La periodista Raquel Lander desvela en su libro ‘Secretos de una OPA feroz’ que la devolución de la sede social de Banc Sabadell a Cataluña fue un movimiento calculado para presionar al Gobierno de Pedro Sánchez a frenar la OPA hostil del BBVA. La operación, que se extendió durante 500 días, transformó una batalla financiera en una guerra política e identitaria que el banco azul no supo calibrar.
El regreso de la sede a su origen catalán, materializado apenas cuatro meses después de que Salvador Illa tomara posesión como president de la Generalitat, fue mucho más que un gesto simbólico. Según la investigación de Lander, fue un “regalo al Govern” para dar carta de naturaleza a la normalización institucional tras los años del procés y un elemento adicional de presión para que Moncloa pusiera palos en las ruedas a la operación.
Un regalo a Illa que servía de presión
La decisión de mover la sede volvió a situar al Sabadell como un banco plenamente catalán, justo cuando la opa del BBVA necesitaba el visto bueno político en Madrid. Carlos Torres, presidente de la entidad azul, daba por hecho ese movimiento pero no esperó que el Gobierno de Sánchez, con Illa recién instalado, interpretara el gesto como una razón adicional para endurecer su oposición. “Esa vuelta a casa era un guiño a los accionistas y, sobre todo, un desafío al comprador”, explica Lander en el libro.
El contexto ayudó: la opa se lanzó apenas tres días antes de las elecciones catalanas, lo que la politizó desde el minuto uno. El entonces recién estrenado president de la Generalitat encontró en la defensa de la catalanidad del banco un argumento perfecto para consolidar su perfil institucional y para tensar las relaciones con Moncloa justo cuando el Govern necesitaba avances en financiación autonómica. La presión funcionó: Sánchez mantuvo una postura hostil hasta que la operación se desinfló en el Consejo de Ministros.
La subestimación política que condenó a BBVA
El BBVA subestimó el peso de la política en un sector tan regulado. Aunque contó con el respaldo inicial de algunos fondos internacionales, el arraigo social del Sabadell en Cataluña fue un factor que no calibró bien. El 40 % de los accionistas del banco de origen vallesano son minoristas, la mayoría pequeños empresarios y autónomos; un 30 % de ellos son también clientes. Su temor a una reducción y encarecimiento del crédito tras la fusión fue el motor de la movilización.
La resistencia no fue solo financiera. La identidad catalana, la memoria del procés y el papel histórico de la entidad como dinamizador industrial tejieron una alianza transversal que sorprendió al banco comprador. Por primera vez en años, partidos de todos los colores y buena parte del empresariado catalán cerraron filas en torno a un mismo objetivo. “La OPA se convirtió en una victoria épica para Cataluña”, subraya Lander en la entrevista.
La OPA del BBVA sobre el Sabadell se convirtió en una cuestión identitaria que unió a partidos de todo signo y movilizó al empresariado catalán como no se recordaba desde el procés.
El propio Carlos Torres visitó Cataluña en innumerables ocasiones, pero el caldo de cultivo no existía. La confianza en un cierre rápido —ocho meses era el plazo que manejaba— chocó con un muro de resistencia política, social y accionarial que acabó tumbando la operación.
El legado de una OPA que dividió al país
La batalla dejó al descubierto las costuras de la regulación de OPAs. La CNMV hizo una interpretación laxa del deber de pasividad, según la autora, y la posibilidad de que un banco prometa macrodividendos para retener a sus accionistas —como hizo Sabadell con la venta de TSB en Reino Unido— pone en evidencia las fisuras de la normativa. La economía marchaba bien, la morosidad estaba bajo mínimos y ningún accionista quería vender en esas condiciones. Eso explica que al final el apoyo a la opa fuera tan escaso.
Desde el punto de vista político, la operación demostró que la normalización en Cataluña era real, pero frágil. La identidad catalana, canalizada a través de la defensa de una entidad bancaria, se convirtió en un activo de presión en Madrid. El Ejecutivo central, que necesitaba al independentismo para sacar adelante los presupuestos, encontró en el rechazo a la opa un argumento para cuidar sus apoyos parlamentarios sin desgastarse demasiado.
El mensaje que queda, resume Lander, es que no se puede subestimar nada de lo que rodea a una operación financiera: el arraigo, la política, la comunicación y la identidad pesan tanto como el precio. La OPA ya es historia, pero ha dejado la certeza de que en un sector tan regulado como el bancario, la política siempre juega su partida.
