Carlos de Viana, el príncipe de Navarra que se alzó contra su padre

El hijo de Blanca I de Navarra y de Juan II de Aragón se enfrentó a su padre por el trono navarro. Capturado en Aibar en 1451 y liberado tras la revuelta catalana, murió en Barcelona en 1461 entre rumores de envenenamiento.

Carlos de Viana murió en Barcelona el 23 de septiembre de 1461. Tenía cuarenta años, acababa de salir de una prisión y llevaba pocos meses instalado en el Palau Reial con el título de lugarteniente de Cataluña. La noticia se extendió por la ciudad antes de que el cuerpo se enfriara, y con ella se extendió el rumor: el príncipe había sido envenenado. Nunca se probó. Cinco siglos y medio después, la causa exacta de su muerte sigue sin cerrarse del todo, pero el diagnóstico popular de la época tenía su lógica. Carlos de Viana llevaba dos décadas estorbando, y estorbaba sobre todo a su padre.

Capítulo I: El hijo de dos coronas

Había nacido el 29 de mayo de 1421 en Peñafiel, en tierras castellanas, donde su padre residía por entonces. Le pusieron Carlos por su abuelo materno, Carlos III el Noble, rey de Navarra. Su madre era Blanca de Évreux, hija del mismo Carlos III y reina propietaria de Navarra. Su padre era Juan, infante de Aragón, hijo de Fernando I de Antequera, el Trastámara que había ceñido la corona aragonesa tras el Compromiso de Caspe de 1412. El recién nacido no venía al mundo como heredero de una sola casa, sino como la intersección de dos.

En 1423, su abuelo creó para él un título que nadie había llevado antes: el de príncipe de Viana. Un nombre nuevo para un heredero nuevo, y un nombre que, a partir de entonces, quedaría pegado al suyo como una segunda piel. La Navarra que le tocaba en suerte era un reino pequeño, encajado entre Castilla, Aragón y los dominios franceses al otro lado de los Pirineos, con rentas modestas y una nobleza levantisca que había aprendido a medrar en los huecos del poder real.

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Carlos recibió la educación de un príncipe de letras antes de que las letras fueran moneda corriente en las cortes peninsulares. Leyó a los clásicos, se educó en latín, juntó libros y copistas, y con los años compondría él mismo una Crónica de los reyes de Navarra. Su biblioteca llegaría a ser una de las más reputadas de su tiempo. La pluma y el caballo le venían juntos: era tan capaz de sostener una justa como de sostener un silogismo, y en los torneos de su juventud debió de parecer el retrato acabado del príncipe que cualquier reino habría querido tener. El problema era que su padre tenía otro plan.

Capítulo II: La herencia rota

En 1440 se casó con Inés de Cleves, emparentada con la casa de Borgoña. La unión no dio hijos y la pareja terminó separándose; sobre este punto las fuentes son discretas y conviene no forzarlas. Lo único que está claro es que de aquel enlace no nació nadie que pudiera disputar nada a nadie.

Su madre murió en abril de 1441 en Santa María la Real de Nieva. En su testamento dejó el reino a Carlos, dispuso que su padre gobernara como regente hasta que el muchacho estuviera en edad de reinar, y añadió una cláusula que sonaba a advertencia: Juan no podría contraer un nuevo matrimonio sin el consentimiento de su hijo. Blanca conocía a su marido. Sabía que un segundo enlace podía traer un segundo heredero, y que un segundo heredero era la manera más limpia de deshacer a un primogénito.

Juan II no tardó. En 1444 se casó con Juana Enríquez, hija del almirante de Castilla, sin pedir permiso a su hijo, y en 1452 nació de esa unión un niño al que bautizaron como Fernando. El futuro Fernando el Católico. Desde ese momento, la disputa dejó de ser un pleito de familia y se convirtió en una cuestión de Estado. Navarra se había vuelto un tablero donde se jugaba quién llevaría las dos coronas, la navarra y la aragonesa, y sobre todo cuál de los dos hijos, el del primer lecho o el del segundo, llegaría antes.

Durante casi una década, la vida política navarra fue una sucesión de embajadas y desplantes. Las Cortes del reino reclamaban que el príncipe fuera asociado al trono y recibiera lo que el testamento de Blanca le había dejado; el rey padre respondía con dilaciones; y los bandos nobiliarios aprovechaban cada vacilación para sacar tajada. Hacia mediados de los cuarenta, Carlos llegó a ejercer el gobierno de una parte del reino, con el apoyo de los beaumonteses y el recelo de los agramonteses. Fue un ensayo general de la guerra que vendría después.

Capítulo III: Aibar y la guerra civil

La nobleza navarra se partió en dos bandos que tomaron el nombre de las familias que los capitaneaban. Los agramonteses, encabezados por Pedro de Peralta, se pusieron del lado del rey padre. Los beaumonteses, con Luis de Beaumont a la cabeza, se pusieron del lado del príncipe. Los nombres venían de dos linajes, pero pronto designaron a dos Navarras enfrentadas, y el odio entre vecinos acabó pesando más que cualquier argumento jurídico sobre testamentos y mayorías de edad.

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En octubre de 1451, las huestes de Carlos se midieron con las de su padre en Aibar y salieron malparadas. El príncipe fue capturado. La guerra civil de Navarra había encontrado su primera batalla decisiva y su primer prisionero ilustre. Juan II lo encerró y lo mantuvo bajo custodia hasta que las presiones —castellanas, aragonesas y de la propia nobleza navarra— le obligaron a soltarlo al año siguiente.

Carlos salió de la prisión con dos lecciones bien aprendidas. La primera: que su padre no dudaría en encarcelarlo. La segunda: que sin apoyo exterior nunca reinaría en Navarra. Los años que siguieron fueron un tira y afloja interminable, hecho de treguas firmadas y rotas, de concordias que duraban lo que dura un invierno, de gestos públicos que ocultaban cálculos privados. Cada bando buscaba padrinos fuera del reino: Castilla, Aragón, Francia, el Papado. Navarra, minúscula en el mapa, se había convertido en el punto donde se anudaban los hilos de media Europa occidental.

Capítulo IV: El prisionero de Lérida

El 27 de junio de 1458 murió en Nápoles Alfonso V el Magnánimo sin descendencia legítima. La corona de Aragón pasó a su hermano Juan, que hasta entonces había sido rey consorte de Navarra y que a partir de ese día fue, además, rey propietario de Aragón, de Valencia, de Mallorca, de Sicilia y de Cerdeña. Para Carlos de Viana la noticia tenía un filo doble. Su padre acababa de volverse mucho más poderoso. Y él, como hijo varón de un rey, veía abrirse ante sí una reclamación nueva: la del trono aragonés, donde Juan II tenía ya decidido que el heredero sería el pequeño Fernando, el hijo de Juana Enríquez.

En diciembre de 1460, Carlos fue detenido en Lérida por orden de su padre. Esta vez no hubo batalla ni asedio: fue una celda. Durante meses, el príncipe permaneció en ella mientras Cataluña hervía. Los catalanes tenían sus propios agravios contra Juan II, agravios fiscales, agravios de fuero, agravios de orgullo, y la prisión del heredero les dio una causa común y un rostro al que agarrarse.

príncipe de Viana

Capítulo V: Los últimos días en Barcelona

La presión catalana se organizó en torno a la Diputación del General y desembocó en una de las crisis más graves del reinado. El 21 de junio de 1461 se firmaron las capitulaciones de Vilafranca, por las que Juan II se vio obligado a liberar a su hijo y a nombrarlo lugarteniente de Cataluña. Carlos entró en Barcelona entre aclamaciones, con el cargo recién estrenado y la salud ya quebrada. Tres meses después estaba muerto.

El 23 de septiembre de 1461, en el Palau Reial, se apagó a los cuarenta años. Los médicos hablaron de fiebre. La calle habló de veneno. Los historiadores siguen discutiendo qué parte de verdad había en cada versión, y la sombra de la madrastra —Juana Enríquez, la mujer a la que todos los agravios del príncipe terminaban apuntando— nunca se ha apartado del todo del expediente, aunque nadie haya podido llevar una prueba ante un tribunal. Lo que sí quedó documentado fue la estupefacción de una ciudad que acababa de aclamarlo y que, de pronto, se encontró sin heredero y con un rey al que ya no quería.

Carlos de Viana murió sin reinar. Lo que dejó atrás fue una corona descosida y un reino partido en dos mitades que tardarían generaciones en dejar de mirarse de reojo. Navarra no volvería a tener un rey de la casa de Évreux: tras la muerte de sus hermanas, el trono pasó a los Foix y, a partir de 1512, quedó en la órbita de Castilla. La Crónica de los reyes de Navarra que Carlos había escrito a ratos quedó como un testimonio incómodo, redactada por un heredero sobre los reyes que lo precedieron, como si al escribirlos hubiera querido adelantar el trono que nunca le dejaron ocupar. En Barcelona, durante generaciones, hubo quien sostuvo que su muerte había sido el pecado original de una dinastía. En Pamplona, muchas veces, hubo quien prefirió no preguntar.