Antoni Gaudí, el arquitecto que dedicó su vida a la Sagrada Familia

El genio del modernismo catalán convirtió Barcelona en el laboratorio de una arquitectura de curvas, luz y oficio artesanal. Siete de sus obras son Patrimonio Mundial y la Sagrada Família continúa en construcción.

Barcelona, 7 de junio de 1926. A media tarde, un anciano de setenta y tres años cruza la calzada de la Gran Vía, a pocos metros del ábside de una iglesia que lleva más de cuarenta años creciendo piedra a piedra. Viste un traje oscuro y raído, sin corbata, y camina con la cabeza baja. El tranvía le golpea antes de que nadie pueda gritar. Queda tendido en el asfalto como un mendigo. Algunos coches de caballos pasan de largo; los taxistas no quieren cargar a aquel desconocido sin aspecto de poder pagar.

Un guardia urbano y un vecino lo trasladan, al fin, al Hospital de la Santa Creu. En la sala de indigentes del viejo hospital, nadie reconoce al arquitecto más famoso de Barcelona. Pasan casi veinticuatro horas hasta que un sacerdote identifica al herido. Es Antoni Gaudí i Cornet, el hombre que ha consagrado su vida a levantar la Sagrada Família. El 10 de junio de 1926, tres días después del atropello, muere en el hospital. Le entierran en la cripta de su templo, entre las piedras que él mismo eligió.

Capítulo I: El hombre sin sombrero

La escena del atropello resume, con una nitidez que roza la paradoja, la posición de Gaudí en la Barcelona de su tiempo. Era una celebridad y, al mismo tiempo, un extraño. Los últimos años había vivido casi encerrado en el taller de la Sagrada Família, durmiendo junto a los planos, comiendo de pie y saliendo a la calle con un aspecto que invitaba a la caridad. La barba blanca, el gabán oscuro y las alpargatas formaban parte de una estampa habitual en los aledaños del templo.

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La ciudad que lo ignoró durante horas como a un pobre de solemnidad llenó después las calles para su funeral. El entierro, celebrado el 12 de junio de 1926, fue una manifestación de duelo popular. La gente entendió, de golpe, que se había ido el hombre que estaba construyendo el edificio más extraño y más ambicioso de Europa. Y entendió, sobre todo, que nadie sabía con certeza cómo continuar la obra.

Capítulo II: Reus, el cobre y la cal

Antoni Gaudí i Cornet nació el 25 de junio de 1852 en Reus, en una familia de caldereros. Su padre, Francesc Gaudí i Serra, trabajaba el cobre en un obrador del que salían alambiques, cazos y láminas de metal. Aquel taller tiene más importancia de la que parece. La infancia de Gaudí transcurrió entre la geometría del cobre martillado, el olor del fuego y la observación paciente de las formas que surgen cuando un material se dobla.

De salud frágil, el niño pasó largas temporadas en el campo, lejos de la disciplina escolar de las Escuelas Pías de Reus. Allí, según contaría después su discípulo y biógrafo Cèsar Martinell, aprendió a mirar la naturaleza como un tratado de construcción. No dibujaba flores ni hojas: las desarmaba mentalmente para comprender cómo se sostienen, cómo crecen, cómo economizan materia. Muchos años después, aquel aprendizaje convertiría sus edificios en organismos de piedra.

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Capítulo III: La ciudad que se ensanchaba

En 1868, con dieciséis años, Gaudí se trasladó a Barcelona para preparar el ingreso en la Escuela de Arquitectura. La ciudad vivía el empuje del Ensanche de Cerdà, el gran plan urbanístico que derribaba las murallas y abría manzanas enteras a la burguesía industrial. Era una Barcelona de fábricas, de dinero textil y de mansiones que querían distinguirse unas de otras. El modernismo catalán estaba a punto de nacer, y Gaudí se formó exactamente en ese caldo.

Se tituló en 1878. Cuenta la tradición que Elies Rogent, director de la Escuela, al firmar el acta comentó que no sabía si acababan de aprobar a un loco o a un genio; el tiempo, añadió, lo diría. Los primeros encargos no despejaron la duda. Gaudí dibujó unas farolas para la plaza Reial y trabajó para el Ayuntamiento y para la burguesía industrial. El salto llegó en 1883, cuando el joven arquitecto recibió dos proyectos que marcarían toda su trayectoria: la Casa Vicens y la Sagrada Família.

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La Casa Vicens, encargada por el corredor de bolsa Manuel Vicens i Montaner, se levantó en Gràcia entre 1883 y 1885. Era una casa de veraneo, pero Gaudí la convirtió en un manifiesto. Usó azulejo, ladrillo visto y hierro forjado con una libertad decorativa que no se parecía a nada. En realidad, ya no se parecía a nada, y eso era exactamente lo que la nueva burguesía quería comprar.

Capítulo IV: El taller de la Sagrada Família

La Sagrada Família había empezado en 1882 bajo la dirección de Francisco de Paula del Villar, que proyectó un templo neogótico convencional. En 1883 el encargo pasó a Gaudí, que entonces tenía treinta y un años. Lo primero que hizo fue alterar el proyecto de raíz. Lo segundo, instalarse a vivir dentro de la obra. Durante más de cuatro décadas, el templo sería taller, laboratorio, casa y obsesión.

Gaudí no trabajaba como un arquitecto de despacho. Colgaba maquetas funiculares del techo, con sacos de arena y cordeles, para calcular las cargas de las bóvedas en posición invertida. Aquel método le permitió sustituir los pesados contrafuertes góticos por una estructura de columnas inclinadas y superficies regladas. La geometría deja de ser un lenguaje técnico: es la manera en que las piedras se sostienen como se sostiene un bosque.

La fachada del Nacimiento, la primera que se completó, es una catequesis esculpida. Las tres portadas, dedicadas a la Fe, la Esperanza y la Caridad, se despliegan como un portal de piedra húmeda, lleno de ángeles, hojas, caracoles y figuras humanas. Gaudí proyectó dieciocho torres: doce para los apóstoles, cuatro para los evangelistas, una para la Virgen y la central, la más alta, para Jesucristo. No vería ninguna terminada entera. A quienes le preguntaban por la lentitud, se dice que respondía que su cliente no tenía prisa.

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Capítulo V: Las casas que respiran

Mientras la Sagrada Família crecía despacio, Gaudí firmaba en el Paseo de Gracia dos de las obras maestras del modernismo catalán. La Casa Batlló, reformada entre 1904 y 1906, se levantaba en pleno corazón de una avenida que la burguesía usaba como escaparate. Gaudí revistió la fachada con trencadís, ese mosaico hecho de fragmentos de azulejo, vidrio y cerámica rota, y le dio una ondulación que sugiere la piel de un animal marino. Por dentro, la luz resbala por patios de azul intenso y columnas que parecen huesos.

La Casa Milà, construida entre 1906 y 1912 para Pere Milà i Camps y Roser Segimon, fue recibida con burla. Los barceloneses la llamaron La Pedrera por su aspecto de cantera. La fachada de piedra ondula sin una sola línea recta, y los balcones de hierro forjado parecen algas. No es decoración: la fachada se sostiene a sí misma, sin muros de carga, gracias a una estructura metálica y a una planta libre que permitía distribuir cada piso de manera distinta. La obra fue polémica con el Ayuntamiento, pero Gaudí se mantuvo firme. Para él, la arquitectura no era un estilo: era una anatomía.

Capítulo VI: Güell, el mecenas del parque y de la cripta

Detrás de buena parte de aquella libertad estaba Eusebi Güell, industrial textil, conde de Güell y mecenas impaciente. Güell conoció a Gaudí en 1878, en un escaparate de la Exposición Universal, y lo convirtió en su arquitecto de cabecera. Le encargó el Palacio Güell, entre 1886 y 1888, una residencia urbana con chimeneas que parecen árboles. Y, sobre todo, le confió dos fantasías: el Parque Güell y la cripta de la Colonia Güell.

El Parque Güell, proyectado entre 1900 y 1914, nació como una ciudad-jardín para la burguesía. Gaudí trazó viaductos que parecen paseos por el bosque, una sala hipóstila de columnas inclinadas y un banco ondulado de trencadís que recorre la plaza alta como un dragón dormido. La urbanización fracasó como negocio, pero el parque se convirtió en una de las imágenes más poderosas de Barcelona. La cripta de la Colonia Güell, construida entre 1908 y 1914 en Santa Coloma de Cervelló, fue para Gaudí un banco de pruebas a escala real: allí ensayó las bóvedas, los arcos catenarios y las superficies regladas que luego aplicaría en la Sagrada Família.

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Capítulo VII: Muerte en la cripta y legado

La muerte de Gaudí en 1926 dejó la Sagrada Família sin autor y sin manual de instrucciones. La obra siguió avanzando entre interrupciones, incendios y polémicas. En 1984, la Unesco inscribió el Parque Güell, el Palacio Güell y la Casa Milà en la lista del Patrimonio Mundial. En 2005 amplió la declaración a la fachada del Nacimiento y la cripta de la Sagrada Família, la Casa Vicens, la Casa Batlló y la cripta de la Colonia Güell. Siete obras de un hombre que había muerto en una sala de indigentes.

El templo continúa en construcción, financiado con donativos y visitas. Quienes entran hoy en la nave no ven un edificio terminado, sino una conversación abierta con la piedra. Las columnas se ramifican, la luz cae desde los lucernarios y el sonido de los cinceles sigue subiendo por los andamios. Gaudí no vio el final, pero eligió morir dentro de la obra. Tal vez por eso el final, cuando llegue, no será más que una parte de una historia que él ya había contado.