La rivalidad entre Ursula von der Leyen y Kaja Kallas ha dejado de ser un secreto a voces en Bruselas para convertirse en una guerra abierta que debilita la política exterior comunitaria en el peor momento geopolítico desde 1945.
La disputa, que enfrenta a la presidenta de la Comisión Europea y a la Alta Representante para Política Exterior y Seguridad, no es solo un choque de personalidades. Es la punta visible de una lucha institucional por el control de la diplomacia de la UE en un mundo que ha pasado del consenso a la confrontación entre grandes potencias.
La guerra de trincheras: nombramientos frustrados y estructuras paralelas
El otoño pasado, Kallas intentó fichar para el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE) a Martyn Selmayr, el poderoso exjefe de Gabinete de Jean-Claude Juncker. Von der Leyen, que había apartado a Selmayr de Bruselas al llegar al cargo en 2019, bloqueó la maniobra creando para él un puesto de enviado especial para la libertad religiosa. Fue el primer gran incendio.
A ese movimiento se suma la creación de estructuras dentro de la Comisión que, según fuentes diplomáticas, se solapan con las competencias del SEAE. La Dirección General IDEA —dedicada a la prospectiva— y una célula de inteligencia propia en el Berlaymont generan desconfianza en el equipo de Kallas. “Estas rencillas y movimientos bajo el tapete están haciendo un flaco favor a la diplomacia de la UE”, confiesa una fuente comunitaria veterana.
La tensión escaló la semana pasada, cuando un artículo del Financial Times sobre planes franco-alemanes para rediseñar la arquitectura de la política exterior fue leído en Bruselas como un ataque directo a Kallas. La nota sugería que Von der Leyen buscaba una “OPA hostil” sobre el SEAE, aprovechando su reforma de la Comisión y la acumulación de poder sin precedentes de su segundo mandato.
Las capitales europeas toman partido (y critican a ambos bandos)

El malestar no se limita al tándem institucional. En las las cancillerías europeas crece la frustración con ambas dirigentes. A Von der Leyen se le reprocha su “voracidad” y su tendencia a actuar por libre en política exterior, como cuando viajó a Israel durante el asedio a Gaza. De Kallas, en cambio, se critica su enfoque casi monotemático en Rusia y sus salidas de tono, como aquella comparación de la dependencia de China con “elegir entre morfina o quimioterapia”. Algunos diplomáticos lamentan que no controle la agenda de Oriente Próximo.
La fragmentación institucional no solo confunde a los socios de la UE: vacía de contenido la ambición de hablar con una sola voz en un mundo de grandes potencias.
El pasado viernes, Kallas envió un correo a su personal reconociendo que “el debate sobre las funciones del SEAE es natural” pero que los Tratados son claros. La estonia pidió evitar duplicidades. Desde la Comisión, una portavoz replicó que respaldan la labor del servicio. Pero la realidad es que la arquitectura híbrida creada por el Tratado de Lisboa —un alto representante que es a la vez vicepresidente de la Comisión y presidente del Consejo de Asuntos Exteriores— demuestra una “disfunción estructural”, según el profesor Jean Monnet Alberto Alemanno.
El eurodiputado socialista Javi López, vicepresidente de la Eurocámara, es aún más tajante: “Las tensiones institucionales en Bruselas han lastrado nuestra acción exterior. Choques personales y de competencias, voces cacofónicas y una excesiva verticalidad generan disfunciones que Europa no puede permitirse”.
El eje del poder europeo en juego
Lo que subyace bajo esta guerra es la inquietud de las capitales por un diseño institucional que nació para una era de consenso y que hoy se muestra incapaz de reaccionar con agilidad ante crisis superpuestas. La duplicidad de estructuras —Comisión que hace diplomacia, SEAE que ejecuta y Consejo que retiene la última palabra— fomenta la parálisis y la lucha por el relato, no la eficacia.
España, que ocupó el puesto de alto representante con Josep Borrell hasta diciembre de 2024, observa la escalada con preocupación. Fuentes diplomáticas españolas admiten a este medio que la fragmentación perjudica los intereses de Madrid en regiones clave como América Latina y el Mediterráneo, donde una UE con mensajes contradictorios pierde capacidad de influencia. El Gobierno prefiere no tomar partido públicamente, pero el desgaste institucional amenaza con diluir aún más el peso de los Veintisiete en foros internacionales donde la voz de España se amplifica a través de Bruselas.
El precedente es incómodo: durante la última década, la crisis financiera, la pandemia, la guerra de Ucrania y la rivalidad con China han empujado a la Comisión a ocupar espacios que los Tratados reservan a otros actores. Von der Leyen ha acelerado esa tendencia. La pregunta que circula por los pasillos del Justus Lipsius y el Berlaymont es si la próxima reforma institucional —debatida en la conferencia sobre el futuro de Europa— será capaz de resolver esta esquizofrenia diplomática o si, por el contrario, la perpetuará.
Por ahora, el daño reputacional es inmediato. Los socios globales de la Unión no entienden quién habla en nombre de Europa. Y mientras Von der Leyen y Kallas miden sus fuerzas, la maquinaria exterior de la UE sigue girando con las ruedas desincronizadas.
