Los dólares de Kermit Roosevelt y el reparto de las ‘Siete Hermanas’
En los despachos de Whitehall en Londres y en los sótanos de la legación diplomática estadounidense en Teherán durante el verano de 1953, el debate sobre la soberanía jurídica de las naciones quedó subordinado a los balances contables de la industria energética. Mohammad Mosaddeq, un veterano jurista educado en París y Neuchâtel que gobernaba respaldado por el Parlamento iraní, había cometido la afrenta de promulgar la nacionalización unánime de los hidrocarburos. La colosal refinería de Abadán, el complejo de refino más grande del planeta a orillas del Golfo Pérsico, operaba bajo la titularidad exclusiva de la Anglo-Iranian Oil Company, la corporación británica controlada en un cincuenta y uno por ciento por el Almirantazgo de Londres que más tarde adoptaría la denominación comercial de British Petroleum.
Londres se negó en rotundo a aceptar la auditoría pública de sus yacimientos y a asumir una cláusula de reparto al cincuenta por ciento similar a la que Washington había pactado con la Casa de Saúd mediante la petrolera Aramco. Tras fracasar en su intento de asfixiar la economía persa mediante embargos comerciales y un férreo bloqueo marítimo, el primer ministro británico Winston Churchill persuadió a la administración del presidente Dwight Eisenhower argumentando que Mosaddeq cedería el país a la influencia soviética. Con ese pretexto, la CIA y el MI6 articularon la Operación Ajax, catalogada en los archivos de la inteligencia británica como Operación Boot, designando como ejecutor de campo al espía Kermit Roosevelt Jr., nieto del expresidente Theodore Roosevelt.
Roosevelt cruzó la frontera en el maletero de un coche coordinando un fondo reservado de un millón de dólares en efectivo destinado a sobornar a directores de periódicos locales, comprar las lealtades de parlamentarios y financiar a matones a sueldo como Sha’ban Jafari, apodado ‘el Cereal’. Las turbas callejeras pagadas por la embajada fingían pertenecer al Partido Comunista Tudeh, saqueando comercios y profanando símbolos tradicionales para aterrorizar al clero y a la burguesía urbana. La desclasificación formal de los expedientes internos de la CIA confirmó que los diplomáticos occidentales compraron el silencio y la complicidad de figuras religiosas chiíes, como el ayatolá Abol-Ghasem Kashani, para desatar un clima de caos ingobernable en las principales plazas de la capital.
El 19 de agosto de 1953, carros de combate Sherman comandados por el general golpista Fazlollah Zahedi asaltaron la residencia privada de Mosaddeq tras horas de fuego cruzado. El primer ministro fue condenado por un tribunal castrense y recluido bajo arresto domiciliario perpetuo en su finca de Ahmadabad, mientras el Sha Mohammad Reza Pahlavi regresaba de un apresurado exilio en Roma para instaurar una autocracia dócil. La recompensa económica se formalizó al año siguiente mediante el Consorcio de 1954, donde Washington cobró su factura a Londres quedándose con un cuarenta por ciento del petróleo iraní para las grandes petroleras estadounidenses, reduciendo la cuota de la matriz de BP a otro cuarenta por ciento y repartiendo el resto entre la anglo-holandesa Shell y la francesa CFP.

La aniquilación del centro laico y la factura que hoy asfixia a Europa
La intervención encubierta liquidó de raíz la única experiencia democrática, laica y parlamentaria que había arraigado en la región. Para consolidar su trono autocrático frente a futuros conatos de soberanía nacional, el Sha centralizó los resortes del Estado y fundó la Organización de Seguridad e Información del País, la siniestra policía política conocida como SAVAK. Adiestrados en técnicas de interrogatorio por instructores de la CIA y del Mosad, los agentes de la SAVAK desmantelaron metódicamente al Frente Nacional de Mosaddeq, encarcelaron a intelectuales laicos, ilegalizaron los sindicatos y ejecutaron a los cuadros de la izquierda liberal, borrando del mapa cualquier alternativa política intermedia.
Esta represión sistemática provocó un efecto sociológico letal para el futuro de Oriente Próximo. Al clausurar las sedes partidistas, las asociaciones universitarias y los periódicos independientes, el régimen monárquico dejó un único espacio logístico impermeable a las redadas de la policía política, las mezquitas y los seminarios teológicos. Los clérigos chiíes, amparados en la tradición del diezmo religioso y en una tupida red de caridad que el Sha no se atrevió a desarticular por miedo a una insurrección masiva, monopolizaron los canales de descontento popular. Cuando la marea revolucionaria desbordó las calles a finales de 1978, no quedaban líderes civiles moderados con infraestructura para gestionar la transición, lo que permitió a la facción integrista de Ruhollah Jomeini asaltar el poder y proclamar la República Islámica en febrero de 1979.
El resultado de aquel golpe de Estado corporativo de 1953 constituye el caso más destructivo de efecto bumerán registrado en la historia de la inteligencia occidental. La maniobra diseñada para rescatar los márgenes de beneficio de una compañía petrolera sembró la semilla del resentimiento antioccidental que hoy vertebra la doctrina de seguridad en Teherán. El régimen teocrático que en la actualidad cerca a las diplomacias europeas con su programa de centrifugadoras nucleares, sus misiles hipersónicos y su red de milicias delegadas en el Líbano, Yemen e Irak es la consecuencia directa de haber decapitado a la burguesía democrática persa.
La codicia empresarial que en 1953 prefirió entronizar a un autócrata antes que respetar las decisiones de un parlamento soberano hipotecó de forma permanente la seguridad energética de Europa y la estabilidad de las rutas comerciales del crudo. Siete décadas después de la Operación Ajax, los buques que navegan por el estrecho de Ormuz pagan en pólizas de seguro marítimo y tensión diplomática la factura de una operación clandestina que sacrificó la democracia en Irán para salvar los dividendos de una corporación privada.
