La Cumbre Rusia-África: Putin propone duplicar el comercio con 48 países y sortear a Occidente

El foro reúne a 48 delegaciones en Moscú y quiere elevar el intercambio desde los 27.000 millones actuales por encima de los 50.000. Rosatom firma con Togo plantas nucleares flotantes mientras Bruselas vigila los pagos en moneda local.

La cumbre Rusia África ha reunido en Moscú a delegaciones de 48 países con una oferta explícita de Vladímir Putin. El presidente ruso propone duplicar el comercio bilateral y tender un sistema de pagos que no dependa de Washington ni de Bruselas.

El foro económico y humanitario Rusia-África, celebrado este miércoles 28 de octubre, es la antesala de la tercera cumbre entre Moscú y el continente, que se prolonga hasta el jueves. Moscú lleva tres años construyendo esta cita como respuesta al aislamiento financiero decretado por la UE y Estados Unidos tras la invasión de Ucrania, y el formato lo delata: menos declaraciones protocolarias y más mesas de trabajo con empresarios, bancos y ministros de Energía. Putin lo resumió al cerrar la primera jornada: las conversaciones entre altos cargos ‘no son suficientes’.

Qué pone Moscú sobre la mesa y qué espera a cambio

El dato que ordena toda la cumbre es comercial. El intercambio entre Rusia y el continente africano superó los 27.000 millones de dólares en 2025, frente a los 18.000 millones de 2022, según la cifra que manejó el propio Putin en el plenario. El objetivo declarado es rebasar los 50.000 millones ‘en un futuro próximo’, un horizonte sin fecha que exigiría duplicar un flujo que crece, pero despacio.

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En energía, la delegación rusa habla de más de 30 proyectos en 16 países. La letra pequeña llegó con la firma de un memorando entre el consorcio nuclear estatal Rosatom y el Ministerio de Energía de Togo, que según el jefe de la corporación, Alexéi Lijachov, podría incluir plantas nucleares flotantes para abastecer electricidad a ese país de África Occidental. Los ministros de Mozambique y Rusia suscribieron además un acuerdo de cooperación vial y discutieron una ruta marítima directa. La lista se completa con 13 millones de toneladas de productos agrícolas exportados en los nueve primeros meses de 2026 a más de 40 países africanos.

El eje financiero es donde Moscú se juega la partida. Putin pidió a los bancos rusos y africanos abrir sucursales en los mercados del otro y multiplicar los pagos en monedas nacionales. Sobre la mesa hay dos infraestructuras concretas: el SPFS, el sistema de mensajería financiera del Banco de Rusia ideado como alternativa a SWIFT, y el sistema panafricano de pagos, conocido como PAPSS, que busca liquidar operaciones intraafricanas sin pasar por divisas occidentales. El argumento del Kremlin es de soberanía: quien no tiene infraestructura financiera propia acaba dependiendo de la ajena.

La verdadera mercancía que Moscú vende en esta cumbre no es petróleo ni trigo: es la promesa de pagar sin pedir permiso.

El pago sin dólares, la palanca real de Moscú

Putin cargó contra el FMI y el Banco Mundial, a los que reclamó más peso africano en las decisiones, y describió la deuda externa como una forma de ‘servidumbre’ que desvía recursos del desarrollo a largo plazo. La mayoría de los acuerdos anunciados en esta cumbre se firmó en la primera jornada, un ritmo que Moscú quiere exhibir como prueba de que las sanciones no funcionan. Es el mismo marco argumental que utiliza en el Sahel, donde su influencia creció al calor de los golpes de Estado en Malí, Burkina Faso y Níger. La diferencia esta vez es el envoltorio: no vende seguridad, vende tipos de interés.

El anfitrión africano de la jornada fue el presidente de Burundi y presidente de turno de la Unión Africana, Évariste Ndayishimiye, que puso el acento en lo que el continente no quiere: ‘No queremos seguir siendo meros exportadores de materias primas e importar después productos acabados’. Su discurso reclamó transformación local, transferencia de tecnología y rutas logísticas propias. La Unión Africana acepta el dinero ruso, pero no firma un cheque en blanco ideológico.

Hay un capítulo de poder blando que suele pasar desapercibido. Unos 40.000 estudiantes africanos cursan en universidades rusas, un 50% más que en 2020, y las becas para el curso 2026-2027 alcanzan las 5.500 plazas. Putin propuso crear una Unión Juvenil Ruso-Africana y ampliar la presencia de medios públicos rusos en el continente. También extendió hasta 2029 el programa de control de epidemias, con ocho países que ya han recibido 15 laboratorios móviles y unos 450 especialistas formados.

Para España, esta arquitectura tiene dos costuras. La primera es el Sahel: el vacío de seguridad tras la salida francesa ha dejado a Malí, Burkina Faso y Níger en la órbita rusa, con el Cuerpo de África heredando el modelo del antiguo Grupo Wagner, y eso se traduce en flujos migratorios y en presión sobre Canarias. La segunda es financiera: los bancos españoles con presencia en África Occidental operan bajo el paraguas de las sanciones europeas, y cualquier sistema de pagos alternativo abre una zona gris que Bruselas vigilará con lupa.

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Equilibrio de Poder

Washington observa la cita con una mezcla de desdén y cálculo. La administración de Donald Trump ha desplazado el foco al Indo-Pacífico, reduce presencia en el África subsahariana y contempla el continente como tablero de competencia con Pekín más que como socio prioritario. Ese hueco es exactamente el que Moscú explota: no compite por valores, compite por coste de transacción. Bruselas responde con el paquete de inversiones del Global Gateway y con una advertencia que no es retórica: cualquier entidad europea que canalice pagos a través del SPFS se expone a sanciones secundarias.

El precedente útil no es Ucrania, sino 2019. La primera cumbre Rusia-África, en Sochi, reunió a medio centenar de líderes africanos y se vendió como el regreso de Moscú al continente; cuatro años después, en San Petersburgo, la asistencia de jefes de Estado se desplomó. La lección es que Rusia firma acuerdos con facilidad y los ejecuta con lentitud. La meta de 50.000 millones suena ambiciosa para una economía sancionada que en 2025 apenas superó los 27.000, y el plan de acción 2027-2029 que debe aprobarse el jueves será la prueba de si hay capacidad o solo catálogo.

La lectura a cinco años incomoda en Europa. Si el SPFS y el PAPSS interoperan de verdad, parte del comercio africano podría liquidarse sin dólares, lo que erosionaría el papel del sistema financiero occidental como herramienta de presión. No ocurrirá mañana: convertibilidad, liquidez y cumplimiento normativo son obstáculos serios. Pero cada año de sanciones sin resultado acelera la búsqueda de alternativas. Moscú no necesita ganar esa carrera; le basta con que Bruselas pierda eficacia.

Para España la factura es doble. En defensa y migración, el Sahel seguirá siendo el punto débil del flanco sur, con Marruecos como socio imprescindible y Argelia como proveedor energético que Moscú dosifica según su conveniencia. En lo económico, el mercado africano es una oportunidad que las empresas españolas de construcción, agua, renovables y agroalimentación no pueden permitirse ceder, y la presencia rusa llega atada a préstamos y a moneda local. Quien financia, decide. El hito inmediato es este jueves 29 de octubre, con la adopción prevista del plan 2027-2029; el siguiente examen será en Bruselas, donde la Comisión debe elegir entre financiación competitiva y advertencias regulatorias.