José de Espronceda: poeta romántico que conspiró contra Fernando VII

La Canción del pirata fijó la imagen del poeta rebelde, pero antes Espronceda había pasado por una celda de Guadalajara y por el exilio. Su biografía de conspirador liberal, breve y densa, terminó en un escaño del Partido Progresista.

«Con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela…». Los dos primeros versos ya contienen el balanceo de un bergantín sobre la página. José de Espronceda los publicó por primera vez en 1835, en la madrileña revista El Artista, cuando todavía no era el gran nombre del Romanticismo español: era un exiliado recién vuelto, un conspirador de veintisiete años que había aprendido a esquivar a la policía de Fernando VII antes que a medir rimas.

«Con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela, no corta el mar, sino vuela un velero bergantín; bajel pirata que llaman, por su bravura, el Temido, en todo el mar conocido del uno al otro confín.»

La Canción del pirata no era una elegía de gabinete. El estribillo, «que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad; mi ley, la fuerza y el viento; mi única patria, la mar», se recitaba en las tertulias liberales como una declaración de guerra disfrazada de canción marinera. En la España de la regencia de María Cristina, publicar aquellos versos era un acto tan político como literario.

Aquel pirata no reconocía aduanas ni reyes. Tampoco Espronceda. La insolencia con la que trataba al poder absoluto no era una pose de bohemio: era la biografía de un muchacho que había crecido con la policía política pisándole los talones.

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Capítulo I: La singladura del verso

El poema convierte la fuga en programa. El bergantín de la canción no obedece a ningún Estado, no paga tributo y se ríe de los mapas que otros han dibujado. En una nación que salía del absolutismo de Fernando VII, el pirata resultaba un espejo molesto: representaba al individuo frente a la obediencia, la libertad frente a la silla de un monarca restaurado por la fuerza.

Espronceda no inventó la imagen del mar como territorio sin dueño, pero la fijó en español con una electricidad verbal que la poesía neoclásica anterior no había manejado. Las enumeraciones de la Canción del pirata funcionan como una arremetida: el poema no describe la libertad, la escenifica. Por eso cruzó los cenáculos literarios y terminó en la memoria popular, recitado de memoria por generaciones de españoles.

Sin embargo, el poema no se entiende sin la conspiración. El muchacho que escribió la canción había jurado en secreto derribar a Fernando VII mucho antes de firmar con nombre propio ante los lectores.

Capítulo II: El muchacho de Almendralejo

José de Espronceda y Delgado nació el 25 de marzo de 1808 en Almendralejo, en la provincia de Badajoz. Aquel año, España entró en guerra contra Napoleón y el régimen de José I; el siglo estrenaba violencias y promesas de libertad. Su padre era militar, y la familia se instaló pronto en Madrid, donde el niño aprendió a leer en una ciudad que iba a conocer tres décadas de vaivenes políticos: absolutismo, Trienio Liberal, restauración fernandina y guerra civil.

En 1823, las tropas de los Cien Mil Hijos de San Luis devolvieron el poder absoluto a Fernando VII. Espronceda tenía quince años. Mientras media España callaba o se exiliaba, él ingresó en Los Numantinos, una sociedad secreta de jóvenes liberales que tomaba su nombre de la resistencia numantina: el mismo espíritu de rendirse nunca informaba sus juramentos.

Los Numantinos no fueron una organización de masas. Fueron una logia de muchachos cultos, lectores de Voltaire y de Rousseau, que se citaban en casas madrileñas para conspirar, recitar versos y soñar con una España sin Fernando VII. La policía fernandina tuvo pronto noticia de la red. Espronceda cayó con otros compañeros y fue confinado en un convento de Guadalajara, condenado a un silencio que no se parecía en nada a su temperamento.

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Capítulo III: La celda y la fuga

No se conserva un diario de aquel encierro. Lo que quedó fue la leyenda liberal: el poeta adolescente pasando los días entre muros de convento, con la pluma quieta y la impaciencia de quien entiende la poesía como una forma de acción. El dato incontestable es que de Guadalajara se fugó y alcanzó Portugal. Evitó así el destino de otros conspiradores fernandinos, que terminaron en cárceles más duras o en patíbulos.

Lisboa fue la primera escala de un exilio que no le daría tregua. De allí pasó a Londres, ciudad que a comienzos del siglo XIX albergaba una colonia de liberales españoles que malvivían de trabajos precarios, traducciones y préstamos. Espronceda se movió entre pensiones baratas y conspiraciones de café, siempre con la vista puesta en la frontera que no podía cruzar.

En el exilio londinense conoció a Teresa Mancha, una mujer casada con un comerciante español. La relación fue clandestina, tormentosa y repetidamente rota. Los biógrafos la reconstruyen a partir de cartas y de los poemas posteriores: Teresa se convirtió en la sombra amorosa que atraviesa buena parte de la obra de Espronceda, y su muerte temprana acabaría por darle rango de elegía en el Canto a Teresa.

Capítulo IV: París y las barricadas

De Londres, Espronceda pasó a París. La capital francesa no era un refugio neutral: era el hervidero de los liberales europeos. En julio de 1830, la revolución derribó a Carlos X y llenó las calles parisinas de barricadas. Varios biógrafos sitúan al joven español entre aquellos combatientes; de lo que no hay duda es de que Espronceda vivía en París con el mundo revolucionario como paisaje cotidiano.

Aquella revolución cambió el ánimo de los exiliados españoles. Si en Francia se podía derribar a un rey, tampoco el trono de Fernando VII resultaba inamovible. La prensa liberal redobló proclamas y los conspiradores reorganizaron sus redes. Espronceda, que para entonces ya no era un adolescente, observaba y tomaba notas para una poesía que no quería limitarse a lo íntimo.

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Capítulo V: El regreso y la Canción del pirata

La muerte de Fernando VII, en 1833, abrió las puertas del regreso. Espronceda volvió a España con la oleada de liberales repatriados y se incorporó a la vida literaria y periodística del Madrid de la regencia. En 1835, El Artista publicó la Canción del pirata, y el poema pasó de mano en mano como una noticia de última hora.

No era para menos. La crítica y el público descubrieron en aquellos versos a un poeta que no se parecía a los neoclásicos anteriores. El verso de Espronceda era arrebatado, directo, con la música de una copla popular y la ambición de una épica civil. La Canción del pirata le aportó una celebridad que no buscó con el sombrero en la mano: la buscó a cañonazos, como el bergantín de su poema.

En 1840, Espronceda recopiló parte de su obra en el volumen Poesías. La lectura hoy confirma que no se trataba de una explosión juvenil aislada. Era una poética con voluntad de intervenir en la calle, en la prensa y en la política.

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Capítulo VI: El estudiante, El diablo mundo y el escaño

En ese volumen apareció El estudiante de Salamanca, poema narrativo protagonizado por don Félix de Montemar, un seductor blasfemo y desafiante que se mueve entre la cárcel, el amor y lo sobrenatural. El personaje comparte con el pirata de la canción una misma negativa a doblegarse: ni ante Dios, ni ante el rey, ni ante la muerte. En la España romántica, aquella rebeldía era más que literatura.

Espronceda acometió después El diablo mundo, un poema filosófico de aliento titánico que dejó inacabado. Dentro de él, el Canto a Teresa condensa la herida personal con una sobriedad que sorprende en un autor tan dado al énfasis. La muerte de Teresa Mancha resonaba en cada estrofa, y Espronceda no quiso disimularla.

La política no tardó en reclamarlo. Militó en el Partido Progresista y, en 1842, obtuvo acta de diputado por Almería. Sin embargo, la carrera parlamentaria quedó truncada muy pronto: José de Espronceda murió el 23 de mayo de 1842, a los treinta y cuatro años, cuando apenas empezaba otra vida pública.

El románticismo español no volvió a encontrar un impostor semejante: un conspirador de sociedades secretas, un fugitivo de Fernando VII, un hombre que convirtió el mar en trinchera y la poesía en barricada. Su poema más famoso no ha dejado de navegar desde entonces.