España impulsa un ejército europeo ante la ruptura con EE.UU.

Albares propone una fuerza militar comunitaria como respuesta al distanciamiento con Washington por la guerra de Irán. La iniciativa busca reducir la dependencia de la OTAN y aliviar la presión del gasto militar al 5% del PIB. España preside el debate en la UE este semestre.

José Manuel Albares ha lanzado la propuesta más ambiciosa de la política de defensa española en décadas: la creación de un ejército europeo. El ministro de Asuntos Exteriores situó la iniciativa en el centro del debate comunitario este lunes, en un momento en que la fractura transatlántica por la guerra de Irán y la negativa del Gobierno a secundar las operaciones militares de Estados Unidos ponen en duda la vigencia del paraguas de seguridad de la OTAN.

La declaración, recogida por fuentes diplomáticas españolas, llega en un clima de máxima tensión entre Washington y sus aliados europeos. El presidente Trump ha endurecido su exigencia de que los socios europeos eleven el gasto militar al 5% del PIB, una cifra que España —actualmente en el 1,4%— ve irrealizable a corto plazo. Frente a ello, Albares plantea un giro: en lugar de multiplicar el presupuesto bajo las condiciones de la Casa Blanca, Europa debe dotarse de una capacidad militar autónoma que refleje sus propios intereses estratégicos.

Un ejército europeo sobre la mesa

La idea de una fuerza militar común no es nueva —ha sobrevolado las cumbres de la UE desde la fallida Comunidad Europea de Defensa de 1952—, pero el discurso de Albares supone un salto cualitativo. Por primera vez, un Gobierno español coloca el ejército europeo como alternativa explícita a la dependencia de Estados Unidos, no como un complemento de la OTAN. «Europa no puede permitirse que sus decisiones de seguridad estén supeditadas a los ciclos electorales de Washington», habría afirmado el ministro en la reunión del Consejo de Asuntos Exteriores, según las mismas fuentes.

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La propuesta contempla la integración de las fuerzas armadas nacionales bajo un mando único, con doctrina, adiestramiento y adquisiciones conjuntas. El modelo se inspira en iniciativas como la Cooperación Estructurada Permanente (PESCO) y el Fondo Europeo de Defensa, pero dándoles una dimensión operativa real. España, que preside el Consejo de la UE este semestre, quiere acelerar el debate y presentar un documento de trabajo en la cumbre de defensa de Praga prevista para noviembre de 2026.

La ruptura con Washington: Irán como detonante

El telón de fondo es la guerra de Irán. Desde que la administración Trump lanzara los primeros bombardeos en abril de 2026, España se ha mantenido al margen de las operaciones y ha bloqueado el uso de las bases de Rota y Morón para ataques ofensivos, permitiendo únicamente tránsito logístico humanitario. Esta postura tensó la relación bilateral hasta un punto cercano a la ruptura, con el Pentágono filtrando su «profunda decepción» y el embajador estadounidense en Madrid realizando consultas de alto nivel con el Ministerio de Defensa.

En Moncloa interpretan que la negativa española a participar en Irán es coherente con el mandato de Naciones Unidas y con la legalidad internacional, pero reconocen que ha abierto una brecha difícil de cerrar con Washington. Por eso, el movimiento de Albares tiene también una lectura defensiva: si Estados Unidos condiciona su protección al alineamiento político, Europa necesita una capacidad disuasoria propia que no dependa de la Casa Blanca.

Equilibrio de Poder

El debate sobre el ejército europeo redibuja el equilibrio de poder entre Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea. Desde el Kremlin, la respuesta ha sido previsible: el portavoz de Exteriores ruso calificó la iniciativa de «paso más hacia la militarización de Europa» y advirtió que Moscú la tendrá en cuenta en su planificación de defensa. La narrativa rusa se apoya en la idea de que una UE autónoma militarmente rompe el equilibrio estratégico que mantenía a Occidente cohesionado bajo liderazgo estadounidense. Para el Pentágono, la propuesta es incómoda: supondría reconocer que el vínculo transatlántico ya no es el único garante de la seguridad en el Viejo Continente y que Estados Unidos pierde un instrumento de presión política sobre sus aliados.

Si Estados Unidos condiciona su protección, Europa tendrá que construir una disuasión que no dependa de los ciclos electorales de Washington.

Para España, el impacto es inmediato. La reorientación hacia un ejército europeo aliviaría la presión presupuestaria de alcanzar el 5% del PIB exigido por Trump, pero abriría un frente de negociación con los socios del norte —especialmente con Francia, que lleva décadas defendiendo una Europa de la defensa— y con Alemania, que podría ver con recelo el coste de una arquitectura militar común. En el plano interno, el PSOE necesitará un consenso parlamentario que hoy no tiene, mientras el PP se muestra escéptico ante cualquier paso que debilite la OTAN. La frontera sur, además, queda fuera del foco: Marruecos y el Sahel apenas aparecen en el documento preliminar, lo que genera inquietud en el estamento militar español, que sigue viendo en el flanco sur su principal preocupación estratégica.

A largo plazo, la propuesta de Albares puede ser el embrión de una verdadera autonomía estratégica europea, pero el camino está lleno de obstáculos: armonizar 27 doctrinas militares, financiar sistemas como el FCAS o el futuro carro de combate común y decidir qué papel juega la disuasión nuclear francesa en el nuevo esquema. Lo que observamos es un giro doctrinal tan ambicioso como frágil, que depende de una voluntad política europea que hasta ahora ha brillado por su ausencia.

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La cumbre de Praga, el próximo noviembre, será la primera prueba. Allí se verá si la iniciativa española cuaja en un documento formal o si, como tantas otras veces, la defensa común se queda en retórica de pasillo. En Moncloa saben que juegan a contrarreloj: cada misil que cruza el cielo de Irán acerca el momento en que Europa deba decidir si sigue esperando a Washington o empieza a construir su propia seguridad.