EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Un estudio de la Universidad de Cambridge advierte de que el monopolio de SpaceX en los lanzamientos espaciales amenaza la soberanía de los Estados, con el 80% de la carga útil planetaria.
- ¿Quién está detrás? Los investigadores Alessio Terzi y otros autores del informe, publicado el 12 de junio.
- ¿Qué impacto tiene? La dependencia europea de SpaceX para misiones como Galileo, Copernicus o la futura constelación IRIS² pone en riesgo la autonomía estratégica de la UE. Bruselas acelera la construcción de su propia red de satélites para contrarrestar el poder de Musk.
La Universidad de Cambridge ha lanzado una advertencia que interpela directamente a Bruselas: el monopolio de SpaceX, responsable del lanzamiento de casi el 80% de toda la carga útil que la humanidad envía al espacio, amenaza la soberanía de los Estados y, de forma especial, la de la Unión Europea. La UE, en plena construcción de su constelación IRIS², depende todavía de los cohetes de Elon Musk para poner en órbita sus satélites estratégicos.
El informe SpaceX, the East India Company and the political economy of space, fechado el 12 de junio, traza un paralelismo histórico explosivo: la concentración de poder de la empresa de Musk en los lanzamientos orbitales carece de precedentes desde el monopolio comercial y militar que la Compañía de las Indias Orientales ejerció sobre Asia hace cuatro siglos. “Los gobiernos dependen de empresas a las que no pueden dar órdenes en un ámbito de vital relevancia para la seguridad nacional. Eso no es soberanía”, subrayan los investigadores.
Los números respaldan la tesis. SpaceX lanza el 80% de la carga útil global; dentro de las fronteras de Estados Unidos, la cuota de mercado asciende a un asfixiante 94%. La compañía ha creado su propia demanda interna gracias a la constelación Starlink, que ya cuenta con cerca de 10.000 satélites en órbita baja de un total de 15.000, y ha abaratado los costes a un ritmo inalcanzable para sus competidores. “Está diez años por delante de Blue Origin”, apunta el estudio, y la absorción masiva de frecuencias de radio y órbitas bajas levanta barreras de entrada insalvables para Europa y otros actores.
Una concentración de poder sin precedentes
El análisis de Cambridge no se queda en la mera fotografía de dominio de mercado. Los coautores alertan de que la fusión entre lo público y lo privado ha difuminado las fronteras de la soberanía: la NASA, el Pentágono y los servicios de inteligencia occidentales dependen hoy por completo de los vectores de SpaceX para enviar astronautas, lanzar satélites espía o ejecutar el programa Artemis. “Ya lo vimos con el uso de los satélites de Starlink que Musk concede a discreción en la guerra de Ucrania o Irán”, explica a este periódico Alessio Terzi, investigador y coautor. La empresa, como la antigua Compañía de las Indias, ejerce funciones de política exterior por cuenta propia.
El problema, advierten los autores, no admite recetas antimonopolio clásicas. “El dilema es que no puedes desmontar la empresa en varios paquetes, porque perderías la actual ventaja competitiva y tecnológica en una batalla para liderar el espacio”, argumenta Terzi. No se trata de una Standard Oil del siglo XXI: los activos en juego son infraestructura crítica para la seguridad nacional. Trasladado a la UE, significa que cada vez que Bruselas programa el lanzamiento de un satélite de la constelación IRIS² —el proyecto estrella de conectividad segura del espacio europeo— o de un Sentinel del programa Copernicus, debe negociar con un proveedor privado extranjero que acumula un poder de veto implícito.
IRIS², la respuesta europea que llega tarde
La Unión Europea no ha permanecido de brazos cruzados. IRIS² (Infraestructura para la Resiliencia, la Interconectividad y la Seguridad por Satélite) nació precisamente para romper la dependencia de constelaciones extranjeras y garantizar comunicaciones soberanas. Con un presupuesto de 2.400 millones de euros, este pilar del Programa Espacial de la UE prevé desplegar una red de 290 satélites de órbita baja a partir de 2030. Sin embargo, la realidad de los lanzamientos es tozuda: el cohete europeo Ariane 6 acumula retrasos, y la UE ha recurrido en varias ocasiones a SpaceX para colocar en órbita satélites Galileo o Copernicus, incluidos algunos de los primeros lanzamientos previstos del programa de conectividad segura.
El aviso de Cambridge llega cuando la Comisión Europea, el Parlamento y el Consejo acaban de cerrar el reparto de contratos industriales para IRIS², un proceso en el que España ha pujado fuerte a través de empresas como Hispasat y un ecosistema creciente de pymes aeroespaciales. El 30% de los sistemas de navegación Galileo se fabrican en instalaciones españolas, y Madrid aspira a que la nueva constelación refuerce aún más ese peso. Pero si los lanzamientos siguen en manos de Musk, la soberanía que se gana con los componentes se pierde en la rampa de despegue.

El Eje del Poder Europeo
El pulso entre autonomía estratégica y dependencia operativa se ha instalado en el corazón del debate comunitario. Francia, impulsor tradicional de la política espacial europea a través de Arianespace, ve en el monopolio de SpaceX un acelerador para su discurso de “Europa soberana”. Alemania, más pragmática, mantiene contratos con la empresa de Musk mientras apoya la financiación de IRIS². Los países frugales del norte recelan del gasto adicional en defensa y espacio, y miran de reojo el presupuesto del Programa Espacial Europeo. Los estados del sur, con España e Italia a la cabeza, apuestan por un equilibrio que no sacrifique la competitividad industrial a cambio de una soberanía que todavía no existe.
Para Madrid, la lectura es doble. Por un lado, la pérdida de autonomía en el lanzamiento amenaza directamente los retornos industriales de IRIS² y de las futuras misiones de observación de la Tierra y comunicaciones cuánticas, áreas en las que la industria española ha ganado cuota. Por otro, la dependencia de un proveedor concentrado introduce un riesgo geopolítico creciente. Si la Comisión Europea quiere mantener a raya el monopolio de SpaceX, tal como sugiere el informe de Cambridge, necesitará acelerar la capacidad de lanzamiento propia y fomentar alternativas como la micro-lanzadera española Miura 5, cuyo desarrollo se sigue con atención desde Bruselas.
El precedente histórico que cita el estudio —la Compañía de las Indias Orientales tardó dos siglos en quedar bajo control estatal— es un aviso para Bruselas: “El espacio no dispone de tanto tiempo”. La próxima cumbre del Consejo de la ESA, prevista para noviembre de 2026, debería ser el escenario en el que los Estados miembros decidan si aceleran la autonomía de lanzamiento con fondos adicionales o si asumen que, al menos durante la próxima década, cada satélite europeo seguirá dependiendo de un solo botón, el que Elon Musk tiene el poder de apretar. Fuentes diplomáticas de La Moncloa consultadas por Moncloa.com confirman que España defenderá un incremento de la inversión pública en lanzadores, consciente de que la seguridad de las comunicaciones estratégicas de la UE no puede quedar al albur de un accionista único.
El monopolio de SpaceX no es un problema de mercado: es un problema de soberanía que Europa debe resolver antes de que se convierta en irreversible.
