Canadá se ha convertido en el chiste de Washington después de que el primer ministro Mark Carney rompiera la negociación comercial con Estados Unidos. La declaración que hizo el mes pasado, cuando llegó a decir que su país estaba ‘en guerra’ con su vecino, dejó a Ottawa sin acuerdo y sin explicación de los detalles.
La versión de Washington frente a la versión de Ottawa
La oposición canadiense exige respuestas. Pierre Poilievre, líder oficial de la oposición, ha pedido reabrir el Parlamento y que el primer ministro presente qué ocurrió exactamente en la mesa de negociación. Carney no ha ofrecido más que una justificación amplia: Washington exigía concesiones que amenazaban la soberanía canadiense y que, a su juicio, podían liquidar industrias enteras, en particular la del automóvil. De hecho, no ha entrado en los detalles.
La versión estadounidense es radicalmente distinta. El representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, negó con firmeza que la Casa Blanca pretendiera interferir en la cultura de Quebec o en el bilingüismo oficial del país. En declaraciones a la CBC, Greer aseguró que Washington había ofrecido ‘el mejor acuerdo disponible para cualquier país del planeta’ en lo referido a Canadá. No era un pacto contra Ottawa: era, según su relato, un pacto diseñado para Ottawa.
El secretario de Comercio, Howard Lutnick, fue aún más directo. ‘Teníamos un acuerdo. Nos dimos la mano. El presidente lo anunció. Todo el mundo estaba positivo. Canadá tomó la decisión por motivos políticos’, resumió. Lutnick rechazó también cualquier exigencia sobre la lengua francesa: ‘¿Me importa cómo hablan los quebequeses? Nada podría importarnos menos. No nos importa’. Donald Trump calificó de mentira completa la versión canadiense en una publicación en Truth Social.
Carney salió esta misma semana a responder, pero no para explicar la ruptura: salió a quejarse de los memes. ‘Cuando los estadounidenses dejen de hacer memes, dejen de tirar pullas, dejen de intentar parecer duros y empiecen a hablar en serio, podremos retomar esas conversaciones’, dijo ante los periodistas. La petición tuvo el efecto contrario. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, no contuvo la sorna: ‘¿Cómo vamos a estar en guerra con Canadá? ¿Van a sacar sus dos submarinos del centro comercial de Edmonton y lanzarlos contra nosotros?’.
La Casa Blanca no ve una guerra con Canadá; ve a un primer ministro que ha elegido la política interna antes que un acuerdo ya negociado.
Bessent se puso serio al explicar la lectura de Washington. Carney, dijo, llegó al poder con una agenda antiamericana y anti-Trump, iba veinte puntos por detrás en las encuestas y convirtió la negociación comercial en un combate político. ‘No está haciendo lo que es mejor para el pueblo canadiense. Está haciendo lo que es mejor para el Partido Liberal y para Mark Carney‘, argumentó. En su opinión, los canadienses acabarán viendo esa jugada.
Ontario, el petróleo y la sombra china en la ruptura

En la ruptura hay más actores que el primer ministro. El primer ministro de Ontario, Doug Ford, presionó para lograr un mejor trato para la industria automovilística de su provincia y se resistió a devolver el alcohol estadounidense a los lineales de las tiendas públicas de licores. Tras el colapso del acuerdo, Ford llegó a sugerir que Alberta cortara los envíos de petróleo a Estados Unidos. La respuesta de de la premier de Alberta, Danielle Smith, fue inmediata: cortar las exportaciones energéticas sería ‘extremadamente perjudicial para los canadienses’.
El motivo no es ideológico: el oleoducto Línea 5 de Enbridge atraviesa Michigan antes de regresar a Canadá para abastecer a las refinerías de Ontario. La amenaza de Ford chocaba con un hecho físico: Ontario depende del crudo que pasa por territorio estadounidense. Y no es el único punto de fricción. Carney sigue comprometido con el proteccionismo del sector lácteo, se opone a reactivar el oleoducto Keystone XL y muestra cada vez más interés por ampliar el comercio con China. Washington acusa a Canadá de servir de ruta para el acero chino que entra en Estados Unidos eludiendo restricciones.
A esa mezcla se suma una figura incómoda: Maia Johnson, demócrata registrada con vínculos con las campañas de Hillary Clinton, Joe Biden y Kamala Harris, fue promovida por Carney a un cargo de nueva creación como directora de operaciones de la oficina del primer ministro. Antes ocupaba el revelador puesto de ‘asesora senior, estrategia de actores en Estados Unidos’. Dicho de otro modo: Carney situó a una operativa del Partido Demócrata en el centro de su relación con Washington.
La Lógica de Washington
El relato de la administración trumpista tiene una coherencia poco habitual. Greer, Lutnick y Bessent repiten la misma tesis: el acuerdo estaba cerrado, Canadá lo rompió por razones de política interna y la Casa Blanca no tenía ninguna intención de atacar el bilingüismo ni la cultura quebequense. Es el manual de la renegociación del T-MEC, heredero del NAFTA, aplicado a un socio más débil.
Para Washington, el valor del acuerdo con Canadá no era menor. Garantizaba el acceso al mercado canadiense, blindaba los intereses industriales estadounidenses en automoción y dificultaba el transbordo de acero chino a través de territorio canadiense. Al romper Carney, el expediente queda abierto y la presión se desplaza, en parte, hacia la Unión Europea. Bruselas observa la secuencia con el recuerdo de sus propias negociaciones arancelarias: sin pacto en el flanco norte, la atención de la administración Trump se centra con más intensidad en los socios que aún negocian.
España sigue la evolución sin entusiasmo. El mercado americano es un destino relevante para las exportaciones agroalimentarias, la automoción y los servicios, y cualquier reconfiguración de la relación transatlántica altera el margen de actuación de Madrid y de las empresas españolas. Un acuerdo entre Washington y Ottawa habría relajado la presión sobre el bloque europeo; su ruptura la mantiene viva. El próximo paso en el lado canadiense es la reapertura del Parlamento que exige la oposición, aunque Carney no tiene prisa por explicarse. En Washington, la paciencia se mide en tuits, memes y declaraciones breves. Nadie ha dicho que esto vaya a ser rápido.
Ficha del Caso
- El caso: El primer ministro canadiense Mark Carney rompió la negociación comercial con Estados Unidos tras declarar que Ottawa estaba ‘en guerra’ con Washington; la oposición exige explicaciones y la administración Trump sostiene que el acuerdo estaba cerrado.
- Datos clave: Bessent afirma que Carney iba veinte puntos por detrás en las encuestas; Lutnick asegura que el pacto se anunció con un apretón de manos; Ontario presionó sobre automoción y alcohol; el oleoducto Línea 5 de Enbridge atraviesa Michigan; Carney mantiene el proteccionismo lácteo y abre la puerta a China.
- Para España: La ruptura deja abierta la renegociación transatlántica y aumenta la presión sobre la UE; Madrid y las empresas españolas siguen pendientes del flanco canadiense como termómetro de la relación con Washington.

