Un apretón de manos de once segundos ha bastado para reabrir la grieta entre Moncloa y la Zarzuela. El ministro de Transportes, Óscar Puente, calificó este lunes de «absoluta ignominia» la fotografía que Felipe VI se tomó con el periodista Javier Negre durante la toma de posesión del nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, celebrada el pasado viernes en Cali. La imagen, difundida en redes por el propio Negre, ha convertido un rutinario saludo protocolar en un nuevo episodio de fricción institucional.
Un apretón de manos que enciende las redes
El vídeo, recuperado por un usuario republicano y compartido después por Puente en X, muestra al Rey estrechando la mano a Negre, intercambiando unas palabras y posando para una fotografía. Todo transcurre en apenas once segundos. La secuencia, idéntica a la que el monarca mantuvo con otros asistentes a la ceremonia, bastó para que el ministro tildara el gesto de «absoluta ignominia». A su juicio, la jefatura del Estado no debería prestarse a la complicidad visual con un comunicador al que la izquierda identifica como referente de la derecha radical.
El periodista, que en los últimos años ha tejido una densa red de influencia en América Latina, había acudido a Cali como invitado del nuevo mandatario colombiano. Su cercanía con el embajador colombiano ante la UE, Juanjo Ospina, y su papel como asesor de partidos afines a Javier Milei y a Donald Trump le han granjeado un protagonismo inhabitual para un corresponsal. Negre publicó además una fotografía con De la Espriella en el despacho presidencial, un gesto que subraya el acceso directo del que disfruta en la nueva administración colombiana.
La investidura de De la Espriella, una cumbre diplomática en Cali
La toma de posesión de Abelardo de la Espriella reunió en el Arena USC de Cali a varios jefes de Estado y de Gobierno. Era la primera vez que un presidente colombiano juraba el cargo fuera de Bogotá, un detalle que el nuevo gobierno vendió como un guiño a las regiones. Felipe VI asistió en el marco de la tradicional presencia de la Corona en las investiduras latinoamericanas, una costumbre que Zarzuela mantiene sin excepciones desde hace décadas. El monarca encabezó la delegación española y, según la agenda oficial de la Casa del Rey, su participación se limitó a los actos protocolares previstos.
La presencia de Negre, sin embargo, transformó la crónica diplomática en una controversia política al cruzar el Atlántico. El periodista, que ha comprado cabeceras afines a Milei y asesora a los republicanos estadounidenses en la captación del voto hispano, no ocultó el encuentro con el Rey: las imágenes sirvieron para alimentar un relato de cercanía que, en clave interna española, fue interpretado como una provocación por el ala más republicana del Gobierno de coalición.
Tensión acumulada entre el Gobierno y la Corona
El exabrupto de Puente no puede leerse como un hecho aislado. Llega apenas dos semanas después de que Felipe VI emitiera un comunicado en el que defendía la necesidad de que «el Estado vele por la seguridad de Ceuta y Melilla y evite que estos hechos vuelvan a repetirse» , tras la entrada de 60.000 inmigrantes irregulares en las ciudades autónomas. Aquellas palabras, acogidas con disgusto en Moncloa, fueron interpretadas por varios ministros como un correctivo público de la Corona al Ejecutivo.
Ni el protocolo obliga a posar, ni una foto con Negre equivale a respaldo editorial. Pero en el clima actual cualquier detalle es leído como una declaración.
Desde entonces, la relación entre la Casa del Rey y el Gobierno ha transitado por una de sus etapas más frías. El tuit del ministro de Transportes —uno de los dirigentes socialistas más activos en la red X— es la primera descalificación explícita de un miembro del Ejecutivo hacia un acto del monarca desde la formación del gabinete de coalición. Fuentes de la Moncloa no se han desmarcado de las palabras de Puente, lo que añade un silencio tan significativo como la propia invectiva.
Más allá del saludo: ¿exigen el protocolo y la prudencia lo mismo?
La controversia obliga a preguntarse si la Casa del Rey midió bien los riesgos reputacionales de un acto que, en cualquier otro momento, habría pasado inadvertido. El protocolo no impide saludar ni fotografiarse con personas controvertidas; la diplomacia aconseja, precisamente, no discriminar. Sin embargo, en un viaje de Estado cada detalle comunica, y Zarzuela suele calibrar al milímetro el mensaje visual que proyecta el monarca.
La figura de Negre, condenado en firme por vulnerar el honor de un candidato político durante una campaña electoral, y su alineamiento con movimientos de derecha radical, introducen un elemento incómodo para la imagen de neutralidad de la Corona. La Casa del Rey, inmersa desde hace más de una década en una operación de blindaje institucional, se expone ahora a una lectura incómoda: la de que la cortesía con determinados interlocutores puede ser percibida como complacencia. Cabe recordar que la precaución no es nueva: ya en 2014, tras la proclamación, Zarzuela revisó su política de gestos públicos para adaptarse a los tiempos.
No obstante, la reacción de Puente representa también una anomalía institucional. Juzgar al jefe del Estado, que no puede opinar ni debatir en público, por un saludo que repite docenas de veces en cada viaje coloca el listón de la exigencia en un territorio en el que ningún monarca parlamentario podría desenvolverse con comodidad. La línea entre la crítica legítima y la instrumentalización partidista es fina, y el episodio de Cali la ha vuelto a tensar.
Claves del Protocolo y Estado
- Contexto del acto: Felipe VI asistió a la investidura de Abelardo de la Espriella en Cali, una cita diplomática de primer orden que congregó a varios mandatarios latinoamericanos.
- El detalle de protocolo: El saludo fue un intercambio de cortesía idéntico al que el Rey mantuvo con otros asistentes; no hay constancia de que posara de forma exclusiva o preferente con Negre.
- Próximos pasos: La Casa del Rey no ha reaccionado al tuit del ministro, y Moncloa mantiene un silencio oficial que, por ahora, permite que la polémica se ventile únicamente en el ámbito de las redes sociales.
