EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? La CBO cifra en 38.000 millones de dólares el coste de la guerra contra Irán hasta agosto y estima que Estados Unidos ha consumido entre la mitad y dos tercios de sus interceptores antimisil.
- ¿Quién está detrás? El análisis procede de la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO), a partir de bases de datos gubernamentales y registros públicos del Pentágono.
- ¿Qué impacto tiene? Reponer las municiones llevará al menos cinco años y condiciona la defensa antiaérea de la OTAN, el flanco sur español y el futuro escenario en el Indo-Pacífico.
La CBO cifra en 38.000 millones el coste de la guerra con Irán y alerta del consumo crítico de interceptores antimisil de EEUU. No es solo una factura presupuestaria: es una restricción militar.
El análisis, publicado este lunes por la Oficina de Presupuesto del Congreso, cuantifica la campaña militar contra Irán hasta el 1 de agosto. Incluye munición gastada, pérdidas de equipos y horas de vuelo adicionales, pero deja fuera los costes de otras agencias federales y del presupuesto militar ya consolidado.
El desgaste silencioso de los interceptores antimisil
La CBO estima que el conflicto ha consumido entre la mitad y dos tercios del inventario de ciertos interceptores desde junio de 2025. La cifra integra cuatro sistemas: Patriot, THAAD, SM-3 y SM-6. El Pentágono no publica el número exacto de unidades almacenadas; los analistas del Congreso han cruzado los gastos declarados con el total de misiles adquiridos para reconstruir el porcentaje consumido.
Reponer esos interceptores supone 13.100 millones de dólares, dentro de un paquete de 21.700 millones destinado a reemplazar todas las municiones gastadas. A ese bloque se suman 7.300 millones en misiles crucero de ataque terrestre y 1.200 millones en otro material. El coste unitario orienta sobre la presión industrial: un Patriot o un SM-6 ronda los cuatro millones; un THAAD, los doce; un SM-3, los veintiocho.
El matiz más relevante es que Estados Unidos ya había empleado cantidades importantes de estos misiles defendiendo a Israel antes de la campaña actual. La CBO reconoce que la cifra parte de una reserva previamente tocada, no de un arsenal intacto. Eso explica que el desgaste sea más serio de lo que sugiere la aritmética de dos tercios.
La producción de interceptores es lenta y cara. La CBO concluye que reconstruir las reservas llevará al menos cinco años aunque se aumenten las cadencias de fabricación. Ese es el dato que más inquieta a los mandos de planificación: la reposición supera con creces cualquier ciclo electoral o presupuestario.
El desgaste de los interceptores no es un problema logístico; es una restricción estratégica que se pagará en el Indo-Pacífico.
Tampoco es solo un problema de dinero. Las cadenas de producción de Lockheed Martin, RTX y otros contratistas trabajan a ritmos anuales relativamente bajos porque en los últimos años primaron los pedidos limitados y la lógica del almacén justo a tiempo. Ahora la demanda tendría que dispararse, pero no hay capacidad instantánea para fabricar más interceptores sin ampliar plantas, asegurar microchips y reclutar personal cualificado.
Municiones consumidas y factura de reposición
El informe desglosa la intensidad de la primera fase de la Operación Epic Fury. En torno a 250 aviones tácticos participaron en los compases iniciales, con unos 90 procedentes de dos grupos de ataque de portaaviones, apoyados por bombarderos, aviones nodriza y unidades terrestres de artillería y defensa aérea.
Las partidas ajenas a la munición se concentran en el vuelo: 10.400 millones de dólares en horas de vuelo adicionales, 2.700 millones en combustible y 1.900 millones en reposición de equipos perdidos en combate. Entre esas pérdidas figura un radar THAAD destruido en un ataque iraní.
El inspector general del Departamento de Defensa cerró la estimación a finales de junio en 33.400 millones. La CBO eleva la cifra hasta 38.000 millones al 1 de agosto y advierte de que cada mes adicional puede sumar entre 2.000 y 3.000 millones si la intensidad se mantiene baja, más si la campaña se intensifica.
Equilibrio de Poder
La lectura estratégica es dura. Estados Unidos ha priorizado la defensa de Israel y de sus propias fuerzas en Oriente Próximo a costa de los arsenales que necesitaría para un conflicto con China. La CBO lo dice sin matices: Pekín mantiene un inventario masivo de misiles balísticos y de crucero, y las reservas actuales de intercepción podrían no bastar para una campaña larga en el Pacífico.
Para España, la implicación es directa. Las bases de Rota y Morón forman parte del dispositivo avanzado estadounidense en el Mediterráneo. Si Washington prioriza la reposición de interceptores en el Indo-Pacífico, la cobertura para el flanco sur europeo y las rutas del Mediterráneo oriental puede reducirse. La OTAN habla de guerra de desgaste desde hace años; este informe la convierte en contabilidad.
Para Bruselas, la lección coincide con la apuesta por la compra conjunta y por acelerar sistemas europeos como el SAMP/T. Si el arsenal estadounidense se reserva para el Indo-Pacífico, la defensa del territorio europeo dependerá de capacidades europeas que hoy no cubren el hueco en el corto plazo. Esa es la tensión real de la planificación aliada.
España no fabrica hoy el grueso de esos interceptores y depende de cadenas de suministro europeas y estadounidenses. La dependencia del Patriot y de la familia Standard no es solo militar: es una variable de seguridad económica. Moncloa debería leer este documento en paralelo con el debate del 5% del PIB en defensa que exige Washington. Para 2026, esa exigencia no admite prórrogas.
La contradicción presupuestaria también es relevante. La Administración estadounidense solicitó al Congreso en junio 87.600 millones de dólares en fondos suplementarios, de los que 67.100 se destinaban al Pentágono y 42.300 estaban directamente ligados al conflicto. Solo la parte vinculada a la guerra superaba en un 10% la estimación de la CBO. La Casa Blanca descuenta que el Congreso pagará el rearme estratégico incluso a costa de otros programas.
El siguiente punto de fricción será el debate presupuestario de otoño, pero la señal más fiable seguirá llegando cada trimestre en los informes de seguimiento del conflicto y en los registros de contratos del Departamento de Defensa. Lo que no está en discusión es la tendencia: la guerra de desgaste ya no se mide solo en bajas, también en interceptores.

