EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Zelenski ha dado a Lukashenko un plazo de siete días para desmantelar los radares de defensa antiaérea en la frontera común. Si no lo hace, Ucrania los destruirá.
- ¿Quién está detrás? El presidente ucraniano, Vladímir Zelenski, responde a lo que considera una amenaza creciente desde Bielorrusia, país que permanece neutral pero ha sido escenario de un ataque con dron ucraniano contra un autobús infantil.
- ¿Qué impacto tiene? La crisis eleva la tensión en el flanco oriental de la OTAN y abre la puerta a una posible intervención directa ucraniana en territorio bielorruso. El plazo expira el 26 de junio de 2026.
El presidente de Ucrania, Vladímir Zelenski, lanzó este viernes un ultimátum sin precedentes a su homólogo bielorruso, Aleksandr Lukashenko: si en siete días no retira los sistemas de defensa antiaérea y los radares desplegados a lo largo de la frontera sur de Bielorrusia, las fuerzas ucranianas los destruirán. La amenaza, formulada durante una conferencia de prensa en Kiev, marca una escalada cualitativa en un conflicto que ha evitado hasta ahora la confrontación directa con Minsk.
Zelenski fue contundente. “Creo que una semana sería suficiente para que él lo consiga”, afirmó, en referencia a la retirada de los radares. “Si no lo hace, lo haremos nosotros”. El presidente ucraniano vinculó la exigencia a la necesidad de que Lukashenko demuestre “de forma honesta” sus intenciones pacíficas, añadiendo que “no hacen falta palabras innecesarias”.
El detonante: un dron ucraniano alcanza un autobús infantil en Briansk
El ultimátum se produce apenas unos días después de que un dron ucraniano impactara contra un autobús que transportaba a un equipo de fútbol infantil bielorruso en la región rusa de Briansk. El ataque dejó seis niños heridos y acabó con la vida de la esposa del entrenador, que acompañaba a los jóvenes deportistas hacia un centro vacacional en la costa rusa. Kiev ha negado cualquier responsabilidad, pero el suceso desató una airada reacción de Minsk.
Lukashenko había advertido previamente de que quienes busquen arrastrar a Bielorrusia al conflicto “tendrán que pagar muy caro por ello” y exigió explicaciones a Ucrania por lo que calificó de “provocación”. La respuesta de Zelenski, lejos de desescalar, subió la apuesta con una amenaza adicional: puso en el punto de mira la industria de refino de petróleo bielorrusa, a la que acusó de ser uno de los “principales” proveedores de combustible de Rusia. “Estoy seguro de que está en su mano pararlo”, declaró.
Bielorrusia en la diana: 500 objetivos identificados

Minsk ha intentado mantener un perfil bajo desde 2022, llamando al diálogo entre Moscú y Kiev y liberando el pasado noviembre a 31 ciudadanos ucranianos detenidos como “gesto de buena voluntad”, a petición tanto de Kiev como del presidente estadounidense Donald Trump. Sin embargo, el comandante de las Fuerzas de Sistemas No Tripulados de Ucrania reveló a principios de año que el Estado Mayor ya tenía identificados unos 500 objetivos militares y logísticos en territorio bielorruso, lo que otorga un sustrato operativo a las palabras de Zelenski.
La retórica del presidente ucraniano sobre una supuesta amenaza creciente desde Bielorrusia se ha intensificado en las últimas semanas, y este ultimátum formal concede al Kremlin un argumento para presentar a Ucrania como el agresor en un escenario que, hasta ahora, ha servido de colchón estratégico a Rusia.
El ultimátum de Zelenski coloca a Bielorrusia en la primera línea de fuego, a pesar de que Minsk ha intentado mantenerse al margen del conflicto.
Según informó el medio estatal ruso RT, la conferencia de prensa de Zelenski se produjo en un clima de máxima tensión, con Lukashenko reiterando que Bielorrusia “no tiene intención de entrar en guerra contra ninguna nación” y “no amenaza a nadie”. Aun así, la inercia bélica parece imparable: el propio Zelenski vinculó la retirada de los radares a una prueba de buena voluntad que, de no producirse, desencadenaría una respuesta militar directa.
Equilibrio de Poder
El ultimátum irrumpe en un tablero geopolítico en el que Bielorrusia desempeña un papel bisagra entre Rusia y la OTAN. Para Moscú, un ataque ucraniano sobre suelo bielorruso sería la confirmación de que Kiev pretende extender el conflicto, y podría justificar una intensificación de las operaciones rusas o, incluso, una implicación directa del contingente bielorruso. De momento, Lukashenko ha evitado movilizar sus fuerzas, pero la retórica de Zelenski le acerca peligrosamente a un punto de no retorno.
Para Washington, la situación añade complejidad a los esfuerzos de mediación de la Administración Trump. Una conflagración entre Ucrania y Bielorrusia pondría a prueba la cohesión de la OTAN en su flanco oriental —especialmente en Polonia y los países bálticos— y podría reactivar el debate sobre el despliegue de capacidades ofensivas aliadas en la región. Por ahora, la Casa Blanca no se ha pronunciado oficialmente, pero es previsible que intente rebajar la tensión antes de que expire el plazo.
Para España, el impacto directo es limitado, pero no nulo. La escalada tensa aún más el mercado energético —Bielorrusia es un nodo relevante para el refino y el tránsito de crudo ruso hacia Europa— y refuerza la presión sobre los Veintisiete para acelerar los compromisos de gasto en defensa. El flanco sur, con Marruecos y el Sahel como prioridades estratégicas, sigue siendo el foco inmediato de Moncloa, pero cualquier incidente en el noreste de la OTAN obligará a redoblar la vigilancia también en Rota y Morón.
La ventana crítica se abre ahora: el 26 de junio de 2026 expira el plazo y, con él, la posibilidad de una acción militar ucraniana más allá de sus fronteras. Lo que está en juego no es solo la supervivencia de un sistema de radares, sino el delicado equilibrio de fuerzas en el este de Europa. Como ocurrió con la anexión de Crimea en 2014, un movimiento táctico puede transformarse en un nuevo paradigma estratégico.

