Raymond Greene advierte: una guerra China-Taiwán pondría de rodillas a la economía global

El diplomático Raymond Greene sitúa el riesgo en los semiconductores y en las rutas marítimas que conectan Asia con Europa. Una interrupción del estrecho de Taiwán golpearía a la industria española del automóvil y a la tecnología.

El diplomático estadounidense Raymond Greene lanzó este miércoles desde Taipéi una advertencia que suena a escenario de posguerra: una guerra entre China y Taiwán golpearía a la economía global con más fuerza que la Segunda Guerra Mundial.

No lo dijo un analista cualquiera. Greene dirige el American Institute in Taiwan, la oficina que hace las veces de embajada oficiosa de Washington en la isla. Sus palabras las recogió Reuters durante un foro de defensa en la capital taiwanesa.

El estrecho de Taiwán concentra más del 21% del comercio marítimo mundial. Según el Center for Strategic and International Studies (CSIS), por esa franja de agua transitaron en 2024 mercancías por valor de 2,4 billones de dólares. Casi un tercio de las importaciones chinas depende de ese corredor, incluidos petróleo, gas natural, carbón y materiales industriales.

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La isla produce cerca del 60% de los semiconductores del mundo. En los chips más avanzados, la proporción supera el 90%. Una interrupción prolongada en el estrecho no solo frenaría a Silicon Valley: pondría en pausa a fabricantes de automóviles, electrónica de consumo, telecomunicaciones y equipos sanitarios.

El cálculo desde Taipéi: por qué el estrecho es un nudo económico

La firma Rhodium Group, especializada en economía y China, calcula que un simple bloqueo sin invasión militar expondría a más de 2 billones de dólares de actividad económica. Solo las exportaciones taiwanesas de valor añadido en riesgo rozarían los 565.000 millones de dólares. La escasez de semiconductores podría obligar a industrias dependientes a renunciar a 1,6 billones de facturación anual.

Dónde golpearía primero: chips, automoción y comercio marítimo

semiconductores

Victor Shih, profesor de la Universidad de California, sostiene que una acción militar paralizaría entre el 60% y el 70% de la producción global de semiconductores. Las compañías estadounidenses de chips dependen de las fábricas taiwanesas. Si se detienen, los flujos de caja se suspenden. Las empresas de inteligencia artificial y software perderían la capacidad de ofrecer servicios basados en GPU y memoria.

Una guerra en el estrecho no se detiene en Asia: lo que está en juego es la cadena de suministro de la que dependen las fábricas europeas.

Los sectores industriales más expuestos son la automoción y la electrónica. Una escasez prolongada de chips se extendería a equipos de telecomunicaciones, logística y sanidad. La pregunta no es si dolería, sino con qué rapidez.

El contexto regional complica aún más el cálculo. Gobiernos del sudeste asiático, como Malasia e Indonesia, han acercado posiciones a Pekín en los últimos meses, incluida una maniobra naval conjunta con China al este de la isla en agosto. Washington sabe que no basta con disuadir en solitario: necesita que las democracias actúen como bloque.

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Para España, el shock no sería abstracto. La industria de automoción española, una de las mayores de Europa, depende de microchips asiáticos y del comercio marítimo que cruza el Pacífico. La automoción española no es una víctima lejana; es una de las más expuestas a a los cuellos de botella de chips, y una crisis como la de 2021 a mayor escala detendría plantas y retrasaría entregas.

El precedente de la crisis de semiconductores de 2021 ofrece una referencia útil. Aquella vez, las plantas europeas perdieron semanas de producción por cuellos de botella que empezaron en Asia. En un conflicto real sobre Taiwán, las interrupciones no durarían semanas: podrían prolongarse durante meses.

La Lógica de Washington

Para entender la advertencia de Greene conviene mirar la política de seguridad americana, no la retórica electoral. Washington mantiene desde 1979 una ambigüedad estratégica deliberada: la Ley de Relaciones con Taiwán obliga a Estados Unidos a asegurar la capacidad defensiva de la isla, pero no promete una intervención automática. El mensaje de este miércoles mueve una pieza dentro de ese tablero: sube el coste de una aventura militar china y presiona a los aliados europeos para que compartan el peso.

La doctrina actual combina dos impulsos. Negociación directa con Pekín y refuerzo naval en el Indo-Pacífico. Dentro del Partido Republicano, el ala de seguridad nacional empuja por una postura firme; la mercantilista, por evitar una ruptura comercial total con China. La Casa Blanca se mueve entre esas dos presiones.

El precedente más cercano es la crisis del estrecho de 1995 y 1996, cuando Bill Clinton envió dos grupos de portaaviones tras los ejercicios de misiles de Pekín. Aquel despliegue no resolvió el conflicto de fondo, pero dejó claro que la disuasión naval es una herramienta diplomática. Hoy la diferencia es que los semiconductores convierten a la isla en un activo económico irremplazable.

La lectura de Washington es que una escalada no iniciada es el único escenario ganador. Por eso Donald Trump recibe a Xi Jinping a finales de septiembre, según confirmó el propio Greene, en una cumbre pensada para reducir ‘malentendidos y errores de cálculo’. La administración no solo negocia: fortalece alianzas en el Indo-Pacífico y sostiene una presencia naval que disuada a Pekín.

Para España y la Unión Europea, el reto no es ideológico, es logístico. La automoción española necesita chips finales y bienes intermedios que atraviesan el estrecho. Una crisis prolongada encarecería la energía y los fletes. Madrid no decide sobre la seguridad del estrecho, pero sí siente las consecuencias en sus plantas de ensamblaje y en el precio de los componentes tecnológicos.

El horizonte no es de semanas, sino de décadas. Steve Tsang, director del China Institute en Londres, cree que Xi no tiene prisa y que trabaja con la vista puesta en 2050. Ese margen da tiempo a Estados Unidos y a las democracias para coordinar una disuasión colectiva, si es que logran hacerla. La cumbre de septiembre es la primera ventana concreta para calibrar si el mensaje de Washington encuentra interlocutores dispuestos a compartir riesgos.

Ficha del Caso

  • El caso: El principal enviado de Estados Unidos en Taipéi, Raymond Greene, ha advertido de que una guerra entre China y Taiwán superaría el impacto económico de la Segunda Guerra Mundial.
  • Datos clave: El estrecho mueve 2,4 billones de dólares anuales y Taiwán fabrica el 60% de los semiconductores mundiales. Un bloqueo expondría a más de 2 billones de actividad económica, según CSIS y Rhodium Group.
  • Para España: La automoción y la industria españolas dependen de semiconductores y rutas marítimas globales; una crisis prolongada retrasaría producción y encarecería componentes tecnológicos.