aclarado que serían “otras personas” –países aliados no especificados– quienes pondrían las botas sobre el terreno, la mera mención de una invasión terrestre constituye un salto cualitativo. “A veces necesitas una campaña terrestre, pero tenemos a otras personas que la harán por nosotros”, declaró, señalando explícitamente la isla de Kharg como posible objetivo.
Kharg, la isla que sostiene el 90% del crudo iraní, en el punto de mira
La isla de Kharg, situada a unos 25 kilómetros de la costa iraní en el Golfo Pérsico, maneja alrededor del 90% de las exportaciones de crudo del país. Es la principal válvula de ingresos para Teherán, y Trump ya había amenazado con tomarla “para quedarse con el petróleo” durante la tregua rota de abril. Ahora, el presidente estadounidense ha ido más lejos: si el régimen iraní no se sienta a negociar, EE.UU. podría autorizar a fuerzas aliadas a ocupar ese enclave estratégico.
Según sus propias palabras, la isla ya ha sido bombardeada “dos o tres veces”, pero con órdenes expresas de no tocar las instalaciones petrolíferas. “Dije: ‘Golpead todo menos el petróleo’”, recordó. La nueva amenaza, sin embargo, abre la puerta a una operación anfibia o aerotransportada que cambiaría el teatro de operaciones de la actual campaña aérea a una ocupación parcial del territorio iraní.
La Casa Blanca no ha detallado qué países podrían asumir la misión terrestre. La ambigüedad deliberada deja espacio para que Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos u otras monarquías del Golfo actúen bajo el paraguas estadounidense. Fuentes militares consultadas por esta redacción no descartan tampoco un papel de fuerzas especiales israelíes, dada la estrecha coordinación con Washington en la ofensiva actual.
La amenaza de una campaña terrestre, aunque delegada en aliados, marca un salto cualitativo en la confrontación con Irán. No es una bravata presidencial más: es una hoja de ruta.
Centrales eléctricas y puentes: la amenaza de destruir infraestructura civil
“La próxima semana llegan las centrales eléctricas. La próxima semana llegan los puentes”, advirtió Trump en la entrevista. El presidente aseguró que los bombardeos continuarán “hasta que yo diga basta” y añadió un inquietante mensaje: “No les va a quedar nadie si no llegan a un acuerdo”. Según sus palabras, funcionarios estadounidenses transmitieron ese ultimátum a Teherán una hora antes de la entrevista.
La amenaza de atacar infraestructura civil energética y de transporte supone un paso más allá de los más de 1.500 civiles muertos desde el inicio de la operación militar el 28 de febrero, según las autoridades iraníes. El suceso más dramático fue el bombardeo de la escuela de niñas Shajareh Tayyebeh, en Minab, que dejó 168 fallecidos, en su mayoría menores. Investigaciones de fuentes abiertas apuntaron a que el ataque, probablemente estadounidense, iba dirigido contra una base cercana de la Guardia Revolucionaria, pero impactó en el centro escolar. Trump negó la responsabilidad de EE.UU., aunque en mayo admitió que “se cometen errores” y que “nadie lo hizo a propósito”.
La campaña aérea conjunta con Israel se ha intensificado en las últimas semanas, y la retórica desde Washington ha ido escalando. Ahora, con la amenaza explícita de derribar puentes y dejar a oscuras al país, el mensaje es inconfundible: o hay negociación o habrá colapso sistémico de la infraestructura civil iraní.
Equilibrio de Poder
El eje Washington-Moscú-Bruselas observa la escalada con prismas muy distintos. Para la Administración Trump, la ofensiva busca doblegar la capacidad de Irán para financiar a grupos armados en la región y forzar un acuerdo nuclear y de seguridad que satisfaga también a Israel. El Kremlin, aliado tradicional de Teherán pero con los recursos militares desgastados por la guerra en Ucrania, mantiene una postura ambigua: condena las “acciones unilaterales” de EE.UU., pero se abstiene de comprometerse en una defensa activa. La UE, por su parte, teme un nuevo shock energético que dispare el precio del crudo si el estrecho de Ormuz se cierra o si la producción de Kharg se interrumpe, y se prepara para una nueva cumbre extraordinaria del Consejo Europeo en los próximos días.
Para España, esta crisis va a a tener un impacto directo. El país importa una porción significativa de su petróleo a través del Golfo Pérsico, y cualquier bloqueo o destrucción de la terminal de Kharg se traduciría en una subida inmediata de los precios de los carburantes. Además, la base naval de Rota, que alberga destructores AEGIS del sistema antimisiles de EE.UU., podría convertirse en un punto de apoyo para las operaciones contra Irán, lo que situaría a España en una posición delicada ante un posible rebote de la tensión. El Gobierno de Sánchez, que ha mantenido un perfil bajo en este conflicto, se enfrenta a la presión de socios europeos que exigen una condena firme de los ataques a infraestructura civil.
La lectura a corto plazo es inequívoca: la amenaza de una invasión terrestre, por delegada que sea, y el anuncio de bombardear centrales y puentes elevan el conflicto a un terreno que no se pisaba desde la guerra de Irak de 2003. Entonces, la comunidad internacional se quebró; ahora, con Rusia y China atentas, el riesgo de una escalada regional que involucre a otros actores es alto. Los próximos siete días serán decisivos: si Teherán no responde a la exigencia de negociar, podríamos ver la destrucción de infraestructura crítica con consecuencias humanitarias imprevisibles.

