EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Islandia ha pedido formalmente a la Comisión Europea que no interfiera en el referéndum sobre la adhesión a la UE que celebrará el próximo 29 de agosto.
- ¿Quién está detrás? El Gobierno islandés, que busca recalibrar sus relaciones exteriores ante las amenazas veladas de Washington sobre Groenlandia y otras tensiones.
- ¿Qué impacto tiene? La consulta reabre el debate sobre la ampliación de la UE, en un momento en que Ucrania, Moldavia y Montenegro también avanzan en sus procesos, y obliga a Bruselas a calcular los costes y beneficios de un nuevo socio.
Islandia ha pedido por escrito a la Comisión Europea que no interfiera en la campaña del referéndum sobre la adhesión que celebrará el próximo 29 de agosto. La comunicación diplomática, entregada a principios de esta semana en el Berlaymont, reabre en un instante el debate sobre la ampliación de la UE: un tema que parecía dormido en los despachos de la Rue de la Loi.
Un referéndum marcado por las señales de Washington
El 29 de agosto los islandeses decidirán si reanudan las negociaciones de adhesión interrumpidas en 2013, o si mantienen el modelo actual basado en el Espacio Económico Europeo (EEE) y Schengen. En aquel momento fueron razones económicas internas las que frenaron el proceso. Hoy, en cambio, el Gobierno de Reikiavik mira al exterior. Y lo que ve no le gusta.
La amenaza velada del expresidente estadounidense sobre el control de Groenlandia y las declaraciones de Billy Long —nominado a embajador en Islandia—, que en enero bromeó con que el país nórdico se convertiría en el estado 52 de la unión americana, han calado hondo. Según fuentes diplomáticas, esa volatilidad ha empujado a la isla a replantearse su relación con los vecinos europeos.
El referéndum islandés no se decide en Reikiavik; lo inclinan los vientos que soplan desde Washington.
Qué ganaría (y qué no) Islandia con el pleno ingreso a la UE
Si el ‘sí’ gana, el camino de Islandia hacia la UE sería mucho más corto que el de otros candidatos. El país ya aplica tres cuartas partes del acervo comunitario gracias al EEE y a Schengen. Apenas necesitaría abrir y cerrar capítulos técnicos. La negociación formal podría completarse en menos de dos años, algo impensable para Ucrania o los Balcanes.
En términos económicos, el ingreso daría a los pescadores islandeses un acceso más predecible al mercado único y normalizaría las inversiones, aunque también sometería al país a las reglas comunes de pesca, un punto históricamente sensible. Para Bruselas, el rédito no es comercial sino político: una Islandia dentro de la UE sería un ancla en el Atlántico Norte y una señal a Rusia.

Pero la decisión no será fácil. Los sondeos muestran una sociedad dividida. Y ahí está el motivo de la petición a Bruselas: el Gobierno teme que una injerencia, aunque sea bienintencionada, incline la balanza en contra.
El Eje del Poder Europeo
Este referéndum no es un asunto bilateral. Coloca la ampliación —esa gran promesa de paz y prosperidad que Europa aparcó tras la crisis financiera— otra vez sobre la mesa. Y lo hace por razones que van más allá de Islandia. Ucrania, Moldavia y Montenegro han progresado en sus negociaciones. Georgia se asoma. Y la pregunta que sobrevuela todas las cancillerías es si la UE está preparada para digerir a más miembros sin reformar antes sus instituciones.
Aquí los bloques se alinean con claridad. Alemania y Países Bajos insisten en que cualquier ampliación debe ir acompañada de cambios en los Tratados, sobre todo la eliminación del veto nacional en política exterior y fiscal. Francia, más ambigua, no quiere que el debate institucional frene a los candidatos, pero tampoco aceptará un nuevo socio sin contrapesos. España, por su parte, es tradicionalmente favorable a la ampliación, siempre que no diluya los fondos de cohesión que tanto le benefician. Italia y Portugal comparten esa cautela.
Islandia es un caso fácil, porque su adhesión apenas afectaría el reparto de fondos estructurales o agrícolas. Pero, si entra, servirá de precedente para los candidatos más complejos. De ahí que el gesto de Reikiavik —pedir a Bruselas que no interfiera— sea también una señal: los países candidatos quieren que la UE respete sus procesos soberanos, justo cuando Bruselas intenta recobrar influencia geopolítica.
El precedente más evidente es el referéndum noruego de 1994, cuando Oslo dijo ‘no’ después de que Bruselas diera por hecho el ‘sí’. Nadie en la Comisión quiere repetir aquel error. Por eso la presidenta del Ejecutivo comunitario se ha limitado a una escueta nota en la que expresa “respeto absoluto por la voluntad democrática del pueblo islandés”.
La lectura estratégica a diez años es clara: si Islandia vota ‘sí’ y la UE le abre la puerta rápidamente, se habrá demostrado que la ampliación aún es posible para un país democrático y próspero, que no llama a las puertas por necesidad económica sino por cálculo de seguridad. Esa sería la mejor propaganda para Bruselas en un mundo en el que el atractivo del modelo europeo está bajo examen. La próxima cita es la celebración del referéndum el 29 de agosto. Hasta entonces, en Reikiavik y en Bruselas, contención de palabra y gesto.

