Vladimir Putin ha lanzado este jueves desde el Foro Económico de San Petersburgo (SPIEF) un mensaje de doble filo: Rusia está preparada para sellar la paz en Ucrania, pero únicamente si se respetan los compromisos alcanzados con el presidente estadounidense Donald Trump en Anchorage. En una maratoniana conferencia de prensa de más de dos horas ante agencias internacionales —incluidas Reuters y AP—, el líder del Kremlin condicionó cualquier alto el fuego a que Kiev acepte sus exigencias y, al mismo tiempo, desveló un ‘secreto de Estado’: el misil hipersónico Oreshnik no ha sido empleado aún «en el pleno sentido de la palabra» en combate.
Las claves de la intervención en el SPIEF
Putin pintó un panorama de fortaleza económica y avances militares. La economía rusa, aseguró, ha crecido tres veces más rápido que la de la Unión Europea en los últimos tres años, a pesar de las sanciones occidentales. Reconoció «decisiones difíciles» como las subidas de tipos de interés para contener la inflación, pero subrayó que la producción industrial y los ingresos reales siguen al alza. En términos de poder adquisitivo, afirmó que Rusia ha superado a todos los países europeos.
En el plano militar, el presidente ruso insistió en que sus tropas avanzan «a lo largo de toda la línea de contacto», mientras que Ucrania sufre una escasez crítica de personal. Según Putin, Kiev pierde mensualmente 40.000 efectivos y otros 20.000 por deserción. Calificó la defensa aérea ucraniana como «elementos aislados» y aseguró que carece de misiles hipersónicos y de crucero como los que dispone Moscú. Moncloa.com no ha podido verificar de forma independiente estas cifras, que Rusia difunde sin contraste.
El Oreshnik, de arma estratégica a banco de pruebas
La revelación más llamativa de la jornada giró en torno al Oreshnik, el misil balístico hipersónico de alcance intermedio capaz de portar ojivas nucleares o convencionales. Putin admitió que ninguno de los tres impactos confirmados en territorio ucraniano —contra una instalación industrial en Dnipró a finales de 2024, una planta de aviones de combate en Lviv en enero y un objetivo no precisado cerca de Bila Tserkva en mayo— constituyó un uso de combate pleno. «La última vez, para ser completamente sincero —les revelaré un gran secreto militar de Estado—, simplemente golpeamos donde nos convenía para ver los resultados», declaró.
Drones rusos sobrevolaron después lo que según los críticos era poco más que un cobertizo, para observar la dispersión y los efectos del impacto. La confesión tiene una lectura estratégica: el Kremlin está calibrando el Oreshnik como sistema de precisión para futuros ataques a gran escala, incluidos entornos urbanos. El propio Putin lo confirmó: «Es importante para nosotros tomar decisiones en el futuro sobre el uso a gran escala del Oreshnik contra objetivos designados, también en zonas urbanas». La OTAN sigue estos ensayos con preocupación, pues el misil —de trayectoria impredecible según Moscú— plantea un desafío directo a los escudos antimisiles europeos.
El Kremlin ha revelado lo que todos sospechaban: el Oreshnik no es aún un arma operativa, sino un prototipo en fase de validación mediante ataques reales.
Equilibrio de Poder
El discurso de Putin en San Petersburgo encaja en una negociación a varias bandas que va mucho más allá del Donbás. La administración Trump, que en Anchorage arrancó a Moscú compromisos que ahora funcionan como referencia, observa con una mezcla de pragmatismo transaccional y desconfianza. La Casa Blanca quiere un alto el fuego que le permita replegarse del teatro europeo, pero el Kremlin insiste en que una tregua solo serviría para que Ucrania se rearme. Putin lo dejó claro: «Tengo la impresión de que los círculos dirigentes no están realmente interesados en un cese real de las hostilidades».
Para España y la OTAN, la situación es incómoda. Si Rusia logra imponer sus condiciones territoriales y congelar el conflicto, se consolidaría una nueva línea divisoria en Europa a las puertas de la Alianza. La Península Ibérica, tradicionalmente alejada del frente oriental, vería tensiones indirectas: desde el flanco sur (Sahel, Marruecos) hasta un posible repunte de la presión migratoria y energética. Además, España tendría que acelerar el aumento del gasto en defensa hacia el 2% del PIB comprometido con la OTAN, en un contexto en el que el factor Oreshnik obligará a invertir más en defensa antimisiles.
El episodio del Oreshnik recuerda en cierto modo a las pruebas atómicas soviéticas de Semipalatinsk: se ensaya sobre el terreno real, sin guerra declarada, mientras se envía un mensaje disuasorio a Occidente. El peligro es que Moscú, al normalizar el uso de armas hipersónicas en pruebas de combate, desdibuje todavía más la línea que separa la disuasión del ataque. La próxima cumbre de la OTAN, prevista para julio de 2026 en Madrid, tendrá sobre la mesa un debate incómodo: cómo responder a un adversario que ya está probando sus misiles de última generación en un conflicto vivo, mientras negocia la paz con condiciones maximalistas.
La lectura para Moncloa es clara. El presidente Sánchez deberá defender ante sus socios europeos que cualquier acuerdo que ceda territorio a Rusia sin garantías de seguridad para Ucrania será una victoria pírrica para el Kremlin y un mal precedente para la seguridad europea. La revelación sobre el Oreshnik, por su parte, demuestra que Moscú no está dispuesto a renunciar a su ventaja tecnológica en el campo de batalla. La pregunta que nos hacemos es si Washington, Bruselas y Kiev están preparados para negociar desde la debilidad.
