El 2 de junio de 1453, un hombre de más de sesenta años subió al cadalso en Valladolid. Había gobernado Castilla durante casi tres décadas y había vencido a los nazaríes a la vista de las torres de Granada. Se llamaba Álvaro de Luna, condestable de Castilla y maestre de la Orden de Santiago. El rey al que había servido desde que ambos eran poco más que muchachos, Juan II, no movió un dedo para salvarle.
No fue un arrebato ni una venganza improvisada. La caída del valido cerró años de recelos acumulados en los pasillos de la corte, de una reina dispuesta a desmontar su influencia y de una acusación imposible de pasar por alto: el asesinato del contador mayor Alonso Pérez de Vivero, cometido por hombres de la confianza del propio condestable. El rey consintió la detención, el proceso se resolvió con rapidez y la sentencia se cumplió a la vista de todos.
Con Luna se cerraba la etapa más singular del reinado de un monarca al que la memoria literaria bautizó como el rey poeta. Porque Juan II escribía, leía y protegía a los escritores. Lo que no hacía era gobernar.
Capítulo I: El niño que heredó un reino
Juan II nació en Toro el 6 de marzo de 1405, hijo de Enrique III el Doliente y de Catalina de Lancaster. Cuando su padre murió en Toledo el 25 de diciembre de 1406, el heredero no había cumplido todavía los dos años. Castilla quedó en manos de una regencia compartida entre su madre, hija del duque de Lancaster Juan de Gante, y su tío, el infante Fernando de Antequera.
El reparto no funcionó nunca del todo. Catalina tenía la legitimidad de la sangre; Fernando, hermano del rey difunto, tenía la ambición y el apoyo de buena parte de la nobleza. Durante aquellos años de minoría, el infante se labró un prestigio militar en la frontera de Granada: la conquista de Antequera en 1410 le dejó el sobrenombre para siempre. En 1412, el Compromiso de Caspe lo eligió rey de Aragón. Fernando partió hacia Zaragoza y la reina viuda quedó al frente del gobierno castellano, asistida por un consejo de prelados y grandes.
En 1418, el joven rey se casó con María de Aragón, hija de Fernando, ya Fernando I de Aragón. Al año siguiente, con catorce años recién cumplidos, las Cortes lo declararon mayor de edad. Comenzaba su reinado personal. Casi nunca gobernó solo.
Capítulo II: El hombre que gobernaba por él
Álvaro de Luna pertenecía a una rama menor de la casa aragonesa de los Luna. Se crio en la corte castellana y trabó con el príncipe Juan una amistad que con los años se convertiría en dependencia mutua. El rey, de carácter blando, aficionado a la conversación y a los libros, encontró en él al gestor implacable que él no era: Luna negociaba con los nobles, compraba voluntades, administraba rentas y, cuando hacía falta, sacaba la espada.
En 1423 recibió el cargo de condestable de Castilla, el máximo mando militar del reino. No era un título decorativo. Desde ese puesto organizó la hueste, intervino en la vida política de las ciudades y se convirtió en el intermediario obligado entre la corona y la nobleza. Quien quería algo del rey sabía a quién tenía que pedírselo antes.
El poder del valido no se sostenía solo en el afecto del monarca. Luna fue tejiendo una red de alianzas familiares, criados y fidelidades interesadas que le daba acceso a fortalezas, rentas y votos en los concejos. La misma red que lo hizo imprescindible fue la que le granjeó enemigos en todas las casas grandes del reino.
Por el camino hubo sobresaltos. Los infantes de Aragón, hijos de Fernando de Antequera, habían heredado en Castilla un patrimonio enorme —maestrazgos, ducados y villas repartidas por medio reino— y no renunciaron nunca a influir en la política castellana. En 1420, el mayor de ellos llegó a retener a Juan II en Tordesillas. Cada asalto terminaba igual: el rey volvía a apoyarse en Luna, y Luna ampliaba su poder. La nobleza respondía con las acusaciones de siempre, soberbia, ambición y enriquecimiento a costa de la corona. Hubo apartamientos temporales y reconciliaciones. La ruptura definitiva no llegó hasta el final.

Capítulo III: Los campos de Olmedo
El reinado tuvo dos jornadas militares que las crónicas fechan con precisión. La primera llegó el 1 de julio de 1431, en la vega de Granada: la batalla de La Higueruela, en la que la hueste real, con el condestable al frente, derrotó a las tropas del sultán nazarí. La campaña apenas cambió el mapa —Granada siguió siendo Granada— y no hubo conquistas duraderas. Castilla y el emirato firmaron treguas sucesivas y la frontera quedó donde estaba. El gran avance hacia el sur no llegaría hasta el reinado de los Reyes Católicos.
La segunda jornada llegó el 19 de mayo de 1445, en los campos de Olmedo. Allí no se combatía contra Granada, sino contra los infantes de Aragón, que aspiraban a imponer su tutela sobre Castilla y a controlar al rey. La victoria del bando real fue clara. El infante Enrique, maestre de Santiago, cayó malherido y murió semanas después, y el rey entregó el maestrazgo vacante a Álvaro de Luna. Fue la cima del valido: reunía el mando militar, la orden más rica del reino y una red de clientelas que cubría medio país.
Meses antes, en febrero de 1445, había muerto la reina María de Aragón. El rey enviudó con cuarenta años y con un heredero ya reconocido, su hijo Enrique, nacido del primer matrimonio. Necesitaba asegurar la sucesión y buscó esposa en Portugal.
Capítulo IV: La corte de los versos
Mientras los ejércitos andaban por Granada y por Olmedo, la corte de Juan II se convirtió en el taller poético más activo de la Castilla del siglo XV. El rey leía, discutía y protegía a los escritores. En su entorno trabajaron Íñigo López de Mendoza, después marqués de Santillana; Juan de Mena, autor del «Laberinto de Fortuna», dedicado al monarca; y Juan Alfonso de Baena, que recopiló el cancionero que lleva su nombre y lo presentó al rey.
El Cancionero de Baena reúne composiciones de decenas de poetas, muchos de ellos cortesanos, funcionarios y clérigos, y deja ver de qué se hablaba en aquella corte: preguntas y respuestas entre ingenios, debates sobre el amor, sobre la Fortuna y sobre la muerte. Al propio Juan II se le han atribuido algunos versos en las recopilaciones de la época. Su papel, más que el de autor, fue el de mecenas y destinatario: los poetas le dedicaban sus obras y esperaban de él mercedes, cargos y protección.
Esa sensibilidad convivía con una debilidad política que sus contemporáneos subrayaron. El hombre que disfrutaba con los debates sobre el amor cortés era el mismo que no tomaba una decisión sin consultar a su privado. La poesía no le hizo mejor gobernante. Le dio, eso sí, una corte que todavía se lee.

Capítulo V: La reina que desmontó al valido
En 1447, Juan II se casó en segundas nupcias con Isabel de Portugal, hija del infante Pedro, duque de Coimbra. La nueva reina no tardó en chocar con el condestable. Isabel de Portugal no fue una consorte discreta: intervino en los nombramientos, defendió la posición de sus hijos y acabó convertida en el eje de la oposición al valido. A su alrededor se alinearon los linajes que llevaban años esperando su turno y los que temían que sus hijos no heredaran el favor real. La corte se partió en dos bandos que se vigilaban.
En abril de 1451 nació en Madrigal de las Altas Torres la infanta Isabel, la futura reina Católica. El infante Alfonso llegó al mundo en noviembre de 1453, cuando el condestable ya estaba enterrado.
El detonante de la caída fue un crimen. En 1453, Alonso Pérez de Vivero, contador mayor del reino y hombre de confianza de la reina, fue asesinado. El cargo no era menor: el contador mayor administraba las cuentas del rey, y su muerte tocaba directamente la autoridad de la corona. Las sospechas recayeron sobre el entorno de Álvaro de Luna, y las investigaciones apuntaron a hombres suyos como autores materiales. Las fuentes discrepan sobre cuánto sabía y cuánto ordenó el condestable. Lo que no admite discusión es el resultado: el rey, empujado por la reina y por una parte de la nobleza, ordenó su detención.
Luna fue apresado y sometido a proceso. La acusación reunió un repertorio de cargos que incluía el asesinato, el abuso de poder y la apropiación de rentas reales. La sentencia fue la muerte.

Capítulo VI: El cadalso de Valladolid
El 2 de junio de 1453, Álvaro de Luna fue degollado en Valladolid. Tenía más de sesenta años y había servido a Juan II durante casi cuatro décadas. El rey no firmó el indulto. La ejecución se cumplió sin que llegara ninguna orden de perdón.
Juan II sobrevivió a su valido poco más de un año. Murió en Valladolid el 20 de julio de 1454, a los cuarenta y nueve años, y le sucedió su hijo Enrique, que reinaría como Enrique IV. El nuevo rey tendría que lidiar con la misma nobleza que había derribado a Luna, y su reinado acabaría en una guerra civil que abriría el trono a su hermana Isabel.
Capítulo VII: El sepulcro de la Cartuja
En la Cartuja de Miraflores, en Burgos, un sepulcro tallado por Gil de Siloé guarda los restos de Juan II y de Isabel de Portugal. Lo pagó su hija Isabel, la que nació en Madrigal de las Altas Torres en 1451 y llegaría a reinar sobre Castilla y Aragón. El rey que escribía versos y dejaba gobernar a otro no vio nunca aquella corona. Su reinado, casi medio siglo de poesía, guerra y poder delegado, fue el suelo sobre el que se levantó.
