OpenAI ficha al exsecretario del Ejército Dan Driscoll para dirigir su estrategia de IA y seguridad nacional

El exsecretario del Ejército dimitió el 31 de agosto y aterriza en la compañía que ya vende ChatGPT al Pentágono. España compite por contratos de defensa sin un modelo de IA propio.

OpenAI ha fichado a Dan Driscoll, exsecretario del Ejército de Estados Unidos, como su primer consejero sénior para la modernización de la seguridad nacional. Llega dos meses después de dejar el Pentágono y con un encargo muy concreto: meter la inteligencia artificial en el corazón de la defensa y la ciberseguridad aliadas.

El contrato con el Pentágono que explica el fichaje

No es un gesto cosmético. OpenAI ya vende al Departamento de Guerra (la denominación que la administración Trump ha recuperado para el Pentágono) la integración de ChatGPT en GenAI.mil, su plataforma corporativa de inteligencia artificial. La herramienta queda al alcance de millones de militares y empleados civiles para planificación operativa, preparación de misiones y tareas administrativas.

Su puesto de Driscoll es de nueva creación. El mandato consiste en examinar dónde la IA mejora las necesidades operativas, de qué manera empuja el cambio institucional y cuánto acorta la producción de resultados. En paralelo, acompañará a los aliados de Washington en el llamado ‘uso responsable’ de la tecnología.

Publicidad

El mensaje de Sam Altman, consejero delegado de la compañía, fue explícito: ‘La IA debe dar a las personas más poder sobre su propia vida’. El objetivo declarado es exportar la pila tecnológica americana: ‘Estados Unidos tiene una oportunidad extraordinaria de trabajar con otros países para extender la adopción de una IA democrática’.

El exsecretario lo formuló en términos castrenses: ‘La gente que sirve merece las mejores herramientas que podamos poner en sus manos. Y añadió el dato que explica la prisa: ‘Los requisitos de seguridad nacional están cambiando más rápido que en cualquier otro momento de los últimos cincuenta años’.

Su paso por el Ejército estuvo marcado por la modernización y por una obsesión: los sistemas autónomos. Se ganó el apodo de ‘el hombre de los drones’ de Donald Trump. Dimitió el pasado 31 de agosto, y las versiones publicadas apuntan a diferencias con la visión del secretario de Guerra, Pete Hegseth; el presidente nombró a Adam Telle como secretario en funciones. El fichaje cierra el círculo entre el Ejército y Silicon Valley.

El movimiento no mide el poder de una tecnológica: mide quién está escribiendo ya el reglamento de la próxima guerra.

Lo que se juega España en esta carrera

España, de momento, mira desde la barrera.

La razón es estructural. Europa ha legislado mucho y comprado poco: el Reglamento Europeo de IA fijó las reglas y España creó una agencia de supervisión propia, la AESIA, con sede en A Coruña. Pero las reglas no fabrican modelos. Cuando un ejército aliado quiere un asistente para planificar una misión, hoy compra en California, no en Ámsterdam.

Para la industria española de defensa, el movimiento redefine el terreno. Indra, Telefónica, Navantia, ITP Aero o Hispasat compiten como integradoras por contratos que se negocian en en el marco del Fondo Europeo de Defensa: sensores, comunicaciones, ciberseguridad, mantenimiento. El modelo fundacional llega casi siempre importado, y con él las condiciones de uso.

Publicidad

El calendario aprieta. España se comprometió a alcanzar el 2% del PIB en gasto de defensa en 2029 y el 5% en 2035, y ese dinero tendrá que repartirse entre plataformas físicas y software. La pregunta que se hace Madrid no es si habrá IA militar, sino quién la suministrará y con qué acceso al código.

La comparación europea conviene hacerla sin adornos. Francia tiene Mistral; Alemania empuja un ecosistema propio con dinero público; España tiene talento y un regulador temprano, pero ningún modelo de frontera con el que sentarse en la mesa de un Estado Mayor. Eso cambia el mapa.

La Lógica de Washington

Entender el fichaje exige mirar cómo compra defensa Estados Unidos desde 1945. A diferencia de Francia o España, donde el Estado conserva campeones industriales, Washington eligió un modelo de contratistas privados: el Pentágono define el requisito y la empresa pone la tecnología. El paso de un exsecretario del Ejército a una tecnológica no rompe esa tradición: la confirma. Eisenhower avisó del complejo militar-industrial en 1961; McNamara pasó de presidir Ford a dirigir el Pentágono. La puerta giratoria es anterior a Silicon Valley.

La lógica de fondo es de velocidad. El problema que intenta resolver el Pentágono no es tecnológico, es burocrático: comprar software con procedimientos diseñados para comprar portaaviones. Con Driscoll dentro, la compañía se coloca en el lado de la mesa donde se traducen requisitos militares a producto comercial. Y lo hace con un argumento que en esta ciudad vende: la ‘IA democrática’ como instrumento de exportación frente a China.

Detrás hay una coalición más ancha de lo que parece. Los republicanos ven eficiencia y disuasión; una parte del Partido Demócrata exige supervisión civil; los halcones del control de exportaciones ven una vía para que los aliados compren pila americana en lugar de china. Todos empujan en la misma dirección.

Hay riesgos, y son reales. Depender de un solo proveedor en un área crítica es una vulnerabilidad de seguridad nacional. El paso de Driscoll por el Ejército fue breve y su salida estuvo rodeada de versiones encontradas. Y la concentración de contratos federales de IA en un puñado de empresas —OpenAI, Anthropic, Google, xAI— convierte cualquier conflicto de interés en asunto de Estado. Como recuerdan desde el CSIS, absorber tecnología comercial pesa hoy más que el número de efectivos.

Para España, la lectura es otra. No estamos ante una amenaza, sino ante una carrera de estándares que se puede perder por defecto si Bruselas sigue regulando sin comprar y Madrid sigue comprando sin exigir transferencia tecnológica. La ventana útil es corta: el próximo ciclo presupuestario europeo y la revisión de los programas de defensa que se negocian a lo largo de 2027. Si el Ejército español acaba usando asistentes fabricados en California, los datos se decidirán allí.

La proyección es verificable. La petición presupuestaria del Pentágono para el año fiscal 2028 llegará al Capitolio a comienzos de 2027, y ahí se verá si el Congreso sostiene el ritmo de compra de IA comercial. El calendario manda más que los discursos.

Ficha del Caso

  • El caso: OpenAI incorpora al exsecretario del Ejército Dan Driscoll como consejero sénior de modernización de seguridad nacional, dos meses después de su salida del Pentágono.
  • Datos clave: cargo de nueva creación centrado en defensa, ciberseguridad y cooperación con aliados; la compañía ya integra ChatGPT en GenAI.mil para millones de efectivos; Driscoll dimitió el 31 de agosto.
  • Para España: la industria nacional compite como integradora en los programas europeos de defensa, sin un modelo fundacional propio con el que negociar condiciones de acceso.
window._taboola = window._taboola || []; _taboola.push({ mode: 'thumbnails-a', container: 'taboola-below-article-thumbnails', placement: 'Below Article Thumbnails', target_type: 'mix' });
window._taboola = window._taboola || []; _taboola.push({ mode: 'organic-thumbnails-a', container: 'taboola-organic-below-article-thumbnails', placement: 'Organic Below Article Thumbnails', target_type: 'mix' });