Lagarde (BCE) advierte que la inflación energética ya se contagia a toda la economía

A pesar del reciente acuerdo nuclear con Irán, la presidenta del BCE alerta de que los precios del gas y la electricidad están filtrándose a los servicios y a los bienes industriales. La inflación subyacente se mantiene en el 2,9% y condiciona la reunión del BCE del 15 de julio,

La presidenta del Banco Central Europeo (BCE), Christine Lagarde, lanzó ayer una advertencia que ha sacudido las expectativas de los mercados: la inflación energética, lejos de remitir, está contagiando al resto de precios en la Eurozona. A pesar del reciente acuerdo entre Estados Unidos e Irán que alivió los mercados de crudo, la mandataria del BCE subrayó que el encarecimiento del gas y la electricidad sigue filtrándose a sectores como los servicios, los alimentos procesados y los bienes industriales. «La inflación subyacente persiste y eso nos obliga a mantener la guardia alta», señaló durante una comparecencia en Fráncfort.

El diagnóstico de Lagarde llega en un momento delicado para la política monetaria europea. Tras dos bajadas de tipos en lo que va de año, el BCE se enfrenta a un dilema: aflojar el acelerador de los recortes para dar aire a una economía renqueante, o mantener una postura más restrictiva para domar la inflación que, aunque moderada, se resiste a volver al 2% de forma estable.

La inflación subyacente resiste pese al alivio energético

Los datos de mayo mostraban una ligera desaceleración de la tasa general en la Eurozona (2,4% interanual), pero el índice subyacente —que excluye alimentos frescos y energía— se mantenía en el 2,9%, tres décimas por encima de lo esperado. «Ya no es solo la energía», afirmó Lagarde. «Los precios de los servicios y de los bienes industriales no energéticos están absorbiendo las tensiones de costes. Eso nos dice que la passthrough [el efecto de contagio] está siendo más intenso de lo previsto».

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El acuerdo nuclear con Irán, que permitiría un mayor flujo de petróleo al mercado, había generado optimismo en los mercados. Sin embargo, el BCE observa que los precios del gas natural —claves para la industria europea— siguen un 40% por encima de los niveles de hace dos años. Y esa presión se traslada a los costes de producción y, de ahí, al consumidor final.

El dilema del BCE: entre el crecimiento y los precios

El Consejo de Gobierno del BCE debe decidir en su reunión del 15 de julio si aplica una tercera rebaja de tipos. «No voy a anticipar ninguna decisión», insistió Lagarde, «pero los datos nos muestran que la batalla no está ganada». La última encuesta a empresas (PMI) reveló una contracción en el sector manufacturero alemán e italiano, mientras que los servicios todavía resisten. Un recorte de tipos podría estimular la inversión, pero corre el riesgo de avivar la inflación.

En este escenario, España se juega mucho. La economía española ha crecido más que la media europea en 2026, impulsada por el turismo y los fondos Next Generation. Pero una inflación subyacente persistente encarecería la financiación de las empresas y erosionaría el poder adquisitivo de las familias, justo cuando el Gobierno negocia con Bruselas la senda fiscal para los próximos años.

El Eje del Poder Europeo

La advertencia de Lagarde tiene una lectura estratégica que va más allá de los tipos de interés. En el tablero europeo de poder, la política monetaria se cruza ahora con la tensión entre el Norte y el Sur. Los países frugales —Países Bajos, Austria, Dinamarca— presionan para que el BCE no se precipite con las bajadas, temerosos de que un estímulo excesivo recaliente sus economías. Frente a ellos, Italia y España, con una deuda pública elevada, necesitan tipos bajos para respirar.

El acuerdo con Irán ha servido como catalizador de este debate. Alemania, tradicionalmente ortodoxa, ha suavizado su discurso consciente de que su industria química y automovilística depende del gas barato. Sin embargo, Berlín no quiere que un BCE demasiado acomodaticio diluya la disciplina fiscal exigida a los socios del sur. «No se puede pedir consolidación presupuestaria y, al mismo tiempo, inundar la economía con dinero barato», apuntó un diplomático alemán consultado por esta redacción.

En este pulso, Madrid juega una carta arriesgada. El Gobierno español mantiene su compromiso con la reducción del déficit, pero confía en que el BCE no endurezca su política antes de tiempo. «La inflación subyacente en España está más contenida que en el norte», defendió ayer la vicepresidenta económica, Nadia Calviño, en una comparecencia paralela. Sin embargo, los economistas advierten de que el efecto contagio desde la energía puede llegar con retraso y golpear justo cuando se negocien los Presupuestos de 2027.

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El BCE se encuentra en el filo de la navaja: un error de cálculo podría reactivar la inflación o estrangular el crecimiento justo cuando la Eurozona empieza a dejar atrás la crisis energética.

Así las cosas, la reunión de julio se presenta como la más trascendente del año para el BCE. Con la inflación subyacente como protagonista, cualquier movimiento de Lagarde tendrá consecuencias directas sobre la economía real de los Veintisiete. Y en España, con un tejido productivo aún muy dependiente de la energía y un mercado laboral que muestra signos de ralentización, la vigilancia es máxima.

Fuentes del BCE consultadas por Moncloa.com indican que el escenario central sigue siendo el de una bajada gradual de tipos, pero el margen de maniobra se ha estrechado. La próxima publicación del IPC de junio será clave antes de la decisión. Mientras, Lagarde ha dejado claro que la inflación energética ya no es un dolor de cabeza pasajero. «Se ha convertido en una migraña para toda la economía», sentenció.