Trump selecciona cinco estados para almacenar residuos nucleares y desbloquear el renacimiento nuclear prometido para 2050

Utah, Tennessee, Oklahoma, Luisiana e Idaho acogerán los campus de innovación nuclear. La medida busca romper un atasco de más de cuarenta años y movilizar hasta 50.000 millones de dólares en inversión privada.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? El Departamento de Energía ha elegido a Utah, Tennessee, Oklahoma, Luisiana e Idaho para albergar los primeros Campus de Innovación del Ciclo de Vida Nuclear, que gestionarán todo el ciclo del combustible, incluidos los residuos radiactivos.
  • ¿Quién está detrás? La administración de Donald Trump, con el secretario de Energía Chris Wright al frente, impulsa esta medida para desbloquear un atasco de décadas y cumplir su objetivo de cuadruplicar la capacidad nuclear hacia 2050.
  • ¿Qué impacto tiene? La iniciativa podría movilizar hasta 50.000 millones de dólares en inversión y crear 25.000 empleos, aunque el impacto directo en España se limitaría a posibles contratos para empresas de ingeniería nuclear como Tecnatom o ENSA en la cadena de suministro.

El anuncio de este martes supone un giro copernicano para el sector nuclear estadounidense. Donald Trump no solo promete más reactores: ahora se propone desatascar el problema más espinoso de la energía atómica, el almacenamiento definitivo de los residuos. Cinco estados —Utah, Tennessee, Oklahoma, Luisiana e Idaho— han sido seleccionados como candidatos para acoger los Nuclear Lifecycle Innovation Campuses, unas instalaciones que integrarán desde la fabricación de combustible hasta el reprocesamiento de desechos radiactivos. La Casa Blanca pretende así romper con un bloqueo que se arrastra desde los años ochenta.

La cifra actual es un lastre: más de 95.000 toneladas métricas de combustible gastado procedente de reactores comerciales se acumulan por todo el país, y las estimaciones oficiales apuntan a que esa montaña de residuos casi se duplicará en los próximos años. Casi todas las centrales nucleares recurren desde hace décadas a almacenamientos temporales in situ porque el único proyecto federal de depósito geológico profundo, Yucca Mountain (Nevada), lleva más de una década cancelado de facto. “Estos campus serán generadores masivos de crecimiento económico, crearán miles de empleos bien pagados y serán cruciales para desatar el renacimiento nuclear americano”, dijo Chris Wright en el comunicado. Veintiséis estados habían presentado sus candidaturas.

La administración calcula que la construcción de los campus podría atraer hasta 50.000 millones de dólares de inversión privada, generar casi 25.000 puestos de trabajo y dejar unos ingresos fiscales de 10.000 millones en los estados y los municipios implicados. No se trata solo de enterrar residuos: los campus también podrán albergar reactores experimentales, actividades de enriquecimiento de uranio, reprocesado del combustible y plantas de fabricación avanzada. De hecho, el concepto oficial es que cada sede funcione como un ecosistema industrial completo, capaz de cerrar el ciclo del combustible sin depender de un único emplazamiento.

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Los estados que albergarán el futuro nuclear de Estados Unidos

Los cinco elegidos no son casualidad. En Utah, el senador Mike Lee ya ha mostrado su respaldo público; en Tennessee y Luisiana, el tejido industrial petroquímico puede reconvertirse con cierta rapidez; Oklahoma y Idaho cuentan con bases militares y laboratorios nucleares que facilitan la aceptación social. La selección refleja una estrategia deliberada del equipo de Trump: dispersar las infraestructuras para evitar la oposición concentrada que hundió a Yucca Mountain. Al repartir los campus en cinco estados, la Casa Blanca crea un bloque de intereses económicos que hace políticamente más difícil el veto de un solo territorio.

Para allanar el camino, los documentos internos consultados por Politico revelan que la Casa Blanca está preparando cambios legislativos. Entre ellos, la posibilidad de que la Comisión Reguladora Nuclear (NRC) vuelva a imponer una tasa sobre la generación nuclear para financiar la gestión de residuos, y una reclasificación de los desechos que daría más flexibilidad a los estados. La intención es eliminar también el estatus de Yucca Mountain como único depósito de residuos de alta actividad que reconoce la ley de 1982.

La energía atómica vive su mejor momento político en décadas. La demanda de electricidad se dispara por la inteligencia artificial y los centros de datos, y los reactores pequeños modulares prometen ser una solución. Pero sin un plan creíble para los residuos, varios estados mantienen bloqueada la construcción de nuevas plantas: California, por ejemplo, tiene una moratoria desde 1976 que solo se levantará cuando exista un depósito federal permanente. El movimiento de Trump apunta directamente a ese obstáculo.

El fantasma de Yucca Mountain y los cambios legislativos que prepara la Casa Blanca

Conviene recordar que la Nuclear Waste Policy Act de 1982 obligó al Departamento de Energía a elegir un repositorio geológico profundo. En 1987, Yucca Mountain fue designada como el único lugar posible, pero la resistencia política de Nevada consiguió que, en 2012, se retirara la financiación y el proyecto quedara cancelado. Desde entonces, el Congreso no ha aprobado ninguna ley que ofrezca una alternativa. Los operadores de las centrales han tenido que almacenar el combustible gastado en piscinas y contenedores secos junto a los reactores, una solución provisional que se ha prolongado durante once años.

Al mover ahora el expediente hacia cinco estados, el gobierno de Trump busca romper ese nudo de manera pragmática: ya no habrá una sola “montaña maldita”, sino una red de instalaciones que cada estado podrá diseñar en función de sus intereses económicos. El giro es profundo y recupera ideas del programa de reactores rápidos de la era Reagan. En lugar de imponer un polémico depósito geológico desde Washington, se reparten los beneficios y se diluye la resistencia local, una táctica tan vieja como el Capitolio.

Washington no necesita resolver el problema de los residuos nucleares solo para cumplir un sueño atómico; lo necesita para alimentar una economía que devora energía a un ritmo insaciable.

La Lógica de Washington

¿Por qué ahora y por qué de esta manera? Para entender el movimiento de Trump hay que mirar dos fuerzas paralelas: el hambre energética de la inteligencia artificial y la debilidad de la oposición demócrata ante un programa que promete empleo en estados que ambos partidos necesitan. La administración no ha tirado de una gran ley bipartidista, sino que ha usado la discrecionalidad del Departamento de Energía para arrancar los campus, a la espera de que los cambios normativos y presupuestarios lleguen después. Es un modelo de innovación ejecutiva que copia, en parte, el manual que Reagan empleó en los ochenta para reactivar la industria del acero: mover fichas desde la Casa Blanca y forzar al Congreso a reaccionar.

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El trasfondo histórico refuerza esa lectura. Cuando Nixon cerró el patrón oro en 1971, también lo hizo mediante una orden ejecutiva que reconfiguró las reglas del juego. Ahora no es una moneda, sino el combustible gastado, lo que se quiere sacar del cajón. La diferencia es que Trump dispone de un aliado incómodo pero real: el sector tecnológico, que empuja desde Silicon Valley para que la energía de los centros de datos sea fiable, limpia y barata. Sin un plan de residuos, los proyectos nucleares chocan con el muro judicial y regulatorio.

Para España, el impacto directo es limitado pero no desdeñable. Empresas de ingeniería nuclear como Tecnatom (ahora integrada en Empresarios Agrupados) o ENSA (Equipos Nucleares S.A.) han exportado servicios a mercados como China o Francia; ahora podrían optar a contratos en la construcción de los campus estadounidenses, sobre todo en componentes de control y sistemas de refrigeración. Fuentes del sector energético español consultadas por Moncloa.com señalan que la competencia será feroz, pero que la demanda de soluciones de gestión de residuos creará una ventana de oportunidad entre 2027 y 2030. A más largo plazo, el renacimiento nuclear americano presionará al alza los precios del uranio y los servicios de enriquecimiento, lo que tendrá reflejo en la tarifa eléctrica europea, aunque este efecto será difuso.

La cuenta atrás ya ha empezado. El Congreso tendrá que pronunciarse sobre los cambios regulatorios en el próximo año fiscal, y mientras tanto los estados elegidos prepararán sus legislaciones de acogida. Si la Casa Blanca consigue su objetivo de cuadruplicar la potencia nuclear para 2050, los campus seleccionados este martes se convertirán en los cimientos de una nueva geopolítica energética. La lógica de Washington esta vez es tan simple como discutible: sin residuos resueltos no hay reactores, y sin reactores no hay supremacía en la carrera de la inteligencia artificial.

Ficha del Caso

  • El caso: La administración Trump ha elegido cinco estados para desarrollar campus nucleares integrales que gestionen desde el enriquecimiento hasta los residuos, con el objetivo de resolver el bloqueo de almacenamiento que dura ya más de cuarenta años y permitir la expansión nuclear prometida.
  • Datos clave: 95.000 toneladas de combustible gastado acumuladas; 50.000 millones de dólares de inversión privada potencial; 25.000 empleos; 10.000 millones en ingresos fiscales estatales y locales; se necesitarán cambios legislativos para reclasificar los residuos y permitir nuevas tasas.
  • Para España: Oportunidad moderada para empresas de ingeniería nuclear españolas en la cadena de suministro de los campus. España, con siete reactores activos y un debate abierto sobre su propio almacén temporal centralizado, puede beneficiarse indirectamente del desarrollo tecnológico que generen los campus.