La madrugada del 7 de abril, cuando el ultimátum del presidente estadounidense Donald Trump para que Irán abriese el estrecho de Ormuz estaba a punto de expirar —con la amenaza literal de destruir “una civilización entera”—, una llamada telefónica del mariscal paquistaní Asim Munir desactivó la crisis. En cuestión de horas, Washington y Teherán anunciaron un alto el fuego. Pocos días después, el vicepresidente J. D. Vance se sentó frente a negociadores iraníes en Islamabad durante más de veinte horas, el contacto directo de más alto nivel entre ambos países desde la revolución de 1979.
El alto el fuego —y el esbozo de acuerdo que le siguió— es ahora profundamente incierto, pero la mediación de Pakistán marca un punto de inflexión. Por primera vez en décadas, un país que siempre estuvo en los márgenes del orden occidental, asociado más a la inestabilidad regional que a la resolución de conflictos, logró lo que ni China, Francia, Alemania, India o el Reino Unido pudieron: parar una guerra que amenazaba con incendiar Oriente Próximo.
De la guerra al alto el fuego: el momento de Pakistán
Según el análisis publicado por Foreign Affairs, el 7 de abril el jefe del ejército paquistaní, Asim Munir —la figura más poderosa del país—, presionó simultáneamente a Trump y al liderazgo iraní superviviente para que detuviesen las hostilidades. El agradecimiento público de ambos bandos fue inmediato. La imagen de Vance negociando en Islamabad, una ciudad que Washington llevaba años relegando en favor de Nueva Delhi, simboliza el vuelco.
Hasta ese momento, la guerra en Irán había demostrado la parálisis de las grandes potencias. Las sanciones occidentales y las coaliciones navales no impidieron que los hutíes continuaran sus ataques en el mar Rojo. La Unión Europea, golpeada por el cierre del estrecho de Ormuz, apenas emitió declaraciones. China se mantuvo al margen pese a su despliegue económico en la región, e India declinó cualquier papel. El vacío lo llenó Pakistán.
El futuro inmediato de la tregua es frágil. Sin embargo, el perfil de potencia mediadora que ha adquirido Islamabad ya no es coyuntural. Responde a una transformación más honda del sistema internacional, donde Estados no tradicionales están asumiendo tareas de estabilización que los actores clásicos ya no pueden o no quieren desempeñar.
Por qué Pakistán pudo donde fracasaron las grandes potencias
Tres atributos, difíciles de reunir, convirtieron a Islamabad en un interlocutor válido para Washington y Teherán a la vez. El primero, una red de relaciones cruzadas sin parangón: Pakistán mantiene un vínculo estratégico con China, busca activamente la cercanía de Estados Unidos, es socio estrecho de Arabia Saudí y comparte frontera y confesión religiosa con Irán. Ningún otro país de peso podía hablar con todos los actores implicados sin ser percibido como parte del problema.
El segundo factor fue el poder coercitivo creíble. El pacto de defensa mutua firmado entre Islamabad y Riad significaba que, si la contienda escalaba, Pakistán podía intervenir en defensa de Arabia Saudí. Esa posibilidad —mucho más amenazante para el régimen iraní que los bombardeos estadounidenses e israelíes— habría aislado a Teherán dentro del mundo musulmán, forzando a otros países a abandonar su calculada ambigüedad.
El tercer pilar, quizás el más determinante, fue el liderazgo dispuesto a asumir riesgos. Munir apostó su capital político personal en una mediación incierta. Sabía que Trump podía ser permeable a una salida negociada que evitara un atolladero regional. Ninguna gran cancillería occidental se habría arriesgado a ese desgaste de imagen. Pakistán, en cambio, llevaba años reconstruyendo discretamente su relación con Washington —incluida la guerra con India de 2025, que le granjeó el respeto de Trump— y el mariscal supo convertir ese activo en oficio diplomático.
Munir entendió que la obsesión de Trump por los costes y los réditos inmediatos era la rendija por la que colar una mediación que, para cualquier otro, habría sido un suicidio diplomático.
Equilibrio de Poder
La irrupción de Pakistán como potencia estabilizadora no es un hecho aislado. En los últimos años, Catar y Egipto mediaron entre Israel y Hamás, Turquía forzó el acuerdo del grano entre Rusia y Ucrania, y Arabia Saudí y Omán desactivaron discretamente las amenazas hutíes en el mar Rojo. Todos comparten un rasgo: carecen de los atributos clásicos de influencia —peso económico abrumador, membresía en clubes como el G7 o el Consejo de Seguridad—, pero poseen la flexibilidad para tender puentes entre bloques enfrentados.
Para Estados Unidos, esta dinámica obliga a una revisión de fondo. Desde el final de la Guerra Fría, Washington organizó su política exterior en torno a alianzas de valores compartidos. Sin embargo, esa arquitectura no ha logrado prevenir ni detener las guerras de Ucrania, Gaza o Irán. El caso paquistaní demuestra que la estabilidad futura dependerá de socios fuera de ese círculo, incluso cuando no pasen los filtros democráticos o estratégicos habituales. La administración Trump ya ha dado el paso al desmarcarse del consenso que primaba a India y marginaba a Pakistán; la pregunta es si esa flexibilidad sobrevivirá a futuras crisis.
Para España, cuarto importador europeo de crudo del Golfo, la lección es meridiana: el estrecho de Ormuz no lo custodian solo las armadas occidentales, sino también actores como Pakistán, capaces de desactivar tempestades cuando los portaviones no bastan. La seguridad energética española se juega en parte en la capacidad de Europa para diversificar interlocutores y reconocer que el orden multipolar está premiando a potencias que, hace una década, nadie habría llamado “indispensables”.
El precedente no es nuevo: ya en 2014, la mediación de Catar y Turquía en la liberación de los secuestrados por Boko Haram mostró el valor de las diplomacias no alineadas. Pero lo de Pakistán en 2026 eleva el fenómeno a otra escala. Si el alto el fuego se consolida, Islamabad habrá ganado una influencia que modifica los mapas de poder en Oriente Próximo y reconfigura las rutas energéticas hacia Europa. Si fracasa, habrá dejado al menos la constancia de que, en el tablero del siglo XXI, ganan los que saben moverse en las grietas.

