El último estudio del European Council on Foreign Relations (ECFR) confirma una fractura que atraviesa la política comunitaria: los europeos quieren más Europa, pero la confianza en sus líderes europeos se desploma. Publicado hoy, el trabajo sitúa a Pedro Sánchez como el dirigente mejor valorado de la Unión, con un 8% de menciones, a pesar de que España no forma parte de la muestra.
Una encuesta que retrata la paradoja: más Europa y menos confianza
La investigación se ha elaborado con 5.000 entrevistas realizadas con ayuda de la inteligencia artificial en seis países: Alemania, Francia, Reino Unido e Italia, entre otros. La ausencia de España convierte el dato español en un fenómeno aún más llamativo: Sánchez no necesitó el respaldo de sus propios ciudadanos para encabezar la clasificación.
La base del estudio es inquietante. Un 75% de los europeos quiere más integración, pero un 68% percibe un deterioro progresivo del proyecto comunitario y un 56% cree que el futuro de una Unión cada vez más estrecha está en peligro. Dicho de otro modo: la demanda de Europa no ha caído, pero sí ha caído la fe en quienes la representan.
Los retos se concentran en la guerra de Ucrania, citada por el 47% de los encuestados, y en las dificultades económicas, señaladas por el 33%. Lo corrosivo es la atribución de responsabilidad: tres de cada cuatro europeos creen que la UE no afronta bien estos problemas y culpan a unos gobernantes que piensan más en en su futuro personal que en el futuro de sus países.
El estudio, firmado por el politólogo Pawel Zerka, distingue cuatro grandes grupos: un 39% de pesimistas, un 19% de optimistas, un 12% de desconectados y un 31% de dubitativos. Son estos últimos quienes quieren una Europa mejor, pero no ven cómo alcanzarla de la mano de sus actuales dirigentes.
El proyecto europeo conserva mayoría social, pero la credibilidad de quienes lo dirigen se ha desplomado.
El diagnóstico es demoledor. Zerka describe a los dubitativos con la expresión ‘nostalgia del futuro’, tomada de un álbum de Dua Lipa. En su lectura, cuando el futuro creíble se desvanece, el pasado se convierte en un refugio político. ‘La política de la nostalgia ofrece familiaridad en lugar de posibilidad’, afirma el investigador.
Ese sustrato explica, según el ECFR, el auge de la extrema derecha en Alemania, Francia, Italia, el Reino Unido y España. La respuesta no estaría en propuestas abstractas ni en normas incómodas como los tapones de las bebidas, sino en medidas prácticas: una defensa compartida construida sobre ejércitos mejor dotados e integrados.
Sánchez, el líder europeo mejor valorado desde fuera de la muestra

El presidente español recibe el 8% de las menciones como mejor líder europeo. Esa cifra dobla al presidente francés, Emmanuel Macron, que se queda en el 4%, y deja muy lejos al canciller alemán, Friedrich Merz, y a la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, que no llegan al 1%.
El estudio subraya que Sánchez recibe ese respaldo por desafiar a Donald Trump y por defender la causa palestina, además de presentar a la UE como ‘el proyecto de paz y unidad más importante de la historia’. No se le premia por la gestión interior, sino por un relato europeo que conecta fuera de España.
Ese respaldo contrasta con su aislamiento comunitario. Incluso la socialdemocracia danesa, a priori aliada, le ha dado la espalda a raíz de la crisis migratoria de Ceuta. Italia aparece, según el estudio, como el país donde Sánchez resulta más popular. Italia no es un detalle. Ese dato ayuda a entender la posición de Giorgia Meloni, que afronta elecciones en un año y compite con un rival más radical en inmigración.
El Eje del Poder Europeo
El dato no legitima a Sánchez automáticamente. En todo caso, evidencia la debilidad del liderazgo franco-alemán: Macron lleva una década defendiendo la autonomía estratégica europea, pero solo convence al 4%, mientras que Merz y von der Leyen desaparecen por debajo del 1%. La paradoja es clara: la ciudadanía pide más Europa y, a la vez, no ve en sus dos motores históricos la capacidad para construirla.
Para España, el estudio ofrece munición simbólica a Moncloa, que puede presentar a Sánchez como el líder europeo mejor valorado sin haber entrevistado a españoles. Pero la popularidad personal no se traduce de forma automática en poder de bloqueo ni en alianzas estables en el Consejo. La soledad española durante la crisis de Ceuta y las tensiones con Roma recuerdan que, en Bruselas, el relato necesita socios. La gran baza de Sánchez es ocupar un espacio de conexión con la Europa del sur y con una izquierda europea sin figura propia; el riesgo es que ese liderazgo sea solo una fotografía demoscópica.
El patrón recuerda a la fase previa al Brexit y a la crisis del euro: cuando la oferta comunitaria no se traduce en resultados visibles, el voto soberanista crece. Entonces, el discurso técnico de Bruselas perdió frente a la nostalgia; hoy, el 31% de dubitativos vuelve a estar en disputa. Si ese bloque se desliza hacia las fuerzas radicales, la próxima legislatura europea puede quedar condicionada por una minoría de bloqueo hostil a la integración.
En esta redacción interpretamos que el estudio no es una buena noticia para ningún bloque: legitima a Sánchez en el plano simbólico, pero deja a la UE sin un liderazgo colectivo creíble. La próxima cumbre del Consejo Europeo será la primera prueba para comprobar si el diagnóstico demoscópico se traduce en decisiones. O si, una vez más, se queda en titulares.

