Hay una pregunta que ningún gobierno español se atreve a formular en voz alta, pero que las fuentes militares llevan meses deslizando en privado: si mañana sonaran los tambores en el Estrecho, ¿ganaríamos? La respuesta corta es que sí. La larga, la que importa, es que el margen se está estrechando y que el punto por donde España sangraría no es el que miran los titulares. Déjame que te lleve por el escenario completo, con los números encima de la mesa y sin épica de tertulia.
El balance hoy: quién gana y cómo de rápido
Empecemos por lo frío. En el ranking de Global Firepower 2026, España ocupa el puesto 18 del mundo y Marruecos el 56. Esa distancia de casi cuarenta posiciones no es un adorno estadístico: mide un abismo tecnológico que se nota donde se deciden las guerras modernas. España tiene 440 aeronaves frente a 271, 136 cazas de combate frente a 84, un portaaviones —el Juan Carlos I— frente a ninguno, y dos submarinos de la clase S-80 frente a cero. En el aire y bajo el mar, Marruecos sencillamente no compite.

Donde Marruecos saca pecho es en la masa terrestre. Sobre el papel alinea 1.346 carros de combate frente a los 298 españoles y 185 lanzacohetes múltiples frente a cero, además de un efectivo activo que Global Firepower cifra en 400.000 hombres, aunque el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos lo rebaja a unos 195.000. El problema para Rabat es que buena parte de ese arsenal terrestre es chatarra soviética y estadounidense de segunda mano, mientras que el músculo español es de otra liga cualitativa. Un Leopard 2E no es un M60 con pintura nueva, y 49.324 blindados españoles pesan más que 17.594 de dudosa disponibilidad.
Ahora viene el matiz que lo cambia todo, y es geográfico. Si el conflicto se ventilara en mar abierto o por Canarias, España aplastaría: el archipiélago tiene bases aéreas y navales, la Armada domina el Atlántico y Marruecos carece de la más mínima capacidad de proyección oceánica. Pero si el choque se limitara a Ceuta y Melilla, la aritmética se invierte de golpe, porque allí Marruecos juega en casa y España juega a cien kilómetros de sus reservas peninsulares. No lo digo yo por intuición: fuentes militares españolas han advertido este verano de que Madrid ya no puede dar por descontada su superioridad en un escenario acotado a la defensa de las dos ciudades autónomas.
Y esa es la conclusión incómoda. En una guerra total, España vence y vence rápido: supremacía aérea, submarinos, fragatas con sistema Aegis y el respaldo del bloque occidental cierran el debate en cuestión de días. El peligro real no es una guerra larga que Marruecos no puede ganar, sino un golpe de mano corto sobre Ceuta o Melilla —un hecho consumado— antes de que lleguen los refuerzos. No teme España perder la guerra; teme perder las primeras cuarenta y ocho horas.
Conviene, por eso, leer el gráfico con cabeza y no con el susto. El abismo de carros de combate —298 frente a 1.346— es el dato menos relevante de todos, porque esos tanques marroquíes nunca cruzarán el agua que separa a los dos ejércitos y jamás librarán la batalla acorazada que sus cifras insinúan. Ahí España no necesita más Leopards, sino modernizar los que tiene y apostar por el blindado de ruedas 8×8 que da movilidad rápida a los enclaves. El agujero de verdad es otro y va en silencio: España no dispone de lanzacohetes múltiples desde que retiró el sistema Teruel a finales de 2011, catorce años en cero frente a los 185 marroquíes, y esa capacidad sí es decisiva en un escenario de Estrecho, porque un cohete guiado de largo alcance bate la otra orilla sin arriesgar aviación. El programa llamado a cerrar la brecha, el SILAM, se adjudicó en 2023 pero descarriló en septiembre de 2025 tras el embargo español a la tecnología israelí en que se basaba, y sigue sin fecha. Antes que un solo carro más, fuegos de precisión.
El escenario a cinco años: ¿el mismo mapa?
Aquí es donde la fotografía se mueve. Marruecos se ha convertido en el segundo importador de armas de África y dedica el 3,5% de su PIB a defensa, frente al 2% español. Rabat no está comprando cantidad: está comprando precisión, que es exactamente lo que le faltaba para amenazar de verdad. Ha encargado 25 cazas F-16 en versión Block 70/72 Viper, ha modernizado los 23 que ya tenía, recibe 24 helicópteros de ataque Apache AH-64E, incorpora drones turcos Bayraktar y Akıncı, y ha tejido una cooperación intensa con Israel en inteligencia, guerra electrónica y defensa antiaérea. Sobre la mesa, además, una negociación con Washington por hasta 32 cazas furtivos F-35 valorada en 17.000 millones de dólares, con el visto bueno preliminar israelí.
Rabat compra mucho y bien. España no debe quedarse atrás para mantener la supremacía ante un país poco fiable que debe sentirse intimidado
España tampoco está quieta, aunque su relato sea más silencioso. La Armada recibirá desde 2028 cinco fragatas F-110 clase Bonifaz con radar SPY-7 y sistema Aegis, sigue botando submarinos S-80, ha firmado la compra de 25 nuevos Eurofighter en el programa Halcón y desarrolla el caza europeo del futuro, el FCAS. La reprogramación de los Programas Especiales de Modernización moviliza 34.000 millones de euros hasta 2037, una cifra que Marruecos no puede igualar ni soñando. Bruselas, además, ha abierto la excepción fiscal que permite a Madrid superar la senda de gasto sin castigo contable.
¿El mismo mapa dentro de un lustro? No exactamente. La brecha cualitativa en el aire se estrecha, y si Marruecos acaba volando F-35 mientras España sigue con Eurofighter y F-18 en espera del FCAS, ese pilar de superioridad deja de ser incontestable. La combinación marroquí de drones, fuego de precisión y sensores israelíes es una amenaza asimétrica seria para el escenario limitado, el de Ceuta y Melilla. Lo que no cambia es el fondo: en cinco años Marruecos no construye una marina de altura, ni submarinos, ni portaaviones, ni base industrial propia. El veredicto estratégico aguanta; lo que crece es la vulnerabilidad del flanco.
Geopolítica y alianzas: quién estaría de cada lado
Y llegamos al capítulo que más debería quitar el sueño en la Moncloa, porque no va de hierro sino de lealtades. Empecemos por el elefante en la habitación: Ceuta y Melilla no están cubiertas de forma automática por el artículo 5 de la OTAN, y esto no es una opinión, lo confirmó el propio secretario general de la Alianza. El artículo 6 del Tratado de Washington limita la defensa colectiva a los territorios en Europa, en Norteamérica y a las islas del Atlántico al norte del Trópico de Cáncer. Canarias, por ser archipiélago, sí entra. Ceuta y Melilla, por estar en el continente africano, quedan fuera del paraguas jurídico. La activación del artículo 5 sería, en su caso, una decisión política por consenso de los aliados, no un resorte automático.
España no se queda desnuda del todo, pero sus asideros son de segunda fila. Le quedan el artículo 4 de consulta, la cláusula de defensa mutua del artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea —que sí ampara a Ceuta y Melilla— y el marco PESCO, que es decir mucho papel y poca automaticidad. En una crisis rápida, el papel no dispara.
El problema mayor tiene nombre y bandera: Estados Unidos. Washington reconoció en 2020 la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, tiene a Rabat catalogado como aliado principal extra-OTAN y negocia venderle sus cazas más avanzados: el árbitro natural de la OTAN tiene un pie en el campo contrario. Y no es el único: Francia viró en 2024 para respaldar el plan de autonomía marroquí. Los dos pesos pesados occidentales a los que España miraría en busca de respaldo llevan años cortejando al vecino del sur.
¿Qué le queda entonces a España en el tablero real? La Unión Europea como bloque, y una carta que no es una alianza pero funciona como seguro: Argelia. El enemigo mortal de Marruecos es el mejor aliado involuntario de España, porque cualquier aventura marroquí obligaría a Rabat a mirar por el retrovisor hacia Argel. Argelia rompió relaciones con Marruecos en 2021, dedica un desmesurado 8,8% de su PIB a defensa y compra cazas rusos Su-57. No es amiga de Madrid —el giro saharaui la enfureció—, pero su hostilidad hacia Rabat es la póliza estratégica más barata que tiene España. En cuanto a la Liga Árabe, su respaldo a Marruecos sería sobre todo retórico: Argelia también está dentro y no movería un dedo por Rabat.
La migración como arma híbrida
Porque aquí está la clave que a menudo se pasa por alto: Marruecos no necesita cazas para hacer daño a España. Su arma más eficaz no cuesta un euro, no deja huellas de pólvora y apunta justo al flanco que la OTAN no cubre: la migración dirigida. El precedente es de manual. En mayo de 2021, tras acoger España al líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, para tratarse una enfermedad, Rabat relajó deliberadamente la vigilancia fronteriza y en cuarenta y ocho horas entraron en Ceuta entre 8.000 y 10.000 personas, muchas de ellas menores.
En caso de conflicto la liga árabe no movería un dedo por Rabat. La mayor preocupación para España es la infidelidad de Francia y la posición de USA
No fue un desbordamiento espontáneo. La Guardia Civil detectó a agentes de inteligencia marroquíes entre la multitud que cruzó, la firma inconfundible de una operación de Estado y no de una avalancha casual. Es coacción por debajo del umbral de la guerra: barata, negable, demoledora y quirúrgicamente dirigida contra el punto indefendible. Y no es historia antigua: Ceuta ha vuelto a vivir la presión este mismo verano de 2026. Cada vez que Rabat quiere recordar a Madrid quién tiene la mano en el grifo, no manda un misil; abre una verja.

La economía como arma de asfixia
Se habla mucho de asfixiar económicamente al vecino, pero conviene bajar los humos, porque la interdependencia corta en los dos sentidos. España es el primer socio comercial de Marruecos desde 2012, con un intercambio que superó los 22.600 millones de euros y más de 700 empresas españolas operando al otro lado del Estrecho. Hay cables eléctricos que trasvasan hasta 900 megavatios de España a Marruecos, y España, paradojas de la geopolítica del gas, se ha convertido en el segundo destino de sus exportaciones gasistas después de que Argelia cerrara en 2021 el gasoducto Magreb-Europa que atravesaba territorio marroquí.
Traducido: nadie puede estrangular al otro sin estrangularse un poco a sí mismo. La economía funciona aquí más como disuasión mutua que como garrote utilizable, porque el tejido está tan cosido que cortarlo desangra a ambos. Marruecos depende del mercado y del gas que le llega vía España; España depende de la cooperación marroquí en migración y pesca. Es la vieja sentencia de los analistas: dos países condenados a entenderse. El arma económica existe, pero es un arma que hiere al que la empuña casi tanto como al que la recibe.
Qué debe reforzar España HOY, y no mañana
Saquemos conclusiones operativas, que es a lo que hemos venido. La primera y más urgente: España necesita un plan específico de defensa para Ceuta y Melilla, porque son el único flanco que ningún tratado cubre de forma automática y el único donde el vecino tiene ventaja local. No basta con la guarnición histórica; hace falta una arquitectura pensada para resistir las primeras cuarenta y ocho horas por sí sola.
La segunda es cerrar la brecha del aire antes de que se abra. Acelerar la entrega de los Eurofighter Halcón, blindar la defensa antiaérea multicapa y, sobre todo, montar una capacidad antidrones seria, porque la próxima amenaza no volará tripulada. El punto fuerte español —submarinos, fragatas F-110, portaaviones— hay que mantenerlo intacto, porque es precisamente lo que Marruecos no puede replicar en una década y lo que convierte cualquier guerra larga en una derrota segura para Rabat.
Y la tercera es diplomática, la más barata y la más descuidada. España lleva años tratando una vulnerabilidad estratégica como si fuera un trámite de buena vecindad, y ese es el error que hay que corregir ya. No se puede seguir dando por hecho el respaldo automático de una OTAN cuyo líder corteja a Rabat. Toca activar en firme el marco del artículo 42.7 europeo, cuidar que la relación con Argelia no se despeñe del todo —es el contrapeso— y blindar la contrainteligencia, que buena falta hace.
Guerra híbrida, ciber y la diplomacia que no puede esperar
Porque la guerra que de verdad ya se está librando no es de tanques, es de bits, y España la ha estado perdiendo sin enterarse. El servicio de inteligencia marroquí, la DGST, infectó con el programa espía Pegasus el teléfono del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, hasta en cinco ocasiones entre octubre de 2020 y diciembre de 2021, sustrayendo más de 2,5 gigabytes de información. Cayeron también los móviles de la ministra de Defensa, Margarita Robles, y del propio ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska. Los servicios españoles no albergan ya ninguna duda sobre la autoría, y el Parlamento Europeo, en su comisión PEGA, habló de «fuertes indicios» contra Marruecos.
Es fundamental blindar la defensa antiaérea multicapa y, sobre todo, montar una capacidad antidrones
El detalle que retrata la operación es el mejor resumen de toda esta columna. El mayor robo de datos al móvil del presidente se produjo el 19 de mayo de 2021, en plena crisis de Ceuta, aprovechando una visita de Sánchez y Marlaska a la ciudad: mientras Rabat abría la verja con una mano, pinchaba el teléfono del jefe del Gobierno con la otra. Migración y ciberespionaje, coordinados, el mismo día, contra el mismo objetivo. Eso no es un vecino incómodo: es un actor que juega con dos barajas, la cooperación antiterrorista real y la guerra sucia digital simultánea.
Por eso la pregunta correcta no es con qué tanques defenderse, sino con qué países hay que trabajar desde hoy para que, llegado el momento, nadie se ponga de perfil. La amenaza no es que Marruecos invada; es que, si lo intentara, media cancillería occidental mirase hacia otro lado por no incomodar a un socio energético y migratorio. Hay tres frentes diplomáticos abiertos ya. Con Estados Unidos, atar el respaldo por la vía bilateral y por el peso de la base de Rota, sin fiarlo todo al artículo 5. Con Francia y los socios europeos, forzar que el artículo 42.7 pase de cláusula dormida a compromiso operativo. Y con Argelia, mantener el canal abierto pese al enfado saharaui, porque un Marruecos vigilado por su este es un Marruecos prudente por su norte.
No se trata de anunciar una guerra que nadie quiere ni a la que empujan los datos: la interdependencia económica y la disparidad militar hacen improbable el choque abierto. Se trata de reconocer que España ha confundido durante demasiado tiempo la vecindad con la seguridad, y que la única disuasión que sale barata es la que se prepara antes de necesitarla. El vecino no lo eliges. La guardia que montas frente a él, sí.
