El olor a brea y a sebo caliente se pegaba a la ropa en el Callao. Dos naos de casco redondo, la capitana Los Reyes y la almiranta Todos los Santos, terminaban de cargar los últimos barriles de agua y las lonas de tocino aquel noviembre de 1567. Al mando iba un muchacho leonés de veintitantos años, Álvaro de Mendaña, sobrino del gobernador interino del Perú, Lope García de Castro. Pocas horas después, la flota soltaba amarras y se adentraba en el Mar del Sur, hacia un objetivo que mezclaba la fiebre del oro, la geografía y la teología: la tierra de Ofir, el supuesto país de las minas del rey Salomón. Si no encontraban Ofir, al menos la casi mítica Terra Australis.
Capítulo I: El olor a brea en el Callao
La expedicion, en realidad, miraba más lejos. En Lima se hablaba de la Terra Australis, un continente meridional que la cosmografía renacentista imaginaba poblado, rico y cristiano. El gobernador Castro confiaba en que una ruta por el Pacífico podía hallar esa masa continental antes de que lo hicieran los corsarios ingleses. Puso al frente a su sobrino. Mendaña era joven, tenía contactos cortesanos y sabía obedecer. No era un marino curtido: era la pieza política perfecta para una empresa que exigía fidelidad antes que pericia.
El puerto que dejaban atrás era un hervidero de cargadores, mercaderes andaluces y soldados en tránsito. Los navíos partían con agua dulce, bizcocho, cecina, vinagre y muy poca ciencia sobre lo que aguardaba al otro lado del meridiano. El nombre de Mendaña sonaba desde hacía meses en las antecámaras de Lima. Su tío, Lope García de Castro, gobernaba el virreinato del Perú con poderes de presidente de la Audiencia de Lima. Había llegado a América desde una familia de funcionarios; hacía falta un fiel, no un héroe, para comandar la búsqueda. El joven Mendaña era la elección natural.
Capítulo II: Una apuesta por las antípodas
Zarpados en noviembre de 1567, Los Reyes y Todos los Santos navegaron hacia el oeste. El piloto mayor, Hernán Gallego, impuso una derrota prudente. El cosmógrafo Pedro Sarmiento de Gamboa, en cambio, insistía en que debían buscar latitudes templadas y acercarse al continente austral. Hubo desavenencias. A las pocas semanas, la humedad pudría el bizcocho; el agua dulce se racionaba con severidad. El Mar del Sur no era pacífico para aquellas dos naves: las corrientes las empujaban, las calmas ecuatoriales las detenían y las tormentas les partían las velas.
La navegación se guiaba por la ballestilla, el cuadrante y la experiencia del piloto; el cálculo de la longitud era un asunto resbaladizo. A menudo Gallego estimaba la posición por la altura del sol y de la estrella polar, y aun así las cartas quedaban llenas de dudas. El 7 de febrero de 1568, un grumete avistó una silueta verde en el horizonte. Se llamaría Santa Isabel. No era Ofir; era una isla llena de ríos y selva. En los días siguientes, Mendaña, Gallego y Sarmiento comprobaron que no estaban ante una tierra única, sino ante un rosario de islas. El navegante las bautizó con un sentido mesiánico: islas Salomón, en honor al rey bíblico que supuestamente había enviado barcos hasta aquel mar para cargar oro, plata y maderas exóticas. Guadalcanal y San Cristóbal entraron en las cartas de un solo trazo.

Capítulo III: La isla grande que se resistía
Las relaciones de la época coinciden en que el contacto con los indígenas alternó trueques con emboscadas. Cambiaron hierro, hachas y cuchillos por cerdos, cocos y agua. Hubo noches en las que los vigías de la nao oyeron tambores más allá de los manglares. Las cuentas de la expedición consignan pocos muertos, pero la tensión nunca bajó del todo. Sarmiento de Gamboa, que iba tomando notas, juró que aquello podía ser el arranque de un gran continente. Mendaña no lo vio así. La tierra era hermosa y verde, sin duda, pero no aparecían ni las minas ni las ciudades que la leyenda de Ofir prometía.
Navegaron de isla en isla durante semanas. Luego, con la marinería agotada y las naos resentidas, pusieron proa al este. Los vientos y las corrientes les hicieron la vuelta larga y penosa. Llegaron al Callao en 1569. En Lima, Mendaña presentó su relación: no había oro, pero había islas nuevas. El gobernador y el virrey se mostraron prudentes. La primera expedición había desmontado el mito de Ofir sin encontrar todavía la Terra Australis. Quedaban, sobre el papel, las Salomón.
Capítulo IV: Cuatro naos, una herencia y una mujer a bordo
Pasaron más de dos décadas. Mendaña se movió en la corte limeña y luego en la española para conseguir licencia, presupuesto y cargos. Regresó al Perú con el título de adelantado y la promesa de poblar las islas Salomón. La licencia llevaba condiciones de poblamiento, no solo de descubrimiento. Mendaña había aprendido la lección: quería ser gobernador de una colonia, no un descubridor solitario. En 1595 zarpó con cuatro barcos: la capitana San Gerónimo, la almiranta Santa Isabel, el San Felipe y el Santa Catalina. Llevaba consigo a su esposa, Isabel de Barreto, y a un piloto portugués llamado Pedro Fernández de Quirós, que pronto se revelaría como el auténtico heredero náutico de la empresa.
El 21 de julio de 1595, tras semanas de navegación insoportable, aparecieron las islas Marquesas de Mendoza, bautizadas por Mendaña en honor al marqués de Cañete, virrey del Perú. Los barcos se detuvieron en Santa Cristina. La relación habla de una gente alta y desnuda, con canoas rápidas y costumbres que los europeos no siempre entendieron. La estancia fue corta y los choques armados empañaron la escala. La expedición continuó hacia el oeste en busca de las Salomón, pero no logró retomarlas.

Capítulo V: Santa Cruz y el testamento del mar
En septiembre de 1595 la flota fondeó en las islas de Santa Cruz, un grupo de islas volcánicas al sureste de las Salomón. Levantaron un campamento en la bahía Graciosa. Los cronistas describen un lugar húmedo, caluroso y hostil. Los mosquitos pronto hicieron el trabajo de la mala suerte: fiebres, postración y muertos. Mendaña intentó mantener la disciplina con mano dura. Hubo conspiraciones, desertores y sentencias sumarias. El 18 de octubre de 1595 murió el adelantado. No hay una palabra final registrada; sí consta que su viuda, Isabel de Barreto, se hizo cargo del mando y ordenó levar anclas.
La pérdida del jefe no acabó con la empresa, pero la remató. La nao almiranta Santa Isabel desapareció en el horizonte con buena parte de los bastimentos y de la tripulación. La capitana San Gerónimo, con Quirós al timón y la viuda a bordo, emprendió una travesía desesperada hacia Manila. Llegó a Filipinas en 1596 con la cubierta llena de enfermos y la bodega casi vacía. Quirós pasó el resto de su vida intentando volver al Pacífico sur para buscar la Terra Australis. No lo consiguió.
Capítulo VI: El archipiélago que se tragó el mapa
La gran paradoja de Mendaña es que descubrió unas islas reales y, al mismo tiempo, las perdió. Las cartas de la primera expedición eran tan confusas, y las coordenadas tan imprecisas, que en los siglos siguientes ningún navegante pudo colocarlas en su sitio. Las Salomón se convirtieron en una leyenda cartográfica: existían en los derroteros, pero nadie sabía volver a ellas. Se buscaron en vano durante generaciones.

Hoy los originales de aquellos viajes se conservan en el Archivo General de Indias, en Sevilla. Están ahí las hojas de raciones, los testimonios de las naos y la letra de Quirós. La consulta no resuelve todos los enigmas: no dice qué hubo en el motín de Santa Cruz, ni cuántos hombres se quedaron atrás, ni dónde se hundió la Santa Isabel. El silencio de las fuentes es parte del relato.
Al final, Mendaña no encontró a Ofir, ni al rey Salomón. Encontró algo más incómodo: un océano mucho más grande de lo que la corte estaba dispuesta a financiar, unas islas que se negaban a dejarse poblar y una muerte sin gloria en una playa lejana. Dos siglos después, otros navegantes volvieron a avistar el archipiélago y confirmaron lo que Mendaña y Quirós ya sabían: las Salomón no eran un mito. Eran un lugar posible.

