Los españoles que han acudido entre ayer y hoy a trabajar si se han fijado en los precios que marcan las gasolineras españolas habrán podido observar que los precios de los carburantes en nuestro país están bajando. Todo ello gracias al acuerdo firmado entre Irán y Estados Unidos en esta semana que pone fin, inicialmente, a las hostilidades en Oriente Medio y principalmente permite el comercio de carburante por el Estrecho de Ormuz, dominado por la Guardia Republicana de Irán que durante casi tres meses ha estado bloqueando el transporte de crudo iniciando una gran crisis energética a nivel Global que ha aumentado las inversiones en defensa y seguridad. Un aumento al que España no es ajeno.
En este sentido, hay que destacar que los mercados financieros han reaccionado con relativa calma a la escalada del en esa parte del mundo. Sin embargo, tras esa aparente serenidad podría estar gestándose una transformación mucho más profunda. Para algunos analistas, el verdadero riesgo no reside únicamente en la evolución de la crisis actual, sino en que los inversores estén infravalorando el alcance de los cambios estructurales que ya están remodelando la economía mundial.
Esa es la tesis que defiende Giordano Lombardo, fundador, consejero delegado y codirector de inversiones de Plenisfer Investments, firma integrada en Generali Investments. A su juicio, el escenario geopolítico ha alterado de forma significativa las prioridades de gobiernos, empresas y mercados, impulsando una nueva asignación del capital hacia sectores vinculados a la seguridad, la resiliencia y la defensa.
Lejos de tratarse de una respuesta coyuntural a un conflicto puntual, el fenómeno apunta a una redefinición de las inversiones globales en un entorno caracterizado por mayores riesgos geopolíticos, tensiones comerciales persistentes y un renovado protagonismo del gasto público.

La defensa deja de ser una apuesta táctica
Durante décadas, la industria de defensa fue considerada un sector eminentemente cíclico. Los inversores aumentaban posiciones cuando surgían conflictos internacionales y reducían exposición una vez disminuían las tensiones. Sin embargo, esta lógica podría haber quedado obsoleta.
Según Lombardo, el mundo no está asistiendo simplemente a un nuevo ciclo de rearme, sino a una transformación mucho más profunda relacionada con la seguridad en sentido amplio. La protección física de los territorios, la defensa de infraestructuras críticas y la seguridad digital se han convertido en prioridades permanentes para los gobiernos.
Este cambio implica que recursos que anteriormente se dirigían a proyectos considerados menos esenciales —como determinados segmentos del lujo, iniciativas tecnológicas altamente especulativas o parte del consumo discrecional— podrían reorientarse hacia ámbitos estratégicos vinculados a la autonomía energética, la estabilidad de las cadenas de suministro y la capacidad defensiva de los países.
La propia naturaleza de la industria de defensa también está evolucionando. El valor añadido ya no depende exclusivamente del hardware militar tradicional. Los sistemas actuales incorporan cada vez más software avanzado, sensores inteligentes, inteligencia artificial y plataformas integradas de información.
Esta transformación tecnológica modifica igualmente los modelos de negocio. Frente a los ingresos ligados exclusivamente a la fabricación de equipamiento, ganan peso las fuentes recurrentes asociadas a la gestión de infraestructuras digitales, la ciberseguridad y el mantenimiento de sistemas complejos. En consecuencia, la defensa comienza a parecerse menos a un sector dependiente de los ciclos económicos y más a una infraestructura estratégica de largo plazo.
El auge de la seguridad como prioridad estructural
La consolidación de esta tendencia encuentra respaldo en las políticas públicas. Los países miembros de la OTAN están ampliando progresivamente su visión sobre el gasto en defensa. Ya no se trata únicamente de cumplir objetivos presupuestarios relacionados con capacidades militares convencionales, sino de incorporar inversiones destinadas a proteger infraestructuras críticas, fortalecer la seguridad digital e impulsar la innovación tecnológica.
Para los expertos, este proceso refleja un cambio de paradigma. La seguridad está dejando de ser un gasto extraordinario para convertirse en una partida estructural dentro de las cuentas públicas. La creciente incertidumbre internacional, junto con la percepción de vulnerabilidad frente a amenazas híbridas y cibernéticas, está consolidando esta tendencia.
La consecuencia directa es que la seguridad pasa a ocupar un lugar central en la planificación económica de los Estados. Este fenómeno tiene implicaciones significativas para los mercados, ya que influye en la dirección de los flujos de inversión y en las perspectivas de crecimiento de sectores vinculados a la defensa, la energía y la tecnología aplicada a la protección de activos estratégicos.
Al mismo tiempo, esta nueva realidad contribuye a reforzar tendencias macroeconómicas que ya venían manifestándose antes de la actual crisis geopolítica. Entre ellas destaca la persistencia de presiones inflacionistas que, según Lombardo, continúan siendo uno de los riesgos más infravalorados por los mercados financieros.

El fantasma de la estanflación reaparece
La guerra y la creciente fragmentación geopolítica podrían actuar como catalizadores de una inflación más persistente. Las tensiones energéticas representan uno de los principales factores de riesgo. Cada interrupción o encarecimiento del suministro funciona, en la práctica, como un impuesto global que repercute sobre empresas y consumidores.
A ello se suman otros elementos que continúan alimentando las presiones sobre los precios. Los aranceles comerciales mantienen un efecto inflacionista sobre numerosas cadenas de producción, mientras que las restricciones migratorias están contribuyendo al endurecimiento de los mercados laborales en diversas economías desarrolladas.
Paralelamente, las grandes potencias económicas mantienen políticas fiscales expansivas. Tanto Estados Unidos como Europa y China continúan impulsando programas de gasto que sostienen la demanda agregada en un momento de creciente competencia estratégica y tecnológica. Un claro ejemplo de las políticas realizadas por el Gobierno de Pedro Sánchez en nuestro país, obsesionado con estimular el consumo y la demanda.
La búsqueda de mayor autonomía nacional también incrementa la necesidad de materias primas, energía y capacidad industrial. En un contexto donde los países priorizan la seguridad y la resiliencia frente a la eficiencia global, los costes de producción tienden a elevarse.
No obstante, existen factores que podrían actuar en sentido contrario. La expansión de la inteligencia artificial promete importantes mejoras de productividad capaces de generar efectos desinflacionistas. La automatización de procesos y la optimización de recursos podrían compensar parcialmente algunas de las presiones actuales sobre los costes. La convivencia de estas fuerzas opuestas complica enormemente la labor de los bancos centrales. El desafío consiste en controlar la inflación sin provocar una desaceleración económica excesiva.
Precisamente ahí surge uno de los mayores riesgos identificados por los analistas: la posibilidad de entrar en un escenario de estanflación, caracterizado por un crecimiento económico débil combinado con niveles elevados de inflación. En ese contexto, las estrategias tradicionales de diversificación podrían perder eficacia.
La experiencia de 2022 ya ofreció una advertencia en este sentido. Durante aquel periodo, tanto la renta variable como la renta fija sufrieron correcciones simultáneas, rompiendo una de las relaciones históricas sobre las que se había sustentado buena parte de la gestión patrimonial moderna.
En un mundo marcado por la rivalidad geopolítica, la búsqueda de seguridad y la presión inflacionista, los inversores se enfrentan a un entorno diferente al de las últimas décadas. Más que una crisis pasajera, lo que parece emerger es un nuevo régimen económico en el que la defensa, la resiliencia y la seguridad podrían convertirse en los grandes ejes de la inversión global.
